Con la edad se aferra uno/una a lo que puede.
Era yo joven todavía (treinta y...) y vivía en Motril. Tenía una amiga (una de mis "chipicientas" mejores amigas) que era pizpireta y monilla. Bajita, sólo se apeaba de los tacones de catorce centímetros para encaramarse a los de diez, para las grandes caminatas. Era guapa de cara y muy andaluza de: aspecto, habla y hechuras; la "mátapelo" (negro naturalmente) era uno de sus atractivos y ella lo sabía. Le gustaba la ropa ligeramente insinuante y sobretodo las telas con motivos animales: leopardo, tigre, pantera más o menos salvaje y pieles de "leopoldo" en toda su gama.
Yo, a su lado, me paseaba tranquila con calzado y atuendos de lo más deportivo y sin darme cuenta influía bastante en que ella vistiese también de una forma más sencilla.
En la zona de Motril/ Almuñécar son bastante "elementales" en la forma de hablar y no tienen, como se suele decir "pelos en la lengua".
Un día bajábamos por una de las empinadas cuestas de cerca del cementerio de la ciudad sexitana y nos sorprendió una sarcástica preguntita dicha en un tono alto y destemplado por alguien de allí: "¿Pues,.. no parece que se va cagando?"
Era milagroso que no se matase con semejantes tacones por esas callejucas tan abruptas. Todas nos quedamos bastante cortadas y mi amiga bajita y entaconada supongo que la que más, pero ni aún así renunció a sus hermosos tacones.
Se fue a vivir a Nerja y cuando la vi, años más tarde, la piel de bichitos salvajes (como los limones del Caribe), lucía por todas partes en su hogar: bata de piel de leopardo, bikinis atigrados, zapatillas de tacón y bandejas igualmente aleopoldadas; hasta los papeles de envolver lucían la misma tendencia.
Me sigue llamando la atención, años más tarde, que las telas/ pieles sigan siendo vendidas como algo muy sexi ¿Qué señora mayorcita que se precie no tiene en su vestuario alguna prenda de manchitas negras o amarronadas? Las gordezuelas especialmente y estas vestimentas les parecen "ceci" o sea sexi en andaluz... y yo me pregunto; ¿Son sexi de sexo o "ceci" de cecina?
... Y después de preguntármelo me hago otra pregunta más; recriminatoria ahora. "¿Ángela, por qué tienes tan mala uva?"
Así es que Vds perdonen y no me hagan caso ¡Para nada!
Ángela Magaña.
domingo, 18 de marzo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
¡FELIZ CUMPLEAÑOS A PABLO!
Había una vez una abuela que quería ser una niña. Empezó a dormir con peluches y a no querer pensar en problemas “de mayores”.
Los niños que son los más listos, fueron los primeros en darse cuenta y empezaron a jugar con ella y a preferirla a los demás mayores que eran bastante “plastas”.
La abuela parecía cada día más jovencita, lo malo es que siguió descumpliendo años. Se igualó primero a su nieto mayor que tenía diez años y resultó que eran auténticas almas gemelas. Era genial estar juntos, lo pasaban de miedo hablando o jugando. La abuela, además, seguía sabiendo muchas cosas de las que había aprendido en su antigua, larga vida y ¡claro! a la hora de hacer deberes ayudaba un montón y se sabía un montón de triquiñuelas para todo.
Lo malo es que el tiempo seguía pasando y dos años más tarde Alejandro resultó tener doce años y en cambio la abuela sólo tenía ocho… Lógicamente empezaron uno y otra a preferir otros amigos de su misma edad.
La abuela se puso pronto en la edad de su nieto Pablo y ¡eso fue genial! Pablo, tan simpático listo y guapo resultó ser un amigo estupendo. Se hicieron los mejores colegas y compañeros. El mismo día, exactamente el mismo, celebraron los dos su cumpleaños número siete.
Dos tartas gemelas con siete velitas cada una y una fiesta estupenda que Pablo y la abuela compartieron entre juegos y risas el día 23 de Marzo de 2012.
Durante algún tiempo, todo siguió igual pero Pablo que era un niño muy listo siguió creciendo y aprendiendo cosas en el colegio y en cambio la abuela, que descumplía años empezó a olvidar mucho de lo que un día supo.
Ya sólo le quedaba a la pobre ex –anciana un nieto más pequeño que era Santiago y la historia volvió a repetirse. Santiago era un bromista pillín y hacían, sin parar, rabiar a los mayores. ¡Divertidísimo!
Más y más pequeña la pobre abuela tuvo que aprender a andar y empezó a tener que llevar pañales y a olvidar ¡cómo se hablaba! Lo más que decía era: “gugu… tata”” más tarde empezó a soltar “ajos” y pucheritos al llorar y risitas tontas por cualquier cosa.
Un día se vio en la obligación de mamar ante una teta muy gorda y le entró tanta angustia que se despertó de repente y comprobó con alegría que todo había sido una terrible pesadilla.
Abrazó a sus tres queridos nietos. Felicitó a Pablo en su cumpleaños y le dio gracias a Dios de seguir siendo una abuela normal, tan arrugadita y tan canosa como era de esperar… y colorín colorado este cuento se ha acabado.
ÁNGELA MAGAÑA
Los niños que son los más listos, fueron los primeros en darse cuenta y empezaron a jugar con ella y a preferirla a los demás mayores que eran bastante “plastas”.
La abuela parecía cada día más jovencita, lo malo es que siguió descumpliendo años. Se igualó primero a su nieto mayor que tenía diez años y resultó que eran auténticas almas gemelas. Era genial estar juntos, lo pasaban de miedo hablando o jugando. La abuela, además, seguía sabiendo muchas cosas de las que había aprendido en su antigua, larga vida y ¡claro! a la hora de hacer deberes ayudaba un montón y se sabía un montón de triquiñuelas para todo.
Lo malo es que el tiempo seguía pasando y dos años más tarde Alejandro resultó tener doce años y en cambio la abuela sólo tenía ocho… Lógicamente empezaron uno y otra a preferir otros amigos de su misma edad.
La abuela se puso pronto en la edad de su nieto Pablo y ¡eso fue genial! Pablo, tan simpático listo y guapo resultó ser un amigo estupendo. Se hicieron los mejores colegas y compañeros. El mismo día, exactamente el mismo, celebraron los dos su cumpleaños número siete.
Dos tartas gemelas con siete velitas cada una y una fiesta estupenda que Pablo y la abuela compartieron entre juegos y risas el día 23 de Marzo de 2012.
Durante algún tiempo, todo siguió igual pero Pablo que era un niño muy listo siguió creciendo y aprendiendo cosas en el colegio y en cambio la abuela, que descumplía años empezó a olvidar mucho de lo que un día supo.
Ya sólo le quedaba a la pobre ex –anciana un nieto más pequeño que era Santiago y la historia volvió a repetirse. Santiago era un bromista pillín y hacían, sin parar, rabiar a los mayores. ¡Divertidísimo!
Más y más pequeña la pobre abuela tuvo que aprender a andar y empezó a tener que llevar pañales y a olvidar ¡cómo se hablaba! Lo más que decía era: “gugu… tata”” más tarde empezó a soltar “ajos” y pucheritos al llorar y risitas tontas por cualquier cosa.
Un día se vio en la obligación de mamar ante una teta muy gorda y le entró tanta angustia que se despertó de repente y comprobó con alegría que todo había sido una terrible pesadilla.
Abrazó a sus tres queridos nietos. Felicitó a Pablo en su cumpleaños y le dio gracias a Dios de seguir siendo una abuela normal, tan arrugadita y tan canosa como era de esperar… y colorín colorado este cuento se ha acabado.
ÁNGELA MAGAÑA
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CUENTO INFANTIL
martes, 7 de febrero de 2012
ADRIÁN Y SU COCODRILO
ADRIÁN Y SU COCODRILO.
Erase una vez un niño de 2 años que se llamaba Adrián.
A Adrián le gustaba mucho bañarse en la piscina con su padre. Un día estaba en el agua jugando con su papá y de repente vio un cocodrilo chiquitín nadando junto a él. Pensó que se habría escapado de una camiseta muy linda que él tenía, porque eran casi iguales.
Lo cogieron con mucho cuidadito y se lo llevaron a la mamá que estaba al borde de la piscina con una toalla para que el niño no pasase frío.
Resultó no ser un cocodrilo sino un camaleón también chiquitín.
Los dos, el niño y el camaleón, se hicieron muy amiguitos. Salían a la calle de paseo o iban a la “guarde” juntos y como los camaleones cambian de color, el bichito se ponía del mismo color que el jersey del niño y se reían mucho porque nadie lo veía nunca y así jugaban al escondite y lo pasaban muy bien y... colorín, colorado este cuento se ha acabado.
Ángela Magaña.
Erase una vez un niño de 2 años que se llamaba Adrián.
A Adrián le gustaba mucho bañarse en la piscina con su padre. Un día estaba en el agua jugando con su papá y de repente vio un cocodrilo chiquitín nadando junto a él. Pensó que se habría escapado de una camiseta muy linda que él tenía, porque eran casi iguales.
Lo cogieron con mucho cuidadito y se lo llevaron a la mamá que estaba al borde de la piscina con una toalla para que el niño no pasase frío.
Resultó no ser un cocodrilo sino un camaleón también chiquitín.
Los dos, el niño y el camaleón, se hicieron muy amiguitos. Salían a la calle de paseo o iban a la “guarde” juntos y como los camaleones cambian de color, el bichito se ponía del mismo color que el jersey del niño y se reían mucho porque nadie lo veía nunca y así jugaban al escondite y lo pasaban muy bien y... colorín, colorado este cuento se ha acabado.
Ángela Magaña.
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CUENTO INFANTIL
jueves, 26 de enero de 2012
UNA SEÑORA DEL MONTÓN (Corregido)
UNA SEÑORA DEL MONTÓN
Marta viajaba con su marido.
Se sintió enternecida por el hecho de ver a aquel anciano viajar tan solo.
Hacía, no obstante, las comidas en la mesa del capitán. Sin embargo no pensó ni por un segundo que se tratase de un personaje ciertamente ilustre.
Le atrajo su aspecto serio y su aire intelectual. Su pelo blanco, su tez y ojos claros, su avanzada edad inspiraban confianza y se le acercó. Llevaba en la mano un libro: “La fiesta del Fauno” que sirvió de tema de conversación. ”Demasiado descarnado. Muy fuerte” dijo él y “encima basado en hechos lamentablemente reales” y confesó haber sido incapaz de acabarlo.
Las horas de navegación eran muy placenteras; las verdes costas noruegas, los penetrantes fiordos por los que el barco se deslizaba; las frondosas paredes de riscos interrumpidas a veces por trepidantes caídas de agua. Todo un espectáculo. Una alegría el grito del capitán por los altavoces del barco: ¡“Balena al sinistra”!
Cuando hacían alguna excursión por tierra el anciano se limitaba a algún corto paseo, siempre tranquilo como si emanara paz. No participaba en las visitas a glaciares, ni en nada en lo que hubiese que esforzarse. Dedujo ella que su corazón no andaba sobrado de bríos.
Un día visitaban las Islas Lofoten donde las casas de los antiguos pescadores de bacalao se elevaban, sobre pilares, en el agua misma. Ella al ver que todo el mundo (excepto él) hacía fotos o filmaba, se le acercó llevando su cámara y le dijo amablemente: “¡Ahora te toca a ti!”
El crucero por el Mar del Norte terminó sin que hubiesen tenido otra cosa que breves encuentros. No sabía Marta a que se dedicaba el buen señor, ni habían tenido tiempo de charlar demasiado. Se llamaba Antón Menchaca Careaga. Era afable, culto y muy agradable y ahí se acababa lo que sabía de su nuevo amigo.
A la hora de despedirse ella le pidió la dirección y eso fue todo.
Marta y su marido pasaron después unos días en Santander y volvieron a su casa en Motril.
Ordenó ella los recuerdos, los múltiples: “Today” en los que se desgranaban, día a día, las actividades y excursiones del maravilloso crucero que acababan de disfrutar.
Al ver las fotos de Antón pudo comprobar que no había salido especialmente favorecido. A pesar de todo se quedó con una como recuerdo y le mandó las demás junto con una carta en la que le contaba como había terminado aquel fantástico mes de agosto.
Ahí empezó todo.
Antón Menchaca resultó ser un hombre de mar por vocación. Por sus estudios en las Escuelas Militares de Cádiz y Marín había llegado a Capitán de Corbeta y completado estudios de Humanidades en Oxford y Derecho en la Complutense de Madrid.
Pero todo esto Marta lo desconocía y su sorpresa fue mayúscula cuando en respuesta a su humilde carta con unas irrelevantes fotos contestó él con una preciosa y expresiva misiva y con una de sus novelas porque también resultó ser ¡un escritor consagrado! Fundador de “Cuadernos para el Diálogo” y colaborador en el nacimiento del diario “El País”, pero esto todavía era inédito para Marta.
Inocentemente ella le envió (para corresponder) la novela que acababa de leer. “Dios vuelve en una Harley”. En esta novelita Joan Brady presenta a su protagonista: Christine de 37 años, poco atractiva y poco esperanzada de encontrar al hombre de su vida, pero Dios vistiendo chupa de cuero y cabalgando una imponente Harley Davidson se presenta en su entorno y con gran sencillez le va dando unas normas de vida que harán de ella una mujer distinta y libre.
Antón leyó el libro no una sino dos veces y le gustó tanto que esto dio lugar a otro tipo de relación entre ellos. Empezó a escribirle y a mandarle, con asiduidad, libros escritos por él mismo. En sus cartas bromeaba y le decía que ella (Marta) era su John (el Dios de la Harley) y que había aparecido en su vida para infundirle ánimos como John a Christine en la novela.
Recibía a vuelta de correo poemas, cartas y novelas suyas firmadas y dedicadas con todo cariño ¡No podía creerlo!
Siguieron cuatro años de correspondencia sólo interrumpida por las recaídas de él que vivía ya los últimos cuatro años de su larga vida.
Hablaban por teléfono con frecuencia y llegaron a tener un inolvidable amistad sobre todo para Marta que se sentía muy honrada y que se emocionaba hasta las lágrimas al tener la oportunidad de leer dirigidas a ella (se sentía afortunada) tan interesantes y bien escritas cartas
Para él, aquello, resultaba estimulante y divertido. Seguían las llamadas, las cartas, los envíos de libros. Poco a poco, y no precisamente por boca de Antón, fue descubriendo Marta que nacido en 1921, había sido siempre un hombre de talante liberal. En la España de Franco y en 1957 había acabado en Carabanchel, donde se había forjado aún más su personalidad rebelde, habiendo coincidido, como ocurrió, con otros críticos del régimen como Tierno Galván, Joaquín Ruiz Jiménez con los que hizo causa común.
Marta estuvo siempre muy orgullosa de su relación con Antón, guardaba las cartas como un tesoro, junto con los libros y sobre todo se sentía muy satisfecha al ver que él esperaba las suyas con impaciencia y que las valoraba cómo estimulantes y divertidas. El último día que hablaron fue aquel tan triste en que en Nueva York fueron derribadas las Torres Gemelas.
La salud de Antón Menchaca Careaga empezó a sufrir más o menos por entonces un bajón parecido y cayó en picado como los edificios en cuestión.
Lo único que sobrevivió acrecentada fue la antes debilucha autoestima de nuestra señora del montón: MARTA.
No pudo acudir como le hubiese gustado al Homenaje Póstumo que en Bilbao, su ciudad natal, le organizaron en la sede de La fundación Menchaca Careaga. La familia avisó casi de víspera y de Motril a Bilbao, hay algo parecido a “una buena tirada” Le hizo ella su propio homenaje en el recuerdo y no olvidándolo nunca.
Ángela Magaña
Marta viajaba con su marido.
Se sintió enternecida por el hecho de ver a aquel anciano viajar tan solo.
Hacía, no obstante, las comidas en la mesa del capitán. Sin embargo no pensó ni por un segundo que se tratase de un personaje ciertamente ilustre.
Le atrajo su aspecto serio y su aire intelectual. Su pelo blanco, su tez y ojos claros, su avanzada edad inspiraban confianza y se le acercó. Llevaba en la mano un libro: “La fiesta del Fauno” que sirvió de tema de conversación. ”Demasiado descarnado. Muy fuerte” dijo él y “encima basado en hechos lamentablemente reales” y confesó haber sido incapaz de acabarlo.
Las horas de navegación eran muy placenteras; las verdes costas noruegas, los penetrantes fiordos por los que el barco se deslizaba; las frondosas paredes de riscos interrumpidas a veces por trepidantes caídas de agua. Todo un espectáculo. Una alegría el grito del capitán por los altavoces del barco: ¡“Balena al sinistra”!
Cuando hacían alguna excursión por tierra el anciano se limitaba a algún corto paseo, siempre tranquilo como si emanara paz. No participaba en las visitas a glaciares, ni en nada en lo que hubiese que esforzarse. Dedujo ella que su corazón no andaba sobrado de bríos.
Un día visitaban las Islas Lofoten donde las casas de los antiguos pescadores de bacalao se elevaban, sobre pilares, en el agua misma. Ella al ver que todo el mundo (excepto él) hacía fotos o filmaba, se le acercó llevando su cámara y le dijo amablemente: “¡Ahora te toca a ti!”
El crucero por el Mar del Norte terminó sin que hubiesen tenido otra cosa que breves encuentros. No sabía Marta a que se dedicaba el buen señor, ni habían tenido tiempo de charlar demasiado. Se llamaba Antón Menchaca Careaga. Era afable, culto y muy agradable y ahí se acababa lo que sabía de su nuevo amigo.
A la hora de despedirse ella le pidió la dirección y eso fue todo.
Marta y su marido pasaron después unos días en Santander y volvieron a su casa en Motril.
Ordenó ella los recuerdos, los múltiples: “Today” en los que se desgranaban, día a día, las actividades y excursiones del maravilloso crucero que acababan de disfrutar.
Al ver las fotos de Antón pudo comprobar que no había salido especialmente favorecido. A pesar de todo se quedó con una como recuerdo y le mandó las demás junto con una carta en la que le contaba como había terminado aquel fantástico mes de agosto.
Ahí empezó todo.
Antón Menchaca resultó ser un hombre de mar por vocación. Por sus estudios en las Escuelas Militares de Cádiz y Marín había llegado a Capitán de Corbeta y completado estudios de Humanidades en Oxford y Derecho en la Complutense de Madrid.
Pero todo esto Marta lo desconocía y su sorpresa fue mayúscula cuando en respuesta a su humilde carta con unas irrelevantes fotos contestó él con una preciosa y expresiva misiva y con una de sus novelas porque también resultó ser ¡un escritor consagrado! Fundador de “Cuadernos para el Diálogo” y colaborador en el nacimiento del diario “El País”, pero esto todavía era inédito para Marta.
Inocentemente ella le envió (para corresponder) la novela que acababa de leer. “Dios vuelve en una Harley”. En esta novelita Joan Brady presenta a su protagonista: Christine de 37 años, poco atractiva y poco esperanzada de encontrar al hombre de su vida, pero Dios vistiendo chupa de cuero y cabalgando una imponente Harley Davidson se presenta en su entorno y con gran sencillez le va dando unas normas de vida que harán de ella una mujer distinta y libre.
Antón leyó el libro no una sino dos veces y le gustó tanto que esto dio lugar a otro tipo de relación entre ellos. Empezó a escribirle y a mandarle, con asiduidad, libros escritos por él mismo. En sus cartas bromeaba y le decía que ella (Marta) era su John (el Dios de la Harley) y que había aparecido en su vida para infundirle ánimos como John a Christine en la novela.
Recibía a vuelta de correo poemas, cartas y novelas suyas firmadas y dedicadas con todo cariño ¡No podía creerlo!
Siguieron cuatro años de correspondencia sólo interrumpida por las recaídas de él que vivía ya los últimos cuatro años de su larga vida.
Hablaban por teléfono con frecuencia y llegaron a tener un inolvidable amistad sobre todo para Marta que se sentía muy honrada y que se emocionaba hasta las lágrimas al tener la oportunidad de leer dirigidas a ella (se sentía afortunada) tan interesantes y bien escritas cartas
Para él, aquello, resultaba estimulante y divertido. Seguían las llamadas, las cartas, los envíos de libros. Poco a poco, y no precisamente por boca de Antón, fue descubriendo Marta que nacido en 1921, había sido siempre un hombre de talante liberal. En la España de Franco y en 1957 había acabado en Carabanchel, donde se había forjado aún más su personalidad rebelde, habiendo coincidido, como ocurrió, con otros críticos del régimen como Tierno Galván, Joaquín Ruiz Jiménez con los que hizo causa común.
Marta estuvo siempre muy orgullosa de su relación con Antón, guardaba las cartas como un tesoro, junto con los libros y sobre todo se sentía muy satisfecha al ver que él esperaba las suyas con impaciencia y que las valoraba cómo estimulantes y divertidas. El último día que hablaron fue aquel tan triste en que en Nueva York fueron derribadas las Torres Gemelas.
La salud de Antón Menchaca Careaga empezó a sufrir más o menos por entonces un bajón parecido y cayó en picado como los edificios en cuestión.
Lo único que sobrevivió acrecentada fue la antes debilucha autoestima de nuestra señora del montón: MARTA.
No pudo acudir como le hubiese gustado al Homenaje Póstumo que en Bilbao, su ciudad natal, le organizaron en la sede de La fundación Menchaca Careaga. La familia avisó casi de víspera y de Motril a Bilbao, hay algo parecido a “una buena tirada” Le hizo ella su propio homenaje en el recuerdo y no olvidándolo nunca.
Ángela Magaña
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RELATOS VIAJE
martes, 6 de diciembre de 2011
¡CORTA ES LA VIDA!
POR LA MAÑANA ÉL LE DIJO:
"TE QUIERO" y ella le contestó: "¿NO SERÁ UN SENTIMIENTO PASAJERO"?
Llevaban 49 años casados... ¡Sólo cuarenta y nueve!
"TE QUIERO" y ella le contestó: "¿NO SERÁ UN SENTIMIENTO PASAJERO"?
Llevaban 49 años casados... ¡Sólo cuarenta y nueve!
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RELATILLO AMOROSO
viernes, 11 de noviembre de 2011
ARPÍA VENENOSA
ARPÍA VENENOSA
Era una pareja muy singular… también en sentido literal. En lugar de dos, parecían uno. Uno de los apelativos que él usaba para ella era: “¡Arpía venenosa que me tienes dominado!” y es que el humor estaba presente en su relación como también lo estaban el cariño, las discusiones, las peleas, los arrumacos, las rabietas, la diversión y ¡TODO!
Otras veces la llamaba: “Marta, volcán en erupción” y ella le imitaba, como subiese el tono de voz, con tal exactitud que acababan riendo… o llorando o peleando o abrazados. Todo podía pasar.
Entre ellos cabía todo menos el aburrimiento. Entre amores y encontronazos crecieron y se multiplicaron.
Rachas hubo que amenazaron distanciamiento, pero la verdad es que no sabían vivir el uno sin la otra.
Los años pasaban más o menos veloces, y los dos, al unísono (para variar) y cada uno por su lado (para más complicidad) empezaron a no poder más. Los hijos partieron, se fueron a hacer sus estudios y víctima del síndrome del nido vacío y de aquella relación tan tormentosa, decidió ella (la arpía) poner tierra por medio y se fue, sin tragedias… pero ¡se fue!
Sintió alivio y descanso pero un buen día antes de que pasase mucho tiempo, vio un taxi pasar y dentro a su dulce tormento ¡Raúl! Y sintió la irresistible necesidad de seguirle. Se reencontraron y volvieron a quererse; no tenían remedio y así pasaron los días y los meses que se convirtieron en años y dado que el tiempo vuela, la vida se fue pasando juntos, juntos… siempre juntos y un día amaneció en que Raúl abrazado a ella en la cama, muy juntitos, no despertó. Frio y muerto la rodeaba con sus brazos y Marta que con la vejez tenía un corazón débil y frágil no quiso liberarse de aquel último abrazo y permitió que la parca perpetuase ese sueño, de dos en uno, que se había convertido en su forma habitual de pasar las dulces noches.
Ángela Magaña
Era una pareja muy singular… también en sentido literal. En lugar de dos, parecían uno. Uno de los apelativos que él usaba para ella era: “¡Arpía venenosa que me tienes dominado!” y es que el humor estaba presente en su relación como también lo estaban el cariño, las discusiones, las peleas, los arrumacos, las rabietas, la diversión y ¡TODO!
Otras veces la llamaba: “Marta, volcán en erupción” y ella le imitaba, como subiese el tono de voz, con tal exactitud que acababan riendo… o llorando o peleando o abrazados. Todo podía pasar.
Entre ellos cabía todo menos el aburrimiento. Entre amores y encontronazos crecieron y se multiplicaron.
Rachas hubo que amenazaron distanciamiento, pero la verdad es que no sabían vivir el uno sin la otra.
Los años pasaban más o menos veloces, y los dos, al unísono (para variar) y cada uno por su lado (para más complicidad) empezaron a no poder más. Los hijos partieron, se fueron a hacer sus estudios y víctima del síndrome del nido vacío y de aquella relación tan tormentosa, decidió ella (la arpía) poner tierra por medio y se fue, sin tragedias… pero ¡se fue!
Sintió alivio y descanso pero un buen día antes de que pasase mucho tiempo, vio un taxi pasar y dentro a su dulce tormento ¡Raúl! Y sintió la irresistible necesidad de seguirle. Se reencontraron y volvieron a quererse; no tenían remedio y así pasaron los días y los meses que se convirtieron en años y dado que el tiempo vuela, la vida se fue pasando juntos, juntos… siempre juntos y un día amaneció en que Raúl abrazado a ella en la cama, muy juntitos, no despertó. Frio y muerto la rodeaba con sus brazos y Marta que con la vejez tenía un corazón débil y frágil no quiso liberarse de aquel último abrazo y permitió que la parca perpetuase ese sueño, de dos en uno, que se había convertido en su forma habitual de pasar las dulces noches.
Ángela Magaña
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RELATO AMOROSO
jueves, 1 de septiembre de 2011
PRIMERAS LLUVIAS
Primeras lluvias.
Calor, calor y más calor y hoy… ¡La sorpresa! Un precioso día de lluvia ¡Un regalo!... y la sensación de que llega el otoño.
Repaso lo que ha sido mi verano y hago recuento de lo que sí y de lo que no quiero que se repita. El estar juntos y disfrutar de los niños… me gusta, los críos cambian rápido y los vemos tan poco ¡poquísimo, diría yo! Viven, nada menos que, en Méjico con lo que sus visitas anuales se reducen a dos. Los ancianitos sabemos lo poco que dura la niñez y lo irrepetible que es: la inocencia y la gracia de los niños es irrecuperable una vez que se ha ido. Quizá sea una simpleza decirlo por su evidencia, pero requiere una pequeña reflexión.
No me gusta: constatar que los años no pasan en balde y que me canso cada vez más del ajetreo añadido y lo que es peor de no poder ir, yo también a disfrutar de playa y de todos ellos. ¡Castigada en casa a guisotear, ordenar, limpiar y ocuparse del abastecimiento y a cuidar de los mayores, (más mayores todavía) que también los hay!
Una decisión firme recién tomada: No discutir hasta el punto (como en el chiste) de ponerme gorda si es necesario, evitar a toda costa las estúpidas discusiones tontas que surgen a veces. En términos toreros: no entrar al trapo. Que la pared es verde y yo la veo blanca, pues verde que es!!! (Es sólo un ejemplo ¡Claro!) Y me recrimino a mí misma por mema y por no haberlo decidido hace cuarenta añitos.
En resumidas cuentas que después del esfuerzo hecho y del derroche de energías y de todo lo demás, que me quede por lo menos buen gusto de boca ¡Con eso me conformo!
P.D.
ME TEMO QUE NO SOY UNA MUJER ABNEGADA (odiosa palabreja. por cierto)
Calor, calor y más calor y hoy… ¡La sorpresa! Un precioso día de lluvia ¡Un regalo!... y la sensación de que llega el otoño.
Repaso lo que ha sido mi verano y hago recuento de lo que sí y de lo que no quiero que se repita. El estar juntos y disfrutar de los niños… me gusta, los críos cambian rápido y los vemos tan poco ¡poquísimo, diría yo! Viven, nada menos que, en Méjico con lo que sus visitas anuales se reducen a dos. Los ancianitos sabemos lo poco que dura la niñez y lo irrepetible que es: la inocencia y la gracia de los niños es irrecuperable una vez que se ha ido. Quizá sea una simpleza decirlo por su evidencia, pero requiere una pequeña reflexión.
No me gusta: constatar que los años no pasan en balde y que me canso cada vez más del ajetreo añadido y lo que es peor de no poder ir, yo también a disfrutar de playa y de todos ellos. ¡Castigada en casa a guisotear, ordenar, limpiar y ocuparse del abastecimiento y a cuidar de los mayores, (más mayores todavía) que también los hay!
Una decisión firme recién tomada: No discutir hasta el punto (como en el chiste) de ponerme gorda si es necesario, evitar a toda costa las estúpidas discusiones tontas que surgen a veces. En términos toreros: no entrar al trapo. Que la pared es verde y yo la veo blanca, pues verde que es!!! (Es sólo un ejemplo ¡Claro!) Y me recrimino a mí misma por mema y por no haberlo decidido hace cuarenta añitos.
En resumidas cuentas que después del esfuerzo hecho y del derroche de energías y de todo lo demás, que me quede por lo menos buen gusto de boca ¡Con eso me conformo!
P.D.
ME TEMO QUE NO SOY UNA MUJER ABNEGADA (odiosa palabreja. por cierto)
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REFLEXIONES
domingo, 17 de julio de 2011
CHEEK TO CHEEK
Érase una vez un Ratón Pérez, completamente desesperado. Era verano y todos los niños ¡Habían desaparecido!
Los buscaba por todas partes y nada. Al lado suyo el saco de regalos para cambiar por dientes caídos estaba tan lleno que iba a reventar. Se puso a dar paseítos, con las manos detrás de la espalda preocupadísimo y pensaba ¿Qué puedo hacer?
Andando, andando oyó una música que salía de una casita pequeña y bonita. Entró y allí encontró una ratita chulísima. Llevaba unos vaqueros con un agujero para sacar el rabito y la verdad es que ¡ESTABA GUAPÍSIMA! Empezaron a bailar, cheeck to cheeck (que quiere decir con las caritas pegadas) y le contó lo asustado que estaba de ver que no había niños.
Ella era más pillina y le dijo: ¡Hombre! Es verano y los críos están en los campamentos. Los dos (ratón y ratita) hombro con hombro, se pusieron manos a la obra y en una noche pusieron los regalos, a todos los niños que habían perdido un diente. A veces más de una cosita. Iban primero a la casa del niño dejaban uno, lo buscaban en casa de la abuela… dejaban otro. En fin todo se arreglo.
Se me olvidaba. La ratita era nada menos que ¡LA RATITA PRESUMIDA! Además de ser guapa, ¡estaba cómo un queso! Así es que ¡claro! tenía a todos los ratones loquitos. Ya sabéis que se pirran por el queso y el Ratón Pérez no iba a ser menos. ¡CLARO!
Adiós Ratón Besos de los abuelos. Te queremos una “hartá”
Y colorín colorado la abuela Ángela dice que este cuento se ha acabado.
Los buscaba por todas partes y nada. Al lado suyo el saco de regalos para cambiar por dientes caídos estaba tan lleno que iba a reventar. Se puso a dar paseítos, con las manos detrás de la espalda preocupadísimo y pensaba ¿Qué puedo hacer?
Andando, andando oyó una música que salía de una casita pequeña y bonita. Entró y allí encontró una ratita chulísima. Llevaba unos vaqueros con un agujero para sacar el rabito y la verdad es que ¡ESTABA GUAPÍSIMA! Empezaron a bailar, cheeck to cheeck (que quiere decir con las caritas pegadas) y le contó lo asustado que estaba de ver que no había niños.
Ella era más pillina y le dijo: ¡Hombre! Es verano y los críos están en los campamentos. Los dos (ratón y ratita) hombro con hombro, se pusieron manos a la obra y en una noche pusieron los regalos, a todos los niños que habían perdido un diente. A veces más de una cosita. Iban primero a la casa del niño dejaban uno, lo buscaban en casa de la abuela… dejaban otro. En fin todo se arreglo.
Se me olvidaba. La ratita era nada menos que ¡LA RATITA PRESUMIDA! Además de ser guapa, ¡estaba cómo un queso! Así es que ¡claro! tenía a todos los ratones loquitos. Ya sabéis que se pirran por el queso y el Ratón Pérez no iba a ser menos. ¡CLARO!
Adiós Ratón Besos de los abuelos. Te queremos una “hartá”
Y colorín colorado la abuela Ángela dice que este cuento se ha acabado.
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CUENTO INFANTIL
domingo, 1 de mayo de 2011
UNA FURTIVA LÁGRIMA
Leíamos apaciblemente mientras sonaba la maravillosa "Furtiva lágrima" y me sorprendí a mí misma dando gracias a Dios.
La vida son momentos y la felicidad está precisamente en eso: instantes de placidez que, a veces, no sabemos disfrutar en su justa medida.
Todos tenemos nuestro cuerpecito más o menos serrano, pero siempre propicio a sufrir “cacas” variadas. Achaques múltiples, coleccionables hasta que, como si fuesen cromos, constituyen un álbum completo. Y… cuando se acaba, ¡se acabó!
No voy yo a emular a Platón ¡no! no voy (ya quisiera yo) a escribir un diálogo sobre la inmortalidad del alma. Ya se sabe eso que decían los antiguos pensadores: “a lo imposible nadie está obligado”… pero de vez en cuando a mí también me gusta pensar y me inclino por la teoría de que lo que tenemos escondido dentro de nuestro cuerpecito precioso/cochambroso o como quiera que sea, aquello que nos hace amar la música y disfrutarla, tener afán de aprender, mejorar, admirar la belleza en la naturaleza, en el arte, la amistad, sentir cariño por lo que nos rodea… y todo lo que nos eleva un poco sobre lo material puro y simple, todo esto no puede desaparecer. Me inclino, pues, a creer que SÏ debemos ser ligeramente, deliciosamente inmortales o algo parecido.
Mientras mi mente divaga voy limitarme a seguir disfrutando de “L´Elisir d´Amore" que Donizetti tuvo a bien escribir para disfrute de la humanidad y voy a hacerle un favor al prójimo o sea a Vds. Escúchenlo en cuanto puedan. ÁNGELA
La vida son momentos y la felicidad está precisamente en eso: instantes de placidez que, a veces, no sabemos disfrutar en su justa medida.
Todos tenemos nuestro cuerpecito más o menos serrano, pero siempre propicio a sufrir “cacas” variadas. Achaques múltiples, coleccionables hasta que, como si fuesen cromos, constituyen un álbum completo. Y… cuando se acaba, ¡se acabó!
No voy yo a emular a Platón ¡no! no voy (ya quisiera yo) a escribir un diálogo sobre la inmortalidad del alma. Ya se sabe eso que decían los antiguos pensadores: “a lo imposible nadie está obligado”… pero de vez en cuando a mí también me gusta pensar y me inclino por la teoría de que lo que tenemos escondido dentro de nuestro cuerpecito precioso/cochambroso o como quiera que sea, aquello que nos hace amar la música y disfrutarla, tener afán de aprender, mejorar, admirar la belleza en la naturaleza, en el arte, la amistad, sentir cariño por lo que nos rodea… y todo lo que nos eleva un poco sobre lo material puro y simple, todo esto no puede desaparecer. Me inclino, pues, a creer que SÏ debemos ser ligeramente, deliciosamente inmortales o algo parecido.
Mientras mi mente divaga voy limitarme a seguir disfrutando de “L´Elisir d´Amore" que Donizetti tuvo a bien escribir para disfrute de la humanidad y voy a hacerle un favor al prójimo o sea a Vds. Escúchenlo en cuanto puedan. ÁNGELA
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REFLEXIONES
martes, 5 de abril de 2011
MALAS LENGUAS
Cuento muy filosófico.
Hipólito y su mujer “Potita” (de Hipólita ¡coincidencias de la vida!) vivían con cierta alegría sus “vejeras” más o menos incipientes.
Maduritos, los dos, intentaban mantenerse en forma.
Él decidió un día volver a ir a un gimnasio y así lo hizo. Entre otras cosas no quería engordar pero no estaba dispuesto a dejar de darle al diente, ni tampoco a renunciar a sus copitas, cosas ambas que hacía con sumo regodeo. El primer día acudió a la cita con el deporte con bastante entusiasmo.
Potita, la pobre, admitía con humildad y realismo que ella se mantenía bastante bien pero que ya no estaba, ni mucho menos, para tirar cohetes.
Soy poquita cosa, pensaba y reconocía que había llegado a la edad en que una se siente más o menos invisible.
Regresó él del gimnasio el primer día muy contento y animado explicando lo bien que le había ido y lo imponente/opulenta/eficaz, etc. que era su monitora; una cincuentona (decía él... ya será menos, pensaba ella) aparente que le había parecido de perlas.
Tenía, según su descripción, muchísimas… cualidades (digámoslo así)
Sin hacerle mucho caso Potita escuchaba y reflexionaba: “¡Raro: creía yo que lo normal era tener dos!” pero no le dio mayor importancia.
Al día siguiente Hipólito empezó a quejarse: “Me duele todo” y luego: su calvario.
Potita, amigos y familiares decidieron que ante semejante potencia femenina había hecho él todo lo que se sabía para lucirse. Diagnosticaron: ¡agujetas!
¡Pero no! Las molestias no remitían y el pobre Hipólito estaba cada vez más malito a la vez que la tomadura de pelo del entorno aumentaba.
Vio el cielo abierto cuando le dio un fiebrón de casi cuarenta y la gripe ¡al fin! dio la cara.
Potita, muy madrileña ella, “se la tuvo que envainar” y el honor del griposo y madurito señor fue restituido… ¡Loado sea el Señor!
Potita empezó entonces a cuidarle como él se merecía; Hipólito, nuestro héroe, en unos días recuperó también la salud y dada su bondad innata perdonó y no le pego la gripe a Potita, ni nada.
Ahora un consejillo: ¡CUIDADO AMIGUITOS CON LAS MALAS LENGUAS!
Hipólito y su mujer “Potita” (de Hipólita ¡coincidencias de la vida!) vivían con cierta alegría sus “vejeras” más o menos incipientes.
Maduritos, los dos, intentaban mantenerse en forma.
Él decidió un día volver a ir a un gimnasio y así lo hizo. Entre otras cosas no quería engordar pero no estaba dispuesto a dejar de darle al diente, ni tampoco a renunciar a sus copitas, cosas ambas que hacía con sumo regodeo. El primer día acudió a la cita con el deporte con bastante entusiasmo.
Potita, la pobre, admitía con humildad y realismo que ella se mantenía bastante bien pero que ya no estaba, ni mucho menos, para tirar cohetes.
Soy poquita cosa, pensaba y reconocía que había llegado a la edad en que una se siente más o menos invisible.
Regresó él del gimnasio el primer día muy contento y animado explicando lo bien que le había ido y lo imponente/opulenta/eficaz, etc. que era su monitora; una cincuentona (decía él... ya será menos, pensaba ella) aparente que le había parecido de perlas.
Tenía, según su descripción, muchísimas… cualidades (digámoslo así)
Sin hacerle mucho caso Potita escuchaba y reflexionaba: “¡Raro: creía yo que lo normal era tener dos!” pero no le dio mayor importancia.
Al día siguiente Hipólito empezó a quejarse: “Me duele todo” y luego: su calvario.
Potita, amigos y familiares decidieron que ante semejante potencia femenina había hecho él todo lo que se sabía para lucirse. Diagnosticaron: ¡agujetas!
¡Pero no! Las molestias no remitían y el pobre Hipólito estaba cada vez más malito a la vez que la tomadura de pelo del entorno aumentaba.
Vio el cielo abierto cuando le dio un fiebrón de casi cuarenta y la gripe ¡al fin! dio la cara.
Potita, muy madrileña ella, “se la tuvo que envainar” y el honor del griposo y madurito señor fue restituido… ¡Loado sea el Señor!
Potita empezó entonces a cuidarle como él se merecía; Hipólito, nuestro héroe, en unos días recuperó también la salud y dada su bondad innata perdonó y no le pego la gripe a Potita, ni nada.
Ahora un consejillo: ¡CUIDADO AMIGUITOS CON LAS MALAS LENGUAS!
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RELATO
domingo, 3 de abril de 2011
MI PUEBLO
MI PUEBLO
Mi denostado Madrid cuenta con detractores múltiples que se crecen en sus ataques a la ciudad, pero yo la quiero. El amor es algo que puede languidecer por causas varias. La principal es el aburrimiento y en mi pueblo es casi imposible no disfrutar.
Maravilloso ballet cubano el que vimos la otra noche y mi conclusión la siguiente: “Qué bonita es la juventud” Belleza, elasticidad, gracia, ritmo, brío y alegría contagiosa.
Hoy hemos visitado Las Descalzas Reales, plenas de cuadros a cual más admirables; al alcance de la mano un Goya; otro de Rubens, varios de Claudio Coello que ¡Oh sorpresa! no es, simplemente, el nombre de una calle (adviértase mi ignorancia)
Y más pinturas, tallas, marfiles y tapices bordados con artesanal pericia.
El convento de monjas de clausura que a lo largo de los tiempos habían ido aportando a su matrimonio (con Dios) sus ajuares, constituidos pr las mil obras de arte allí expuestas. También la realeza y sus distintos miembros habían ido donando al convento más y más joyas de arte.
Las monjas allí encerradas se dejaban sentir: en primer lugar por la pulcritud de todo: suelos, capillas y todo expuesto con el mayor detalle y cuidado… y luego por las voces que llegaban desde el coro donde estaban cantando, como los propios ángeles, durante la misa de doce.
Había crucifijos tallados en madera, en pasta de maíz, policromados o tallados en marfil y mil imágenes de esas que hoy la gente joven con la incultura que les estamos dando, posiblemente, no hubiesen sabido apreciar.
Definitivamente solo puedo ir a Las Descalzas a admirarlo todo y a quedarme boquiabierta. Como religiosa y si hay que cantar como se las oía cantar a ellas tan escondidas en su clausura… seguro que no me admiten.
Lo peor es que seguramente, no me dejarían salir a ver el Ballet Cubano… y eso ¡sí que no!
Olvidaba El Museo Romántico reflejo de una época muy característica. Una casa amueblada como entonces y con todo el sabor del romanticismo que conocemos. No faltaban un par de retratos de Espronceda y otros de niños con grandes ojeras y muy pálidos; me explicaron que sus padres encargaban a los pintores más famosos que los perpetuasen en su recuerdo y en el lienzo ¡cuando ya habían muerto!
Una sala con cuadros alusivos al suicidio ¡tan en boga entonces!
Bastante macabro en ciertas salas, precioso y romántico, en el resto.
Mi denostado Madrid cuenta con detractores múltiples que se crecen en sus ataques a la ciudad, pero yo la quiero. El amor es algo que puede languidecer por causas varias. La principal es el aburrimiento y en mi pueblo es casi imposible no disfrutar.
Maravilloso ballet cubano el que vimos la otra noche y mi conclusión la siguiente: “Qué bonita es la juventud” Belleza, elasticidad, gracia, ritmo, brío y alegría contagiosa.
Hoy hemos visitado Las Descalzas Reales, plenas de cuadros a cual más admirables; al alcance de la mano un Goya; otro de Rubens, varios de Claudio Coello que ¡Oh sorpresa! no es, simplemente, el nombre de una calle (adviértase mi ignorancia)
Y más pinturas, tallas, marfiles y tapices bordados con artesanal pericia.
El convento de monjas de clausura que a lo largo de los tiempos habían ido aportando a su matrimonio (con Dios) sus ajuares, constituidos pr las mil obras de arte allí expuestas. También la realeza y sus distintos miembros habían ido donando al convento más y más joyas de arte.
Las monjas allí encerradas se dejaban sentir: en primer lugar por la pulcritud de todo: suelos, capillas y todo expuesto con el mayor detalle y cuidado… y luego por las voces que llegaban desde el coro donde estaban cantando, como los propios ángeles, durante la misa de doce.
Había crucifijos tallados en madera, en pasta de maíz, policromados o tallados en marfil y mil imágenes de esas que hoy la gente joven con la incultura que les estamos dando, posiblemente, no hubiesen sabido apreciar.
Definitivamente solo puedo ir a Las Descalzas a admirarlo todo y a quedarme boquiabierta. Como religiosa y si hay que cantar como se las oía cantar a ellas tan escondidas en su clausura… seguro que no me admiten.
Lo peor es que seguramente, no me dejarían salir a ver el Ballet Cubano… y eso ¡sí que no!
Olvidaba El Museo Romántico reflejo de una época muy característica. Una casa amueblada como entonces y con todo el sabor del romanticismo que conocemos. No faltaban un par de retratos de Espronceda y otros de niños con grandes ojeras y muy pálidos; me explicaron que sus padres encargaban a los pintores más famosos que los perpetuasen en su recuerdo y en el lienzo ¡cuando ya habían muerto!
Una sala con cuadros alusivos al suicidio ¡tan en boga entonces!
Bastante macabro en ciertas salas, precioso y romántico, en el resto.
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REFLEXIONES
jueves, 17 de febrero de 2011
LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS CON FORMA DE CORAZÓN
LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS EN FORMA DE CORAZÓN.
Érase una vez una princesa que lo tenía todo para ser feliz. Vivía en un castillo con sus torres, almenas, foso con cocodrilos alrededor, su fantasma en fin que no le faltaba detalle al castillo.
Había también ¿cómo no? un espejo mágico al que la linda joven hacía preguntas constantes “¿Soy la más bella?” “¿Son mis ojos color miel?” “¿Llegará pronto mi príncipe azul? ¿“Será antes un sapo, al que tendré que besar”?... y así sin parar y cómo el espejo era mágico y tenía su corazoncito un día se hartó y de mal humor a la pregunta: “¿Tiene mi aliento el aroma de las rosas?”
Contestó: “No princesa, te huele fatal” y añadió “Y tus pedos son repugnantes”.
La bella princesa casi se desmaya del susto. El espejo nunca le había mentido por lo que se preocupó muchísimo.
El interrogatorio empezó de nuevo. La joven le pedía soluciones y el espejo agotó todas sus fuentes de información. Recurrió incluso a Internet y buscando, buscando, llegó a la conclusión de que la culpa era de los potajes que se atizaba la princesita y que, por cierto, le sabían a gloria.
Así es que el espejo dijo con tono solemne:” Princesa mía, muy amada, si te quieres corregir tendrás que comer cosas más ligeras”
Y así lo hizo: Se convirtió en la persona más austera del mundo.
Comía verduras, pescaditos y sobre todo fruta. Sus preferidas eran las manzanas tipo Blanca Nieves, muy rojas y sanitas. Si por casualidad un día se encontraba un gusano dentro de una de estas frutas, lo sacaba con sumo cuidado, lo chupaba con mimo para no desaprovechar la fruta y tiraba al bichito con delicadeza, ya que de carnes ¡Nada!
Pasaron unos meses y la princesita estaba incluso más guapa y mejor de tipo.
Preguntaba y el espejo se deshacía en elogios. Pero otra vez se empezaba a hartar de tanta preguntita.
Un día y sólo por fastidiar le dijo:”Princesa eres tan linda y delicada que deberías intentar mejorar tus flatulencias un poco más. Reconozcamos que aunque ya no apestan no dejan de ser lo que son y esto ¡para una princesa…!”
La doncella que estaba cada día más tontita y egocéntrica se obsesionó con el tema y caviló y caviló.
Cada día comía menos y los deliciosos potajes quedaron totalmente olvidados.
Después de mucho ensayo consiguió ¡Al fin! Que sus peditos tuvieran forma de corazones: Rojos si comía sandía, amarillitos con los plátanos, naranja con las zanahorias.
Tanto afinó con las comidas que un día la espiritual princesita se esfumó convirtiéndose en una espiral de esencias varias formada por corazones de todos los colores.
El espejo se quitó un latazo de encima y yo os doy un consejo amiguitos mios: comer bien, disfrutad con ello y no os preocupéis con chorraditas.
P.D. El pobre príncipe, con tanto lío, fue un sapo toda su vida. No hubo princesa que le diese beso.
Érase una vez una princesa que lo tenía todo para ser feliz. Vivía en un castillo con sus torres, almenas, foso con cocodrilos alrededor, su fantasma en fin que no le faltaba detalle al castillo.
Había también ¿cómo no? un espejo mágico al que la linda joven hacía preguntas constantes “¿Soy la más bella?” “¿Son mis ojos color miel?” “¿Llegará pronto mi príncipe azul? ¿“Será antes un sapo, al que tendré que besar”?... y así sin parar y cómo el espejo era mágico y tenía su corazoncito un día se hartó y de mal humor a la pregunta: “¿Tiene mi aliento el aroma de las rosas?”
Contestó: “No princesa, te huele fatal” y añadió “Y tus pedos son repugnantes”.
La bella princesa casi se desmaya del susto. El espejo nunca le había mentido por lo que se preocupó muchísimo.
El interrogatorio empezó de nuevo. La joven le pedía soluciones y el espejo agotó todas sus fuentes de información. Recurrió incluso a Internet y buscando, buscando, llegó a la conclusión de que la culpa era de los potajes que se atizaba la princesita y que, por cierto, le sabían a gloria.
Así es que el espejo dijo con tono solemne:” Princesa mía, muy amada, si te quieres corregir tendrás que comer cosas más ligeras”
Y así lo hizo: Se convirtió en la persona más austera del mundo.
Comía verduras, pescaditos y sobre todo fruta. Sus preferidas eran las manzanas tipo Blanca Nieves, muy rojas y sanitas. Si por casualidad un día se encontraba un gusano dentro de una de estas frutas, lo sacaba con sumo cuidado, lo chupaba con mimo para no desaprovechar la fruta y tiraba al bichito con delicadeza, ya que de carnes ¡Nada!
Pasaron unos meses y la princesita estaba incluso más guapa y mejor de tipo.
Preguntaba y el espejo se deshacía en elogios. Pero otra vez se empezaba a hartar de tanta preguntita.
Un día y sólo por fastidiar le dijo:”Princesa eres tan linda y delicada que deberías intentar mejorar tus flatulencias un poco más. Reconozcamos que aunque ya no apestan no dejan de ser lo que son y esto ¡para una princesa…!”
La doncella que estaba cada día más tontita y egocéntrica se obsesionó con el tema y caviló y caviló.
Cada día comía menos y los deliciosos potajes quedaron totalmente olvidados.
Después de mucho ensayo consiguió ¡Al fin! Que sus peditos tuvieran forma de corazones: Rojos si comía sandía, amarillitos con los plátanos, naranja con las zanahorias.
Tanto afinó con las comidas que un día la espiritual princesita se esfumó convirtiéndose en una espiral de esencias varias formada por corazones de todos los colores.
El espejo se quitó un latazo de encima y yo os doy un consejo amiguitos mios: comer bien, disfrutad con ello y no os preocupéis con chorraditas.
P.D. El pobre príncipe, con tanto lío, fue un sapo toda su vida. No hubo princesa que le diese beso.
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CUENTO INFANTIL
lunes, 14 de febrero de 2011
"EN JAMÁS DE LOS JAMASES"
“EN JAMÁS DE LOS JAMASES”
Cuando se conocieron, Manuel estaba convaleciente todavía y Mar, recién divorciada, se recuperaba de un matrimonio que le había resultado insufrible. Su marido era moreno, gordito, mofletudo, sedentario y aburrido hasta la exasperación, previsible hasta en el más pequeño detalle, y sus aspiraciones eran: ver football, tele, y no separarse de ella ni un minuto: “en jamás de los jamases”, solía decirle con auténtico empalago.” Mar se ahogaba y había acabado mandándolo todo al garete y cortando por lo sano. Después de 10 años, la decisión fue dura, difícil… pero ya estaba hecho y ella empezaba a respirar mientras que su marido, afortunadamente, tampoco parecía sufrir demasiado.
Manuel acababa de regresar de Bolivia, tierra de quechuas y aymaras, a donde había ido contratado por un periódico francés que le había encargado un reportaje sobre aquellos indios de procedencia desconocida. Se había adentrado en la investigación y había descubierto que la presencia en Bolivia de estos indios precedía en miles de años a aquellos a los que Colón y los demás descubridores habían encontrado al pisar lo que ellos calificaron de Nuevo Mundo.
Quechuas y aymaras vivían una casi continua enemistad aunque, los unos y los otros, eran y lo habían sido siempre, gentes pacíficas. Los aymaras con frecuencia eran considerados inferiores y tratados despectivamente pero Manuel, nuestro hombre, descubrió en ellos capacidades absolutamente desconocidas, incluida la de comunicarse entre ellos en un idioma expresado en sonidos, escasas palabras, frases recortadas y mucho de intuición y empatía. Una especie de telepatía parecía reinar entre ellos y Manuel con su carácter afable y sus deseos de ayudar e integrarse, acabó siendo muy apreciado por los nativos.
Procuraba serles útil y con su pequeña furgoneta los llevaba a veces a La Paz que estaba a setenta kilómetros de Tiwanaku, donde vivían, o se adentraba solo (o acompañado) por sendas o caminos que conducían a las excavaciones (pocas, por falta de dinero) dedicadas a buscar vestigios del pasado. Le gustaba charlar con aquellos estudiosos del terreno, más próximos a él en el ámbito cultural.
Un día un fuerte aguacero había embarrado los caminos y la furgoneta renqueante y deteriorada se le paró en mitad de un riachuelo que habitualmente era un lecho seco y pedregoso. Aquel día nadie le acompañaba y abrió el capó para echar un ojo al motor. Había agua por todas partes y al ir a asomarse descubrió una serpiente que había sido arrastrada dentro por el fangoso líquido. Antes de que tuviera tiempo de retirarse y mucho menos de averiguar de cuál se trataba sintió una gran punzada en el antebrazo y el miedo se apoderó de él.
Se apresuró hacia la orilla y una vez allí se desmoronó, como fulminado, en mitad del camino.
El veneno era mortal pero tuvo la fortuna de que unos indios lo encontraran y lo llevaran sin tardanza al cercano poblado. Afortunadamente eran conocedores de los antídotos adecuados para las serpientes, más comunes allí y tras tres meses de dolores y problemas se consideró casi recuperado y con ganas de volver a su mundo.
Eligió para vivir Granada, una ciudad que le subyugaba, aunque nunca había estado allí más de una semana. Se instaló en el Hotel Granada Center y empezó a pensar en cómo reorganizar su vida. Dejaría el periodismo, pensó, y se dedicaría a escribir una novela en la que plasmaría todas las vivencias y aventuras recientes en su memoria.
En la habitación contigua a la suya estaba Mar que había ido a un congreso de medicina a reunirse con sus compañeros médicos. Se veían por el pasillo y coincidieron, un par de días, en la cafetería a la hora del desayuno y acabaron entablando amistad.
Manuel era atractivo, un cincuentón interesante, delgado y alto y Mar resultaba una mujer con mucho encanto. Le obnubiló, a ella, la conversación de Manuel y mentalmente al oír tanta aventura lo comparó con su ex y se sintió muy atraída por esa personalidad tan aventurera.
Acabaron juntos y completamente revueltos y se instalaron en una nueva casa a compartir su vida de forma definitiva o… esa, era la idea.
Aquello era auténtica pasión que vivían los dos, medio enloquecidos. Como en la canción de Ana Belén: “Parecían dos irracionales”
Él triunfó con su novela y empezó otra y otra y llegó a ser un escritor conocido y exitoso.
Ella era un buen médico y se entregaba, con vocación y acierto, a su trabajo.
Pero pasó el tiempo y, con él, la vehemencia amorosa de ambos. Manuel viajaba mucho para documentar sus novelas y cada día estaban más distanciados geográficamente y también en su relación de pareja.
Mar pensaba, escéptica, que lo del amor para siempre no era para ella y estaba muy desilusionada.
Este segundo amor, también, pasó al olvido.
Meses más tarde, una noche, Mar salió a cenar con un grupo de amigos. Lo pasaron bien, sin más, y quisieron rematar la reunión con una copita en un club. Un señor se acercó a ella en cuanto la vio. La luz velada del local y el humo no permitían una visión precisa, pero Mar percibió a un hombre de pelo blanco y poblada barba, blanca también, mejillas con arrugas profundas y un cuerpo erguido y alto donde la grasa brillaba por su ausencia. Un hombre maduro con muy buen pinta, pensó ella. Bailaron un buen rato en silencio con movimientos acompasados, disfrutando extrañamente de la proximidad. Se sentaron luego y mientras saboreaban la última copa empezaron a hablar. Ella le contó sus dos experiencias; primero le habló de Manuel y de cómo su relación se había apagado, después de unos años, hasta no existir. Luego melancólica le habló de su primer marido de cómo habiéndose querido mucho, no pudo soportar, ella, tanto aburrimiento.
Él a su vez le contó como, por amor, había decidido cambiar totalmente de forma de vivir para reconquistar a la mujer que dejó escapar por estupidez y pereza. Había descubierto el deporte, el teatro, el cine, la lectura, aprendido a bailar, a viajar y comprendido que el amor hay que mantenerlo y no dejar que se consuma.
Se cogieron de las manos, sus ojos se encontraron y ella le reconoció.
Tomó la palabra Mar y soñadora dijo: Mi hombre juraba que me amaba y no se separaría de mi… y los dos a la vez pronunciaron la frase clave: “EN JAMÁS DE LOS JAMASES”
ÁNGELA
Cuando se conocieron, Manuel estaba convaleciente todavía y Mar, recién divorciada, se recuperaba de un matrimonio que le había resultado insufrible. Su marido era moreno, gordito, mofletudo, sedentario y aburrido hasta la exasperación, previsible hasta en el más pequeño detalle, y sus aspiraciones eran: ver football, tele, y no separarse de ella ni un minuto: “en jamás de los jamases”, solía decirle con auténtico empalago.” Mar se ahogaba y había acabado mandándolo todo al garete y cortando por lo sano. Después de 10 años, la decisión fue dura, difícil… pero ya estaba hecho y ella empezaba a respirar mientras que su marido, afortunadamente, tampoco parecía sufrir demasiado.
Manuel acababa de regresar de Bolivia, tierra de quechuas y aymaras, a donde había ido contratado por un periódico francés que le había encargado un reportaje sobre aquellos indios de procedencia desconocida. Se había adentrado en la investigación y había descubierto que la presencia en Bolivia de estos indios precedía en miles de años a aquellos a los que Colón y los demás descubridores habían encontrado al pisar lo que ellos calificaron de Nuevo Mundo.
Quechuas y aymaras vivían una casi continua enemistad aunque, los unos y los otros, eran y lo habían sido siempre, gentes pacíficas. Los aymaras con frecuencia eran considerados inferiores y tratados despectivamente pero Manuel, nuestro hombre, descubrió en ellos capacidades absolutamente desconocidas, incluida la de comunicarse entre ellos en un idioma expresado en sonidos, escasas palabras, frases recortadas y mucho de intuición y empatía. Una especie de telepatía parecía reinar entre ellos y Manuel con su carácter afable y sus deseos de ayudar e integrarse, acabó siendo muy apreciado por los nativos.
Procuraba serles útil y con su pequeña furgoneta los llevaba a veces a La Paz que estaba a setenta kilómetros de Tiwanaku, donde vivían, o se adentraba solo (o acompañado) por sendas o caminos que conducían a las excavaciones (pocas, por falta de dinero) dedicadas a buscar vestigios del pasado. Le gustaba charlar con aquellos estudiosos del terreno, más próximos a él en el ámbito cultural.
Un día un fuerte aguacero había embarrado los caminos y la furgoneta renqueante y deteriorada se le paró en mitad de un riachuelo que habitualmente era un lecho seco y pedregoso. Aquel día nadie le acompañaba y abrió el capó para echar un ojo al motor. Había agua por todas partes y al ir a asomarse descubrió una serpiente que había sido arrastrada dentro por el fangoso líquido. Antes de que tuviera tiempo de retirarse y mucho menos de averiguar de cuál se trataba sintió una gran punzada en el antebrazo y el miedo se apoderó de él.
Se apresuró hacia la orilla y una vez allí se desmoronó, como fulminado, en mitad del camino.
El veneno era mortal pero tuvo la fortuna de que unos indios lo encontraran y lo llevaran sin tardanza al cercano poblado. Afortunadamente eran conocedores de los antídotos adecuados para las serpientes, más comunes allí y tras tres meses de dolores y problemas se consideró casi recuperado y con ganas de volver a su mundo.
Eligió para vivir Granada, una ciudad que le subyugaba, aunque nunca había estado allí más de una semana. Se instaló en el Hotel Granada Center y empezó a pensar en cómo reorganizar su vida. Dejaría el periodismo, pensó, y se dedicaría a escribir una novela en la que plasmaría todas las vivencias y aventuras recientes en su memoria.
En la habitación contigua a la suya estaba Mar que había ido a un congreso de medicina a reunirse con sus compañeros médicos. Se veían por el pasillo y coincidieron, un par de días, en la cafetería a la hora del desayuno y acabaron entablando amistad.
Manuel era atractivo, un cincuentón interesante, delgado y alto y Mar resultaba una mujer con mucho encanto. Le obnubiló, a ella, la conversación de Manuel y mentalmente al oír tanta aventura lo comparó con su ex y se sintió muy atraída por esa personalidad tan aventurera.
Acabaron juntos y completamente revueltos y se instalaron en una nueva casa a compartir su vida de forma definitiva o… esa, era la idea.
Aquello era auténtica pasión que vivían los dos, medio enloquecidos. Como en la canción de Ana Belén: “Parecían dos irracionales”
Él triunfó con su novela y empezó otra y otra y llegó a ser un escritor conocido y exitoso.
Ella era un buen médico y se entregaba, con vocación y acierto, a su trabajo.
Pero pasó el tiempo y, con él, la vehemencia amorosa de ambos. Manuel viajaba mucho para documentar sus novelas y cada día estaban más distanciados geográficamente y también en su relación de pareja.
Mar pensaba, escéptica, que lo del amor para siempre no era para ella y estaba muy desilusionada.
Este segundo amor, también, pasó al olvido.
Meses más tarde, una noche, Mar salió a cenar con un grupo de amigos. Lo pasaron bien, sin más, y quisieron rematar la reunión con una copita en un club. Un señor se acercó a ella en cuanto la vio. La luz velada del local y el humo no permitían una visión precisa, pero Mar percibió a un hombre de pelo blanco y poblada barba, blanca también, mejillas con arrugas profundas y un cuerpo erguido y alto donde la grasa brillaba por su ausencia. Un hombre maduro con muy buen pinta, pensó ella. Bailaron un buen rato en silencio con movimientos acompasados, disfrutando extrañamente de la proximidad. Se sentaron luego y mientras saboreaban la última copa empezaron a hablar. Ella le contó sus dos experiencias; primero le habló de Manuel y de cómo su relación se había apagado, después de unos años, hasta no existir. Luego melancólica le habló de su primer marido de cómo habiéndose querido mucho, no pudo soportar, ella, tanto aburrimiento.
Él a su vez le contó como, por amor, había decidido cambiar totalmente de forma de vivir para reconquistar a la mujer que dejó escapar por estupidez y pereza. Había descubierto el deporte, el teatro, el cine, la lectura, aprendido a bailar, a viajar y comprendido que el amor hay que mantenerlo y no dejar que se consuma.
Se cogieron de las manos, sus ojos se encontraron y ella le reconoció.
Tomó la palabra Mar y soñadora dijo: Mi hombre juraba que me amaba y no se separaría de mi… y los dos a la vez pronunciaron la frase clave: “EN JAMÁS DE LOS JAMASES”
ÁNGELA
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RELATO
sábado, 5 de febrero de 2011
NILO
NILO
Egipto seguía pidiendo una respuesta a su Presidente que, a los 80 años y aferrado al poder durante casi treinta, se resistía a dimitir.
La protesta, en un principio, era pacífica. Miles de personas en la Plaza Tahrir en el Cairo conminaban a Mubarak a una salida que permitiera una sucesión democrática. Las cosas se complicaron, días después, con la aparición, cargada de ira, de los afines a su permanencia. Mubarak seguía sin escuchar los gritos: “¡Fuera, Vete!”, del populacho. Palos, pedradas, cócteles molotov de sus partidarios y empezaron las noticias: once muertes hasta el momento y los ataques violentos a los periodistas extranjeros. La ocultación de la verdad se hacía necesaria para el tirano. El momento era peliagudo y no se sabía, aún, en que iba a acabar todo aquello.
Había temor de que la situación virase hacia una solución islamista totalitaria y evidentemente nefasta para el país e incluso para el resto de la convivencia civilizada y normal.
Marta empezó a hojear las fotos del viaje a Egipto tres años atrás. Recordó a Sara la preciosa niña nubia que le había cogido la mano y compartido con ella paseo, conversación, piropos de la una a la otra y que acabó pidiendo una barra de labios para la madre.
En el poblado les enseñaron la escuela y un pequeño taller donde disponían de Internet.
En una imagen, Marta, apoyada en la barandilla en la cubierta del barco que los llevaba por el Nilo observaba las aguas. Un camarero amable, nubio también, guapetón, la había obsequiado con un hermoso: “I like you” y con un “javivi” y ella con el relajo propio de un viaje tan encantador, lo había agradecido y contestado con unas frases también amables.
Un encontronazo del barco con un banco de arena del fondo poco profundo, en el Nilo, la había sacado poco después, de sus ensoñaciones… ¡Normal todo! Aquello ocurría con frecuencia. Solo un pequeño susto. Pequeñas chalupas se acercaban a venderles chilabas que lanzaban hacia ellos con facilidad por encima de la borda. Todo de lo más pintoresco… y todo estaba ahora en peligro.
El acceso a Internet, ya generalizado y a los móviles había propiciado, extendido y hecho patente el descontento, contagio de Túnez que había empezado primero.
En aquel viaje no los había sentido distantes a ella misma. A la vuelta, y ya en el aeropuerto, coincidieron con los que volvían de la Meca y entonces sí, pudo observar, bastantes burkas y vestiduras que ella asociaba a la falta de igualdad y libertad para la mujer y también a la incultura. Pensó en la última foto de un periódico actual que se le había quedado grabada e la retina: una mujer a la que se le veían solo y escasamente los ojos tapada entera por su vestimenta y que llevaba junto al pecho un montón de piedras e iba dispuesta a arrojarlas contra los que pedían un cambio.
Marta deseo con todas sus fuerzas que todo se solucionase de la mejor manera, que Egipto mantuviese su paz y siguiese abierto al resto del mundo como cuando ella tuvo la suerte de poder visitarlo.
Una idea: “Que Sara crezca feliz y libre”, se dibujo en sus pensamientos.
Egipto seguía pidiendo una respuesta a su Presidente que, a los 80 años y aferrado al poder durante casi treinta, se resistía a dimitir.
La protesta, en un principio, era pacífica. Miles de personas en la Plaza Tahrir en el Cairo conminaban a Mubarak a una salida que permitiera una sucesión democrática. Las cosas se complicaron, días después, con la aparición, cargada de ira, de los afines a su permanencia. Mubarak seguía sin escuchar los gritos: “¡Fuera, Vete!”, del populacho. Palos, pedradas, cócteles molotov de sus partidarios y empezaron las noticias: once muertes hasta el momento y los ataques violentos a los periodistas extranjeros. La ocultación de la verdad se hacía necesaria para el tirano. El momento era peliagudo y no se sabía, aún, en que iba a acabar todo aquello.
Había temor de que la situación virase hacia una solución islamista totalitaria y evidentemente nefasta para el país e incluso para el resto de la convivencia civilizada y normal.
Marta empezó a hojear las fotos del viaje a Egipto tres años atrás. Recordó a Sara la preciosa niña nubia que le había cogido la mano y compartido con ella paseo, conversación, piropos de la una a la otra y que acabó pidiendo una barra de labios para la madre.
En el poblado les enseñaron la escuela y un pequeño taller donde disponían de Internet.
En una imagen, Marta, apoyada en la barandilla en la cubierta del barco que los llevaba por el Nilo observaba las aguas. Un camarero amable, nubio también, guapetón, la había obsequiado con un hermoso: “I like you” y con un “javivi” y ella con el relajo propio de un viaje tan encantador, lo había agradecido y contestado con unas frases también amables.
Un encontronazo del barco con un banco de arena del fondo poco profundo, en el Nilo, la había sacado poco después, de sus ensoñaciones… ¡Normal todo! Aquello ocurría con frecuencia. Solo un pequeño susto. Pequeñas chalupas se acercaban a venderles chilabas que lanzaban hacia ellos con facilidad por encima de la borda. Todo de lo más pintoresco… y todo estaba ahora en peligro.
El acceso a Internet, ya generalizado y a los móviles había propiciado, extendido y hecho patente el descontento, contagio de Túnez que había empezado primero.
En aquel viaje no los había sentido distantes a ella misma. A la vuelta, y ya en el aeropuerto, coincidieron con los que volvían de la Meca y entonces sí, pudo observar, bastantes burkas y vestiduras que ella asociaba a la falta de igualdad y libertad para la mujer y también a la incultura. Pensó en la última foto de un periódico actual que se le había quedado grabada e la retina: una mujer a la que se le veían solo y escasamente los ojos tapada entera por su vestimenta y que llevaba junto al pecho un montón de piedras e iba dispuesta a arrojarlas contra los que pedían un cambio.
Marta deseo con todas sus fuerzas que todo se solucionase de la mejor manera, que Egipto mantuviese su paz y siguiese abierto al resto del mundo como cuando ella tuvo la suerte de poder visitarlo.
Una idea: “Que Sara crezca feliz y libre”, se dibujo en sus pensamientos.
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REFLEXIONES
lunes, 17 de enero de 2011
QUERIDOS LIBROS
Habían tenido un hermanito, pero estaban desconcertados. No era como ellos.
Moraban juntos y apretujados en la vieja biblioteca y en la mesa, al lado de la ventana y del flexo donde sus lectores se sentaban, justamente en la noche de Reyes, había aparecido su nuevo hermano. Notaron muy pronto que al recién llegado no lo querían todos por igual.
Ellos, los de siempre, gozaban con frecuencia de momentos felices los acariciaban y leían con todo cariño y devoción. La joven Ángela, adolescente todavía, se los acercaba a la cara y disfrutaba, incluso, con su aroma. Con frecuencia cogían a uno de ellos y lo llevaban a la mesilla de algún dormitorio, donde acariciados y disfrutados a diario, pasaban temporadas más o menos largas, para luego pasar de unas manos a otras y sufrir un pequeño traslado.
Tenían también enemigos, había alguien que, obligada a quitarles el polvo, lo hacía siempre protestando con amargura. En esos momentos se sentían despreciados y llegaron a sufrir insultos: “Trastos inútiles” solía llamarlos… pero esto lo iban superando. No era definitivo para ellos.
Les preocupaba la llegada de aquel extraño compañero. LIBRO ELECTRÓNICO, se llamaba y no como ellos que tenían cada uno un nombre. El Quijote, El Niño del Pijama a Rayas. Ana Karenina. Las Cartas de mi Molino… miles y todos perfectamente identificados y con un autor, cuyo nombre estaba siempre en lugar destacado. Había colecciones en las que iban encuadernados de uniforme; mismo color, mismo tamaño y estos estaban siempre juntitos como almas gemelas, que eran.
Otros eran menos elegantes finitos o gordos, distintos… pero todos queridos y respetados.
Pero el nuevo… con ese nombre tan raro: Libro Electrónico. Parece que su frío apelativo se debía a que los tenía a todos ellos cautivados, dentro de él.
Quizá su porvenir estuviera en el aire, empezaron a temer… y pasó el tiempo… y nada ocurrió. Casi todos sus amigos humanos los seguían llevando con ellos y disfrutándolos. Incluso alguno les manifestó su amor material y físico y les hizo saber que nunca, nunca podrían vivir sin ellos. ¡QUERIDOS LIBROS, COMPAÑEROS DE LA VIDA!
Moraban juntos y apretujados en la vieja biblioteca y en la mesa, al lado de la ventana y del flexo donde sus lectores se sentaban, justamente en la noche de Reyes, había aparecido su nuevo hermano. Notaron muy pronto que al recién llegado no lo querían todos por igual.
Ellos, los de siempre, gozaban con frecuencia de momentos felices los acariciaban y leían con todo cariño y devoción. La joven Ángela, adolescente todavía, se los acercaba a la cara y disfrutaba, incluso, con su aroma. Con frecuencia cogían a uno de ellos y lo llevaban a la mesilla de algún dormitorio, donde acariciados y disfrutados a diario, pasaban temporadas más o menos largas, para luego pasar de unas manos a otras y sufrir un pequeño traslado.
Tenían también enemigos, había alguien que, obligada a quitarles el polvo, lo hacía siempre protestando con amargura. En esos momentos se sentían despreciados y llegaron a sufrir insultos: “Trastos inútiles” solía llamarlos… pero esto lo iban superando. No era definitivo para ellos.
Les preocupaba la llegada de aquel extraño compañero. LIBRO ELECTRÓNICO, se llamaba y no como ellos que tenían cada uno un nombre. El Quijote, El Niño del Pijama a Rayas. Ana Karenina. Las Cartas de mi Molino… miles y todos perfectamente identificados y con un autor, cuyo nombre estaba siempre en lugar destacado. Había colecciones en las que iban encuadernados de uniforme; mismo color, mismo tamaño y estos estaban siempre juntitos como almas gemelas, que eran.
Otros eran menos elegantes finitos o gordos, distintos… pero todos queridos y respetados.
Pero el nuevo… con ese nombre tan raro: Libro Electrónico. Parece que su frío apelativo se debía a que los tenía a todos ellos cautivados, dentro de él.
Quizá su porvenir estuviera en el aire, empezaron a temer… y pasó el tiempo… y nada ocurrió. Casi todos sus amigos humanos los seguían llevando con ellos y disfrutándolos. Incluso alguno les manifestó su amor material y físico y les hizo saber que nunca, nunca podrían vivir sin ellos. ¡QUERIDOS LIBROS, COMPAÑEROS DE LA VIDA!
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RELATO
domingo, 16 de enero de 2011
NOWADAYS
Hoy uno de los temas de actualidad es el cambio que la sociedad ha experimentado en los últimos, digamos 50, años. Yo doy fe de ello.
Las mujeres habíamos nacido para descanso de los burros o eso decía un conocido mío allá por 1963.
De hecho, su mujer, (nunca su mujer de hecho, algo inconcebible entonces) a la que yo trataba por aquellos días, estaba muy triste porque su querido e irresistible (pensaba ella) esposo le era infiel. Su reacción no era mandarlo a tomar todos los vientos del mundo y pasar olímpica y definitivamente de él. Se limitaba (¡OH!) a no pintarse los ojitos para poder llorar sin que se le pusiesen pitañosos. Yo aunque era más o menos de su misma edad, me estremecía al verla y no, precisamente, de gozo; yo diría que de ira.
Fue, la nuestra, una generación muy culta, muy bien preparada.
De mi bachiller, por ejemplo, salíamos con un dominio total del idioma francés. Una amiga consiguió una buena colocación en Suiza, donde al cabo de unos meses se consagró como una buena profesional que cumplía con su cometido con eficacia; cuando iba a acceder a un puesto y un traslado mejor surgió el problema. No éramos mayores de edad hasta los 21 y el padre por miedo a que se afianzara en otro país, o aún peor que se casara allí, la obligó a volver a España.
Por añadidura el dinero, entonces, no daba para los lujos que ahora tiene los jóvenes, incluso los que no trabajan, y si los padres podían pagar UNA carrera, una sola, esta era para el hermano varón… la niña ya encontraría un buen marido y ¡listo!
Cómo tontas no éramos nos defendíamos con ahínco y la mayor parte de mis compañeras llegaron a tener puestos relevantes después de haber estudiado con muy poca ayuda de los padres y financiándose con algún trabajo simultaneo.
Yo misma, con padre y madre universitarios, tenía hermanas mayores que al igual que mi hermano estudiaban carreras superiores. En mi casa era muy frecuente oír: “No hagáis ruido que vuestro hermano está estudiando” o “callaros que está hablando vuestro hermano”.
El hermano, en cuestión, tuvo el suficiente sentido común para no ejercer de prepotente y ser un hombre decente, pero la educación que nos daban era esa.
Los anuncios de antes son muy indicadores de la situación del momento y no toco el tema porque sale alguno (anuncio), como muestra, en la TV, con bastante frecuencia.
Ahora estamos a la espera a ver que resulta de la educación que estamos dando a nuestros nietos ¡Dios nos coja confesados!
Las mujeres habíamos nacido para descanso de los burros o eso decía un conocido mío allá por 1963.
De hecho, su mujer, (nunca su mujer de hecho, algo inconcebible entonces) a la que yo trataba por aquellos días, estaba muy triste porque su querido e irresistible (pensaba ella) esposo le era infiel. Su reacción no era mandarlo a tomar todos los vientos del mundo y pasar olímpica y definitivamente de él. Se limitaba (¡OH!) a no pintarse los ojitos para poder llorar sin que se le pusiesen pitañosos. Yo aunque era más o menos de su misma edad, me estremecía al verla y no, precisamente, de gozo; yo diría que de ira.
Fue, la nuestra, una generación muy culta, muy bien preparada.
De mi bachiller, por ejemplo, salíamos con un dominio total del idioma francés. Una amiga consiguió una buena colocación en Suiza, donde al cabo de unos meses se consagró como una buena profesional que cumplía con su cometido con eficacia; cuando iba a acceder a un puesto y un traslado mejor surgió el problema. No éramos mayores de edad hasta los 21 y el padre por miedo a que se afianzara en otro país, o aún peor que se casara allí, la obligó a volver a España.
Por añadidura el dinero, entonces, no daba para los lujos que ahora tiene los jóvenes, incluso los que no trabajan, y si los padres podían pagar UNA carrera, una sola, esta era para el hermano varón… la niña ya encontraría un buen marido y ¡listo!
Cómo tontas no éramos nos defendíamos con ahínco y la mayor parte de mis compañeras llegaron a tener puestos relevantes después de haber estudiado con muy poca ayuda de los padres y financiándose con algún trabajo simultaneo.
Yo misma, con padre y madre universitarios, tenía hermanas mayores que al igual que mi hermano estudiaban carreras superiores. En mi casa era muy frecuente oír: “No hagáis ruido que vuestro hermano está estudiando” o “callaros que está hablando vuestro hermano”.
El hermano, en cuestión, tuvo el suficiente sentido común para no ejercer de prepotente y ser un hombre decente, pero la educación que nos daban era esa.
Los anuncios de antes son muy indicadores de la situación del momento y no toco el tema porque sale alguno (anuncio), como muestra, en la TV, con bastante frecuencia.
Ahora estamos a la espera a ver que resulta de la educación que estamos dando a nuestros nietos ¡Dios nos coja confesados!
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REFLEXIONES
miércoles, 12 de enero de 2011
BABIA
Yo tengo una amiga que tiene una hermana, que tiene un marido que se llama…: y ¡ahí está el problema! … no lo recuerdo. Yo se que es un nombre de mujer en principio, masculinizado y dado mi despiste y desmemoria cuando tengo que preguntar por él (y ya me ha pasado dos veces), poniéndome muy fina digo: ¿y Margarito, cómo está? (tiene más de 90 años) Y ahí viene el pitorreo, la risita y un buen corte para mí. Lo más seriecitos que pueden me dicen: “se llama CRISTINO”
En otra ocasión en una reunión de familia (lejana) me interesé por “el tío Tom” y se hizo un silencio glacial; el Sr., en cuestión, morenito y de hablar cubano se llamaba Claudio, ni más ni menos y lo de Tío Tom era una ironía familiar que yo no había captado.
Años atrás teníamos una amiga inglesa que se llamaba Connie y siempre al hablar la nombrábamos “Coni Puneti”. Un día vino a vernos la inglesita y afortunadamente, en cuanto se fue, mi madre dijo: “Hay que ver esta chica tan maja como puede tener un nombre tan horrible:¡Connie Puneti!”
Mi despiste me viene por herencia materna, me temo.
Quizá deba yo, como propósito de Año Nuevo, aprender de memoria un pedacito de listín de teléfonos, cada día, e intentar así fortalecer mi memoria y tratar de disipar un poco mi despiste.
En otra ocasión en una reunión de familia (lejana) me interesé por “el tío Tom” y se hizo un silencio glacial; el Sr., en cuestión, morenito y de hablar cubano se llamaba Claudio, ni más ni menos y lo de Tío Tom era una ironía familiar que yo no había captado.
Años atrás teníamos una amiga inglesa que se llamaba Connie y siempre al hablar la nombrábamos “Coni Puneti”. Un día vino a vernos la inglesita y afortunadamente, en cuanto se fue, mi madre dijo: “Hay que ver esta chica tan maja como puede tener un nombre tan horrible:¡Connie Puneti!”
Mi despiste me viene por herencia materna, me temo.
Quizá deba yo, como propósito de Año Nuevo, aprender de memoria un pedacito de listín de teléfonos, cada día, e intentar así fortalecer mi memoria y tratar de disipar un poco mi despiste.
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RECUERDOS
domingo, 28 de noviembre de 2010
REFLEXIÓN
REFLEXIÓN
Soledad con sus dos caras:
¡Qué bonita es la soledad del que no está solo! De jovencita cuando se iban todos de casa me sentía feliz con un libro: Salgari, Guillermo… o el que fuese y dos o tres manzanas que me comía despacito mientras leía con avidez. Si el cocodrilo de la novela medía ocho metros, interrumpía lectura y merienda para medir esos ocho metros en el largo pasillo de la casa paterna y me lo imaginaba e impresionaba. Vivía lo que leía.
Incluso ahora: mis lecturas todavía, mis paseos por Madrid que tan bonito me ha parecido siempre, mis ratos míos en que yo soy mi única compañera… disfruto con ello.
¡Qué triste es la soledad del que está solo! Buscar un amigo con el que hablar y no tenerlo; hijos lejos, pareja en la lejanía: ¡Qué tristeza!
Mi conclusión es que debo ser persona afortunada, puesto que mis momentos de soledad no me producen nostalgia. Doy gracias a mis amigos, a mi marido, mi familia, mis hijos y a la vida que permite que no me sienta sola cuando lo estoy.
Angela
Soledad con sus dos caras:
¡Qué bonita es la soledad del que no está solo! De jovencita cuando se iban todos de casa me sentía feliz con un libro: Salgari, Guillermo… o el que fuese y dos o tres manzanas que me comía despacito mientras leía con avidez. Si el cocodrilo de la novela medía ocho metros, interrumpía lectura y merienda para medir esos ocho metros en el largo pasillo de la casa paterna y me lo imaginaba e impresionaba. Vivía lo que leía.
Incluso ahora: mis lecturas todavía, mis paseos por Madrid que tan bonito me ha parecido siempre, mis ratos míos en que yo soy mi única compañera… disfruto con ello.
¡Qué triste es la soledad del que está solo! Buscar un amigo con el que hablar y no tenerlo; hijos lejos, pareja en la lejanía: ¡Qué tristeza!
Mi conclusión es que debo ser persona afortunada, puesto que mis momentos de soledad no me producen nostalgia. Doy gracias a mis amigos, a mi marido, mi familia, mis hijos y a la vida que permite que no me sienta sola cuando lo estoy.
Angela
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REFLEXIONES
viernes, 12 de noviembre de 2010
¡QUÉ VOZ TAN BONITA QUE TENGO!
Cada objeto tiene su propia finalidad. Un ejemplo: el mando a distancia.
Como su nombre indica es algo que se tiene en la habitación donde está la TV para regir los destinos de la llamada (muy bien, por cierto)"Caja Tonta". Este aparatito podría ser muy útil, pero no lo es y ¿por qué no lo es?. La culpa es del apellido: "a distancia"... y es que el mando a distancia (no se si lo habrán notado) está siempre así: "a distancia".
Otro adjetivo, esta vez para el periódico; diario, siempre se ha llamado diario el que compramos cada día (o estaría bien que comprásemos). Me ocurrió en Motril, hace ya años, paseando con mi marido por el puerto; se acercó él a comprar uno de estos informativos, a un puestecillo que había allí en un rincón no muy frecuentado. Lo ví acercarse hojeándolo, parar en seco y volver de nuevo hacia el quiosco. Acudí,yo también. Madre e hija detrás del mostrador. Decía la hija muy enfadada: "¡Mamá!" El periódico, era el del día anterior. "Son todos iguales" dijo la madre, seguramente analfabeta. Y yo pensé iguales los diarios, iguales los días... No andaba tan equivocada, la pobre mujer.
Pasa hasta con los apellidos, pero como los humanos tenemos malicia, cuando no nos convienen los cambiamos (y no como se va a poder hacer ahora: el del padre, el de la madre... ¡NO!) en nuestro fuero interno. Uno que yo me se y que no se quiere dedicar a sus zapatos, se ha autodenominado (pienso yo): "¡Qué bonita voz que tengo!!!" Y con ese nuevo apelativo puede hablar en la TV, u otro medio público y dirigirse al mundo en general y a los españoles, en particular y no tiene que decir nada. Se autoescucha y nos deleita con el placer de oir su linda voz; decir, lo que se dice, decir (tome Vd. redundancia) no dice nada... ¿para qué? Con esa voz tan linda y tan contundente, convincente y que rebosa TALANTE, no hay necesidad de que lo que dice tenga contenido. ES TOTALMENTE INNECESARIO.
ÁNGELA MAGAÑA
Como su nombre indica es algo que se tiene en la habitación donde está la TV para regir los destinos de la llamada (muy bien, por cierto)"Caja Tonta". Este aparatito podría ser muy útil, pero no lo es y ¿por qué no lo es?. La culpa es del apellido: "a distancia"... y es que el mando a distancia (no se si lo habrán notado) está siempre así: "a distancia".
Otro adjetivo, esta vez para el periódico; diario, siempre se ha llamado diario el que compramos cada día (o estaría bien que comprásemos). Me ocurrió en Motril, hace ya años, paseando con mi marido por el puerto; se acercó él a comprar uno de estos informativos, a un puestecillo que había allí en un rincón no muy frecuentado. Lo ví acercarse hojeándolo, parar en seco y volver de nuevo hacia el quiosco. Acudí,yo también. Madre e hija detrás del mostrador. Decía la hija muy enfadada: "¡Mamá!" El periódico, era el del día anterior. "Son todos iguales" dijo la madre, seguramente analfabeta. Y yo pensé iguales los diarios, iguales los días... No andaba tan equivocada, la pobre mujer.
Pasa hasta con los apellidos, pero como los humanos tenemos malicia, cuando no nos convienen los cambiamos (y no como se va a poder hacer ahora: el del padre, el de la madre... ¡NO!) en nuestro fuero interno. Uno que yo me se y que no se quiere dedicar a sus zapatos, se ha autodenominado (pienso yo): "¡Qué bonita voz que tengo!!!" Y con ese nuevo apelativo puede hablar en la TV, u otro medio público y dirigirse al mundo en general y a los españoles, en particular y no tiene que decir nada. Se autoescucha y nos deleita con el placer de oir su linda voz; decir, lo que se dice, decir (tome Vd. redundancia) no dice nada... ¿para qué? Con esa voz tan linda y tan contundente, convincente y que rebosa TALANTE, no hay necesidad de que lo que dice tenga contenido. ES TOTALMENTE INNECESARIO.
ÁNGELA MAGAÑA
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REFLEXIONES
martes, 2 de noviembre de 2010
OTOÑO
OTOÑO.
Desapacible el día con aquel viento desagradable. Calor extremo al sol y escalofríos en los lugares desprotegidos. Y yo me sentía así, como el ambiente que reinaba… igual.
El reciente cambio de horario, me había afectado, esta vez. Despertaba temprano y andaba desorientada durante las veinticuatro horas. Me paré a reflexionar el por qué de mi desazón. Una hora de más o de menos no me parecía para tanto.
Cerré los ojos y me vi a mi misma al volante el día anterior. Llevaba a mi nieto Alejandro, nueve años, al colegio. Últimamente había cogido auténtico pavor al coche; me daba miedo, inseguridad y mucho más con el niño allí, bajo mi responsabilidad. Mi sentido de la orientación nunca había sido bueno y aquella mañana no me encontraba bien. Ante un pequeño volantazo que di, el claxon de un camión sonó atronador, muy cercano, amenazador y retumbó dentro de mi pecho.
Los dos nos asustamos: el niño y yo. El crio dijo antes de bajar del coche: "Abuela, me creía que iba a morir" A él se le pasó pronto, en mí, en cambio, la intranquilidad y el miedo se habían quedado atrapados y me producían, sin duda, el malestar que sufría todavía.
¿Por qué echarle la culpa a horario, otoño, calor o viento?
El tiempo pasa rápido, me había hecho mayor y no debía conducir más. Una conclusión única de todo aquello: Se había acabado, para mí, la conducción… Quizá en la feria en los autos de choque y... ni siquiera eso.
ÁNGELA MAGAÑA
Desapacible el día con aquel viento desagradable. Calor extremo al sol y escalofríos en los lugares desprotegidos. Y yo me sentía así, como el ambiente que reinaba… igual.
El reciente cambio de horario, me había afectado, esta vez. Despertaba temprano y andaba desorientada durante las veinticuatro horas. Me paré a reflexionar el por qué de mi desazón. Una hora de más o de menos no me parecía para tanto.
Cerré los ojos y me vi a mi misma al volante el día anterior. Llevaba a mi nieto Alejandro, nueve años, al colegio. Últimamente había cogido auténtico pavor al coche; me daba miedo, inseguridad y mucho más con el niño allí, bajo mi responsabilidad. Mi sentido de la orientación nunca había sido bueno y aquella mañana no me encontraba bien. Ante un pequeño volantazo que di, el claxon de un camión sonó atronador, muy cercano, amenazador y retumbó dentro de mi pecho.
Los dos nos asustamos: el niño y yo. El crio dijo antes de bajar del coche: "Abuela, me creía que iba a morir" A él se le pasó pronto, en mí, en cambio, la intranquilidad y el miedo se habían quedado atrapados y me producían, sin duda, el malestar que sufría todavía.
¿Por qué echarle la culpa a horario, otoño, calor o viento?
El tiempo pasa rápido, me había hecho mayor y no debía conducir más. Una conclusión única de todo aquello: Se había acabado, para mí, la conducción… Quizá en la feria en los autos de choque y... ni siquiera eso.
ÁNGELA MAGAÑA
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