martes, 28 de enero de 2014

EN EL ASCENSOR






EN EL ASCENSOR.

Calle Mayor en Madrid:  en el número14 vivían los abuelos de mi amiga Virginia. 
En aquella vieja casa el hueco del ascensor  con sus recovecos parecía hecho para esconder algo tétrico. La cabina de cristal discurría arriba y abajo con una lentitud exasperante e iluminado por una luz vacilante que me llenaba de aprensión.

Abrí la puerta en el Bajo con el mismo miedo de siempre y me decidí a subir. Para animarme un poco intenté pensar en el Fantasma de Canterville  que, aunque fantasma, me caía bien y me daba casi lástima.
 Apreté el botón del 5º, aquello dio un salto brusco y arrancó despacio con un chirrido lastimero.  Siguió subiendo como si le fallasen las fuerzas y cuando estaba entre los pisos 2 y 3 se paró en seco. Frente a mí, con la vacilación de la luz, uno de los temibles entrantes en la pared parecía cambiar de forma y alojar todos mis miedos. Pocos segundos después, el ascensor reanudó la subida. Lo habían llamado desde el 3º. Entraron dos ancianos...  todo parecía ser viejo allí. No saludaron, no sonrieron, seguimos subiendo. Me miraban con los ojos glaucos de la gente muy mayor y mi imaginación empezó a jugarme una mala pasada. Al menos uno de ellos me miraba sin verme y el otro no resultaba más tranquilizador.
¿Por qué no había subido andando? mis piernas jóvenes me hubiesen permitido huir.

En unos eternos segundos más llegamos al 5º. Me lancé a la puerta que abrí con brusquedad y  a los brazos de mi amiga Virginia que me esperaba extrañada por mi inesperada efusión. En el ascensor quedaron los ancianos y mis miedos.
En casa de los abuelos mi amiga y yo nos metimos en el maravilloso cuartito lleno de TBOs encuadernados y sólo sentí el placer que suponía para mí semejante tesoro.



viernes, 17 de enero de 2014

DE MADRID AL PURGATORIO



Viernes, 17 de enero de 2014

De Madrid al… Purgatorio.

Habitual pero siempre nuevo nuestro paseo por las calles de Madrid; salimos de Reina Victoria y seguimos vía Quevedo y Fuencarral hacia ese escenario digno de “Los Miserables” que es cada día la  Puerta del Sol, aunque…  un poco de sentido del humor lo mejora bastante.  

En una mañana fría de domingo el Madrid nuestro de todos los días. En Sol la consabida manifestación: pancartas, banderas y mala uva, y la gente que no está contenta. 

Vendedores de lotería, limpia botas, Mickies,  Minnies, descabezados, boleros mejicanos, mariachis, manteros y trileros, descuideros, timadores mil en un espectáculo digno de ser observado con detenimiento o…  de huir.

Dos Mickies  se empujan y se insultan, ante el niño atónito y asustado que ha dudado entre uno y otro para la foto.  El padre, con el niño de la mano, pone tierra por medio.

 Una mujer sin cabeza charla con toda normalidad con alguien que está a su lado, arrimo mi oído de tísica y la oigo decir: “… yo como éste siga así voy a perder la cabeza” y pienso: ¡“eso sí que es clarividencia”!

Surge entre nosotros (mi dulce tormento y yo) la habitual pelea: él se extasía ante las inmóviles estatuas vivientes, a mí me horrorizan y le sugiero que no ponga el culo para que le roben ¡Cada día tengo peor carácter! En mi memoria mi amiga Paloma que tuvo que ir a rescatar a su hijo adolescente a un hospital de Barcelona como fruto  de una de esas expresiones de genialidad de las que fue protagonista el joven: le robaron y se quedó vestido de Pensador De Rodin, es decir desnudo, en pleno hampa de una ciudad ajena y hostil para un muchacho bastante iluso, por cierto.

Me llevo de la mano a mi pareja y nos adentramos en Arenal: La música de un cuarteto de jóvenes estudiantes del Conservatorio nos paraliza ¡son buenísimos! Magnífico tenor.  Ensayan y aprenden. Se suma al grupo una recién llegada, joven  y catarrosa,  taza de café en ristre y entonces, todos ellos, nos obsequian con un maravilloso dúo de “La Traviata”. A pesar del catarro suena genial y la gente se anima con las propinas y los aplausos ¡muchos aplausos!  Caen bien ellos y sus archi/conocidas canciones gustan, la funda del violín va acumulando monedas y allí no hay discusión pues nos entusiasman a los dos. Repetimos propinas y escuchamos con agrado. 

Seguimos caminando despacito y ¡oh milagro! Un motorista disparado de su moto surca el aire manteniendo la horizontalidad a tres metros del suelo. Y llega un guardia que conminándole a bajar (orden totalmente ignorada) le pregunta que si tiene seguro ¡Para seguros está el pobre hombre!... el público en masa suelta la carcajada.

 Dejamos atrás la Iglesia de S. Ginés y su coro de pordioseras lamentablemente  tiradas por los suelos. Lecho de mantas sucias y poca psicología por parte de las mendigas que parecen ignorar que los oficios hay que adornarlos con un poco de gracia, mendicidad incluida. La gente aparta la mirada y da por bien empleado el euro dado al quinteto que nos ha arrancado una sonrisa.

 Nosotros con nuestro cupo de asombro colmado por hoy y muy de la manita nos vamos a coger el Metro en Ópera.

¡De Madrid al Cielo!!!

jueves, 5 de diciembre de 2013

Liquido al coleto y FUGA

OTRO EJERCICIO PARA TALLER GUELBENZU
Liquido al coleto y fuga.
Con la taza de café en la mano oigo el portazo y me sobresalto de tal manera que casi lo tiro... pero no, ya ha pasado  y voy a tomarme mi café tranquila y dedicando el  momento a la reflexión;  lo voy a intentar por lo menos.  Mis manos estrechan la taza buscando calor y bebo  despacio. Me reconforta. No debe ser cierto que el café ataca a los nervios, a mí me sienta bien, me sosiega. Yo sé mejor que nadie qué es lo que me altera;  lo de hoy ha sido definitivo; la última vez ¡No volverá a repetirse!  Abandono mi taza sin molestarme en enjuagarla y salgo, orgullosa de mí misma y de haber tomado una determinación. Salgo sin dar portazo, yo no doy portazos, pero he tomado  la decisión de que sea  para siempre.

domingo, 11 de agosto de 2013



A la muerte de mi hermano Manuel Magaña


De parte de Mariví García Cacho






QUERIDA ANGELA:

NO ESTARÉ PRESENTE EN ESOS DÍAS LA MISA AHORA Y EL DUELO EN SETIEMBRE.
POR ESO QUIERO DEDICAR A MANOLO MAGAÑA, TU HERMANO UNOS VERSOS:

SENTIR EL TIEMPO,
LLEGAR LA HORA,
ESTAR A TIEMPO.
CRUEL NOS AGOBIA
EL SIN SABER SABIENDO,
ASIRSE AL ÁPICE DE UN
COMPÁS DE ESPERA.
INUSUAL PALPITA
GUSTANDO EL SABOR
DEL AMOR VIVO.
BELLEZA DE LA
VERDADERA SABIDURÍA.

NO ES LA HORA
SÍ EL REGRESO
DE LA CONSCIENCIA,
LUMBRE DEL ALBOR
SIN RETORNO
PENTAGRAMA DE
ETERNIDAD.
ADIÓS MANOLO,

IVIRAM UNA AMIGA DE TU HERMANA ANGELA

domingo, 15 de julio de 2012

CLASES BAJAS vs. REALEZA



Era divertido, me encantaba: iba con mi padre a la Plaza Mayor de Madrid, en Navidad, y nos instalábamos enfrente de los vendedores de pavos; vestidos con un gran blusón negro, típico como el bastón que esgrimían.
Solían exhibir su bandada de diez o doce animales que serían, uno a uno, el invitado de honor a la hogareña cena de Navidad.
Los pavos en grupo y tranquilos no parecían presentir su protagonismo y yo que era una niña tampoco lo pensaba. Me enseñó mi padre a mantener con los tontorrones bichos peculiares “conversaciones”.
A mis: “Glo, glo, glo, gloo” contestaban todos a una y exactamente tal y como yo lo había dicho. Una y otra vez hasta que me cansaba y nos marchábamos a ver los puestos de figuritas para el Nacimiento, los trozos de corcho y mil cosillas que me encantaban.
Eran pavos de “clase baja” pero correctos y buenos conversadores, jamás dejaban sin respuesta.

Hoy todo ha cambiado, hemos subido de categoría: ya no hay quien vea un pavito de los de antes como no sea en el súper y despojado de sus simpática capacidad de “gloguear”, de eso y de todo lo demás: plumas, cresta roja… en fin: de vida.

Estoy en Jerez y me trato ahora con la aristocracia: son Pavos Reales.
Bonitos y engreídos pero malos conversadores. Ya no es como antes; no son simpáticos, lanzan unos ruidos que parecen maullidos, despojados de toda gracia y dignidad.
Yo… prefería los de antes. Mis pavos negros de cresta roja y colgona… incapaces de dejar a una niña sin respuesta.

Va a resultar cierto: “cualquier tiempo pasado fue mejor” ¡Oh dolor!
Ángela.

domingo, 18 de marzo de 2012

PIELES DE "LEOPOLDO"

Con la edad se aferra uno/una a lo que puede.
Era yo joven todavía (treinta y...) y vivía en Motril. Tenía una amiga (una de mis "chipicientas" mejores amigas) que era pizpireta y monilla. Bajita, sólo se apeaba de los tacones de catorce centímetros para encaramarse a los de diez, para las grandes caminatas. Era guapa de cara y muy andaluza de: aspecto, habla y hechuras; la "mátapelo" (negro naturalmente) era uno de sus atractivos y ella lo sabía. Le gustaba la ropa ligeramente insinuante y sobretodo las telas con motivos animales: leopardo, tigre, pantera más o menos salvaje y pieles de "leopoldo" en toda su gama.

Yo, a su lado, me paseaba tranquila con calzado y atuendos de lo más deportivo y sin darme cuenta influía bastante en que ella vistiese también de una forma más sencilla.

En la zona de Motril/ Almuñécar son bastante "elementales" en la forma de hablar y no tienen, como se suele decir "pelos en la lengua".
Un día bajábamos por una de las empinadas cuestas de cerca del cementerio de la ciudad sexitana y nos sorprendió una sarcástica preguntita dicha en un tono alto y destemplado por alguien de allí: "¿Pues,.. no parece que se va cagando?"

Era milagroso que no se matase con semejantes tacones por esas callejucas tan abruptas. Todas nos quedamos bastante cortadas y mi amiga bajita y entaconada supongo que la que más, pero ni aún así renunció a sus hermosos tacones.

Se fue a vivir a Nerja y cuando la vi, años más tarde, la piel de bichitos salvajes (como los limones del Caribe), lucía por todas partes en su hogar: bata de piel de leopardo, bikinis atigrados, zapatillas de tacón y bandejas igualmente aleopoldadas; hasta los papeles de envolver lucían la misma tendencia.
Me sigue llamando la atención, años más tarde, que las telas/ pieles sigan siendo vendidas como algo muy sexi ¿Qué señora mayorcita que se precie no tiene en su vestuario alguna prenda de manchitas negras o amarronadas? Las gordezuelas especialmente y estas vestimentas les parecen "ceci" o sea sexi en andaluz... y yo me pregunto; ¿Son sexi de sexo o "ceci" de cecina?
... Y después de preguntármelo me hago otra pregunta más; recriminatoria ahora. "¿Ángela, por qué tienes tan mala uva?"
Así es que Vds perdonen y no me hagan caso ¡Para nada!

Ángela Magaña.

miércoles, 7 de marzo de 2012

¡FELIZ CUMPLEAÑOS A PABLO!

Había una vez una abuela que quería ser una niña. Empezó a dormir con peluches y a no querer pensar en problemas “de mayores”.

Los niños que son los más listos, fueron los primeros en darse cuenta y empezaron a jugar con ella y a preferirla a los demás mayores que eran bastante “plastas”.

La abuela parecía cada día más jovencita, lo malo es que siguió descumpliendo años. Se igualó primero a su nieto mayor que tenía diez años y resultó que eran auténticas almas gemelas. Era genial estar juntos, lo pasaban de miedo hablando o jugando. La abuela, además, seguía sabiendo muchas cosas de las que había aprendido en su antigua, larga vida y ¡claro! a la hora de hacer deberes ayudaba un montón y se sabía un montón de triquiñuelas para todo.

Lo malo es que el tiempo seguía pasando y dos años más tarde Alejandro resultó tener doce años y en cambio la abuela sólo tenía ocho… Lógicamente empezaron uno y otra a preferir otros amigos de su misma edad.

La abuela se puso pronto en la edad de su nieto Pablo y ¡eso fue genial! Pablo, tan simpático listo y guapo resultó ser un amigo estupendo. Se hicieron los mejores colegas y compañeros. El mismo día, exactamente el mismo, celebraron los dos su cumpleaños número siete.
Dos tartas gemelas con siete velitas cada una y una fiesta estupenda que Pablo y la abuela compartieron entre juegos y risas el día 23 de Marzo de 2012.

Durante algún tiempo, todo siguió igual pero Pablo que era un niño muy listo siguió creciendo y aprendiendo cosas en el colegio y en cambio la abuela, que descumplía años empezó a olvidar mucho de lo que un día supo.

Ya sólo le quedaba a la pobre ex –anciana un nieto más pequeño que era Santiago y la historia volvió a repetirse. Santiago era un bromista pillín y hacían, sin parar, rabiar a los mayores. ¡Divertidísimo!

Más y más pequeña la pobre abuela tuvo que aprender a andar y empezó a tener que llevar pañales y a olvidar ¡cómo se hablaba! Lo más que decía era: “gugu… tata”” más tarde empezó a soltar “ajos” y pucheritos al llorar y risitas tontas por cualquier cosa.

Un día se vio en la obligación de mamar ante una teta muy gorda y le entró tanta angustia que se despertó de repente y comprobó con alegría que todo había sido una terrible pesadilla.

Abrazó a sus tres queridos nietos. Felicitó a Pablo en su cumpleaños y le dio gracias a Dios de seguir siendo una abuela normal, tan arrugadita y tan canosa como era de esperar… y colorín colorado este cuento se ha acabado.

ÁNGELA MAGAÑA

martes, 7 de febrero de 2012

ADRIÁN Y SU COCODRILO

ADRIÁN Y SU COCODRILO.

Erase una vez un niño de 2 años que se llamaba Adrián.

A Adrián le gustaba mucho bañarse en la piscina con su padre. Un día estaba en el agua jugando con su papá y de repente vio un cocodrilo chiquitín nadando junto a él. Pensó que se habría escapado de una camiseta muy linda que él tenía, porque eran casi iguales.

Lo cogieron con mucho cuidadito y se lo llevaron a la mamá que estaba al borde de la piscina con una toalla para que el niño no pasase frío.

Resultó no ser un cocodrilo sino un camaleón también chiquitín.

Los dos, el niño y el camaleón, se hicieron muy amiguitos. Salían a la calle de paseo o iban a la “guarde” juntos y como los camaleones cambian de color, el bichito se ponía del mismo color que el jersey del niño y se reían mucho porque nadie lo veía nunca y así jugaban al escondite y lo pasaban muy bien y... colorín, colorado este cuento se ha acabado.

Ángela Magaña.

jueves, 26 de enero de 2012

UNA SEÑORA DEL MONTÓN (Corregido)

UNA SEÑORA DEL MONTÓN

Marta viajaba con su marido.
Se sintió enternecida por el hecho de ver a aquel anciano viajar tan solo.
Hacía, no obstante, las comidas en la mesa del capitán. Sin embargo no pensó ni por un segundo que se tratase de un personaje ciertamente ilustre.
Le atrajo su aspecto serio y su aire intelectual. Su pelo blanco, su tez y ojos claros, su avanzada edad inspiraban confianza y se le acercó. Llevaba en la mano un libro: “La fiesta del Fauno” que sirvió de tema de conversación. ”Demasiado descarnado. Muy fuerte” dijo él y “encima basado en hechos lamentablemente reales” y confesó haber sido incapaz de acabarlo.

Las horas de navegación eran muy placenteras; las verdes costas noruegas, los penetrantes fiordos por los que el barco se deslizaba; las frondosas paredes de riscos interrumpidas a veces por trepidantes caídas de agua. Todo un espectáculo. Una alegría el grito del capitán por los altavoces del barco: ¡“Balena al sinistra”!

Cuando hacían alguna excursión por tierra el anciano se limitaba a algún corto paseo, siempre tranquilo como si emanara paz. No participaba en las visitas a glaciares, ni en nada en lo que hubiese que esforzarse. Dedujo ella que su corazón no andaba sobrado de bríos.

Un día visitaban las Islas Lofoten donde las casas de los antiguos pescadores de bacalao se elevaban, sobre pilares, en el agua misma. Ella al ver que todo el mundo (excepto él) hacía fotos o filmaba, se le acercó llevando su cámara y le dijo amablemente: “¡Ahora te toca a ti!”

El crucero por el Mar del Norte terminó sin que hubiesen tenido otra cosa que breves encuentros. No sabía Marta a que se dedicaba el buen señor, ni habían tenido tiempo de charlar demasiado. Se llamaba Antón Menchaca Careaga. Era afable, culto y muy agradable y ahí se acababa lo que sabía de su nuevo amigo.

A la hora de despedirse ella le pidió la dirección y eso fue todo.

Marta y su marido pasaron después unos días en Santander y volvieron a su casa en Motril.
Ordenó ella los recuerdos, los múltiples: “Today” en los que se desgranaban, día a día, las actividades y excursiones del maravilloso crucero que acababan de disfrutar.
Al ver las fotos de Antón pudo comprobar que no había salido especialmente favorecido. A pesar de todo se quedó con una como recuerdo y le mandó las demás junto con una carta en la que le contaba como había terminado aquel fantástico mes de agosto.
Ahí empezó todo.

Antón Menchaca resultó ser un hombre de mar por vocación. Por sus estudios en las Escuelas Militares de Cádiz y Marín había llegado a Capitán de Corbeta y completado estudios de Humanidades en Oxford y Derecho en la Complutense de Madrid.
Pero todo esto Marta lo desconocía y su sorpresa fue mayúscula cuando en respuesta a su humilde carta con unas irrelevantes fotos contestó él con una preciosa y expresiva misiva y con una de sus novelas porque también resultó ser ¡un escritor consagrado! Fundador de “Cuadernos para el Diálogo” y colaborador en el nacimiento del diario “El País”, pero esto todavía era inédito para Marta.

Inocentemente ella le envió (para corresponder) la novela que acababa de leer. “Dios vuelve en una Harley”. En esta novelita Joan Brady presenta a su protagonista: Christine de 37 años, poco atractiva y poco esperanzada de encontrar al hombre de su vida, pero Dios vistiendo chupa de cuero y cabalgando una imponente Harley Davidson se presenta en su entorno y con gran sencillez le va dando unas normas de vida que harán de ella una mujer distinta y libre.

Antón leyó el libro no una sino dos veces y le gustó tanto que esto dio lugar a otro tipo de relación entre ellos. Empezó a escribirle y a mandarle, con asiduidad, libros escritos por él mismo. En sus cartas bromeaba y le decía que ella (Marta) era su John (el Dios de la Harley) y que había aparecido en su vida para infundirle ánimos como John a Christine en la novela.
Recibía a vuelta de correo poemas, cartas y novelas suyas firmadas y dedicadas con todo cariño ¡No podía creerlo!
Siguieron cuatro años de correspondencia sólo interrumpida por las recaídas de él que vivía ya los últimos cuatro años de su larga vida.

Hablaban por teléfono con frecuencia y llegaron a tener un inolvidable amistad sobre todo para Marta que se sentía muy honrada y que se emocionaba hasta las lágrimas al tener la oportunidad de leer dirigidas a ella (se sentía afortunada) tan interesantes y bien escritas cartas
Para él, aquello, resultaba estimulante y divertido. Seguían las llamadas, las cartas, los envíos de libros. Poco a poco, y no precisamente por boca de Antón, fue descubriendo Marta que nacido en 1921, había sido siempre un hombre de talante liberal. En la España de Franco y en 1957 había acabado en Carabanchel, donde se había forjado aún más su personalidad rebelde, habiendo coincidido, como ocurrió, con otros críticos del régimen como Tierno Galván, Joaquín Ruiz Jiménez con los que hizo causa común.

Marta estuvo siempre muy orgullosa de su relación con Antón, guardaba las cartas como un tesoro, junto con los libros y sobre todo se sentía muy satisfecha al ver que él esperaba las suyas con impaciencia y que las valoraba cómo estimulantes y divertidas. El último día que hablaron fue aquel tan triste en que en Nueva York fueron derribadas las Torres Gemelas.
La salud de Antón Menchaca Careaga empezó a sufrir más o menos por entonces un bajón parecido y cayó en picado como los edificios en cuestión.

Lo único que sobrevivió acrecentada fue la antes debilucha autoestima de nuestra señora del montón: MARTA.

No pudo acudir como le hubiese gustado al Homenaje Póstumo que en Bilbao, su ciudad natal, le organizaron en la sede de La fundación Menchaca Careaga. La familia avisó casi de víspera y de Motril a Bilbao, hay algo parecido a “una buena tirada” Le hizo ella su propio homenaje en el recuerdo y no olvidándolo nunca.

Ángela Magaña

martes, 6 de diciembre de 2011

¡CORTA ES LA VIDA!

POR LA MAÑANA ÉL LE DIJO:
"TE QUIERO" y ella le contestó: "¿NO SERÁ UN SENTIMIENTO PASAJERO"?
Llevaban 49 años casados... ¡Sólo cuarenta y nueve!

viernes, 11 de noviembre de 2011

ARPÍA VENENOSA

ARPÍA VENENOSA

Era una pareja muy singular… también en sentido literal. En lugar de dos, parecían uno. Uno de los apelativos que él usaba para ella era: “¡Arpía venenosa que me tienes dominado!” y es que el humor estaba presente en su relación como también lo estaban el cariño, las discusiones, las peleas, los arrumacos, las rabietas, la diversión y ¡TODO!
Otras veces la llamaba: “Marta, volcán en erupción” y ella le imitaba, como subiese el tono de voz, con tal exactitud que acababan riendo… o llorando o peleando o abrazados. Todo podía pasar.
Entre ellos cabía todo menos el aburrimiento. Entre amores y encontronazos crecieron y se multiplicaron.
Rachas hubo que amenazaron distanciamiento, pero la verdad es que no sabían vivir el uno sin la otra.
Los años pasaban más o menos veloces, y los dos, al unísono (para variar) y cada uno por su lado (para más complicidad) empezaron a no poder más. Los hijos partieron, se fueron a hacer sus estudios y víctima del síndrome del nido vacío y de aquella relación tan tormentosa, decidió ella (la arpía) poner tierra por medio y se fue, sin tragedias… pero ¡se fue!
Sintió alivio y descanso pero un buen día antes de que pasase mucho tiempo, vio un taxi pasar y dentro a su dulce tormento ¡Raúl! Y sintió la irresistible necesidad de seguirle. Se reencontraron y volvieron a quererse; no tenían remedio y así pasaron los días y los meses que se convirtieron en años y dado que el tiempo vuela, la vida se fue pasando juntos, juntos… siempre juntos y un día amaneció en que Raúl abrazado a ella en la cama, muy juntitos, no despertó. Frio y muerto la rodeaba con sus brazos y Marta que con la vejez tenía un corazón débil y frágil no quiso liberarse de aquel último abrazo y permitió que la parca perpetuase ese sueño, de dos en uno, que se había convertido en su forma habitual de pasar las dulces noches.

Ángela Magaña

domingo, 2 de octubre de 2011

OJOS VERDES EN CONSTANTINOPLA

OJOS VERDES.
Llamaban poderosamente la atención; imposible no reparar en ellos, había que esforzarse para no ser maleducado e insistente al mirarlos.
Verdes, luminosos, jóvenes, grandes y expresivos.
También las manos: dedos largos y finos, adornados con vistosos anillos de plata; la piel morena y suave, cuidada y alguna pulsera del mismo metal.
El resto negro, todo negro con un burka que lo cubría todo; todo excepto ojos y manos.
Cuando subimos al autobús, ellos ocupaban la primera fila con lo que todavía resaltaba más el curioso aspecto de la pareja. Él, andaría alrededor de la treintena, guapo, elegante y bien vestido a la moda occidental: pantalón oscuro impecable y bonita camisa de rayas anchas y oscuras, grises y negras. Un par de botones desabrochados con lo que resultaba todavía más atractivo.
Parecían enamorados, una mano de ella descansaba lánguida sobre la pierna de él, que la rozaba discreto con la suya. Se les veía sentados muy, muy juntitos.

El bus siguió recogiendo turistas, como nosotros, en los distintos hoteles para aparcar finalmente en el Puerto de Kábatan donde todos nos dirigimos a coger el barco en el que recorreríamos el Estrecho del Bósforo, en la parte este del legendario Mar de Mármara, entre dos continentes. Allí nos dedicamos a lo típico: admirar la belleza del paisaje, hacer fotos y a bromear con nuestros amigos y compañeros de viaje que nos acompañaban desde España.

No volvimos a verlos hasta la hora de la comida y chocaba cómo ella se ahuecaba ligeramente el velo desde la parte del pecho y comía subiendo el tenedor cuidadosamente hasta su boca, muy atenta a no mostrar para nada parte alguna de su cara.
Angustiaba un poco el verla pero acabó el almuerzo y volvimos a perderlos de vista. La olvidamos.
Siguió la visita y esta vez le tocó al Palacio de Beylerbelyi, ya, en la parte asiática.
Era el primer día y todavía no nos habíamos acostumbrado a tanta Basílica y a tanto lujo y belleza. Nos limitábamos a mirarlo todo con asombro y a disfrutar de la vida.
Volvimos a cruzarnos con ellos. El sol vertical en aquel momento caía a plomo. Él seguía igual, ella bajo unas gafas de sol que protegían su clara mirada, había desaparecido; sólo el burka era visible… y sus manos.
Siguió la excursión. Al día siguiente visitamos unos cuantos sitios esplendorosos: Mezquita Azul, Hipódromo Romano, Bazar de las Especias… aroma a hierbas e invitaciones múltiples a probar los distintos tés: manzana, granada y mil sabores más. Aún no habíamos visitado el Gran Bazar (inmenso, 5.500 tiendas), pero aquel era también interminable. Alfombras, bolsos, chales de cachemir, de seda y en particular, todos los azafranes, semillas, pimientas y aderezos aromáticos y sabrosos del mundo. ¡Ah!... y caviar de cualquier clase que se pudiera imaginar.
Al día siguiente: Basílica de Santa Sofía. Una belleza que rezumaba siglos pasados e historia…
Un par de días más de “callejeo” por Estambul que, en resumidas cuentas, es lo más atractivo de los viajes. Cada rincón una sorpresa y las consabidas compras de regalitos, encargos y recuerdos para los más allegados y fotos a todo y a todos.
Fuimos al Palacio de Topkapi situado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara. Aparece en tantas novelas que íbamos dispuestos a dejar volar nuestra imaginación, aprendimos que había sido la residencia del Señor de los señores: Sultán Abdulmecid; el mobiliario excesivo y recargado y… la cama del dignatario (con cabida ¿para cuántas de sus esposas, o las tomaba una por una?). Todo lujo que contrastaba con las placas turcas que a nosotros, occidentales, no nos parecen nada confortables.

Medio escondida detrás de un amigo, me disponía a sacarle una foto a un Jenízaro, con su atuendo típico, (sin darle el consabido euro) cuando apareció por allí ella con su burka, sus ojos verdes y con su marido cerca y quiso el destino (y yo también) que lo que quedara reflejado en mi cámara fuera, precisamente eso ¡su mirada! Con lo que sin que nadie lo advirtiera obtuve una instantánea única de lo que me había llamado la atención desde el principio: aquellos ojos verdes. Los seguí un momento y me pareció observar que ya no iban tan juntos, ni tan acaramelados.
La siguiente etapa fue la capital: Ankara, donde no limitamos a visitar el museo de las civilizaciones de Anatolia y el Mausoleo de Ataturk: “Padre de los turcos” y personaje que tuvo, entre otros, el detalle de sustituir los caracteres árabes, por los occidentales, en la escritura. Con lo cual, a partir de 1938, Turquía se hizo más similar y próxima a nosotros en la forma de escribir.
Seguimos trayecto hacia el suroeste del país a la parte central de Anatolia y protagonizando un gran madrugón sobrevolamos, en globo, al amanecer las famosas “chimeneas de hadas” de Urgup y las de Pasabag con su sombrerito de piedra colocado ahí como resultas de la erosión provocada por el discurrir de las aguas y del viento. Muy emocionante estar allá arriba: sentir el aire, la altura, ver desde debajo la llamarada del gas que nos elevaba con su fuego azul.
Esta parte muy sísmica era muy original por sus refugios subterráneos de múltiples pisos y sus viviendas/cuevas adornadas con antiguos frescos bien conservados, algunos.
Capadocia con sus piscinas blancas, puro sedimento de sales minerales calcaréas y bicarbonatos. Paisaje espectacular y más piscinas, más profundas ahora y con restos de construcciones romanas al fondo. Llenas, eso sí, de turistas, que al tener más tiempo que nosotros, tenían la suerte de poderse dar un baño y disfrutarlas. La última vez que vimos a la extraña pareja fue en el Mausoleo del filósofo Mevläna. Parece ser que este filósofo fue el fundador del sufismo secta islámica que conocemos por los famosos “derviches” que giran y giran entre oración y oración hasta caer en una especie de trance y que conocemos sólo de mentirijillas porque los que nosotros, turistas, vemos (nos dijo el guía) son, simplemente bailarines que giran sin más profundizar en sus creencias.
Los hermosos ojos verdes y su misteriosa dueña, esperaban un poco alejados al marido, dueño o lo que fuese, mientras él oraba recogido ante la cajita con los tres pelos de la barba del profeta.
Pensé yo que, como reliquia, siempre era preferible eso a un dedo, el corazón o al brazo… o cualquier parte del cuerpecito serrano de nuestros Santos ¡Más higiénico, por lo menos…!
Pero a los del burka no los vimos más.



En el resto del recorrido: Éfeso… ¡una maravilla! la casa de la Virgen, que a mí me impresionó y me produjo (para mi sorpresa) un ataque de devoción y recogimiento y ganas de rezar todo lo que me sabía… ¡Nunca se sabe cómo va uno a reaccionar!

El guía nos dio informaciones bastante chocantes: los turcos (por ejemplo) fueron los descubridores de América, lo de ir a la Meca era un problema de dinero y era posible sólo para los ricos o los musulmanes de Arabia Saudita que lo tenían más cerca, pero lo podían sustituir por limosnas en caso de imposibilidad. Si eras persona con un puesto de trabajo, como ellos mismos (guías) podías elegir tu propio mes para cumplir con el Ramadán con el resultado de que los meses preferidos eran los de invierno con menos horas de luz. El nombre de Alá lo repetía él y más gente 99 veces seguidas en todas las acepciones posibles. En fin… informaciones más o menos creíbles o lógicas.
Nos dijo también que les habían comunicado que entre los varios autobuses que llevaban a los turistas, como nosotros, había uno que había sufrido un percance, alguien se les había despistado, pero no nos dio más explicaciones.

El último día bastante agotador: dos aviones con el tiempo muy justo entre ellos: Esmirna/ Estambul y luego Estambul/ Madrid. Yo iba medio dormida y bastante agotada. En mi fila del avión donde (como sardinas en lata) íbamos tres personas miré a mi derecha. Vi unas manos con dedos cuajados de anillos de plata y al levantar la vista me encontré con unos ojos que no había podido olvidar pero esta vez la joven llevaba un atuendo similar al de cualquier europea de su edad… iba sola, parecía preocupadilla pero feliz y llevaba en la mano un libro cuya portada me dejó ver “NO SIN MI HIJA” y me regaló una sonrisa y un comentario:

“¡TODO MÁS FÁCIL SI NO HAY HIJOS POR MEDIO!”

jueves, 1 de septiembre de 2011

PRIMERAS LLUVIAS

Primeras lluvias.
Calor, calor y más calor y hoy… ¡La sorpresa! Un precioso día de lluvia ¡Un regalo!... y la sensación de que llega el otoño.
Repaso lo que ha sido mi verano y hago recuento de lo que sí y de lo que no quiero que se repita. El estar juntos y disfrutar de los niños… me gusta, los críos cambian rápido y los vemos tan poco ¡poquísimo, diría yo! Viven, nada menos que, en Méjico con lo que sus visitas anuales se reducen a dos. Los ancianitos sabemos lo poco que dura la niñez y lo irrepetible que es: la inocencia y la gracia de los niños es irrecuperable una vez que se ha ido. Quizá sea una simpleza decirlo por su evidencia, pero requiere una pequeña reflexión.
No me gusta: constatar que los años no pasan en balde y que me canso cada vez más del ajetreo añadido y lo que es peor de no poder ir, yo también a disfrutar de playa y de todos ellos. ¡Castigada en casa a guisotear, ordenar, limpiar y ocuparse del abastecimiento y a cuidar de los mayores, (más mayores todavía) que también los hay!
Una decisión firme recién tomada: No discutir hasta el punto (como en el chiste) de ponerme gorda si es necesario, evitar a toda costa las estúpidas discusiones tontas que surgen a veces. En términos toreros: no entrar al trapo. Que la pared es verde y yo la veo blanca, pues verde que es!!! (Es sólo un ejemplo ¡Claro!) Y me recrimino a mí misma por mema y por no haberlo decidido hace cuarenta añitos.
En resumidas cuentas que después del esfuerzo hecho y del derroche de energías y de todo lo demás, que me quede por lo menos buen gusto de boca ¡Con eso me conformo!
P.D.
ME TEMO QUE NO SOY UNA MUJER ABNEGADA (odiosa palabreja. por cierto)

domingo, 17 de julio de 2011

CHEEK TO CHEEK

Érase una vez un Ratón Pérez, completamente desesperado. Era verano y todos los niños ¡Habían desaparecido!
Los buscaba por todas partes y nada. Al lado suyo el saco de regalos para cambiar por dientes caídos estaba tan lleno que iba a reventar. Se puso a dar paseítos, con las manos detrás de la espalda preocupadísimo y pensaba ¿Qué puedo hacer?
Andando, andando oyó una música que salía de una casita pequeña y bonita. Entró y allí encontró una ratita chulísima. Llevaba unos vaqueros con un agujero para sacar el rabito y la verdad es que ¡ESTABA GUAPÍSIMA! Empezaron a bailar, cheeck to cheeck (que quiere decir con las caritas pegadas) y le contó lo asustado que estaba de ver que no había niños.
Ella era más pillina y le dijo: ¡Hombre! Es verano y los críos están en los campamentos. Los dos (ratón y ratita) hombro con hombro, se pusieron manos a la obra y en una noche pusieron los regalos, a todos los niños que habían perdido un diente. A veces más de una cosita. Iban primero a la casa del niño dejaban uno, lo buscaban en casa de la abuela… dejaban otro. En fin todo se arreglo.
Se me olvidaba. La ratita era nada menos que ¡LA RATITA PRESUMIDA! Además de ser guapa, ¡estaba cómo un queso! Así es que ¡claro! tenía a todos los ratones loquitos. Ya sabéis que se pirran por el queso y el Ratón Pérez no iba a ser menos. ¡CLARO!
Adiós Ratón Besos de los abuelos. Te queremos una “hartá”
Y colorín colorado la abuela Ángela dice que este cuento se ha acabado.

domingo, 1 de mayo de 2011

UNA FURTIVA LÁGRIMA

Leíamos apaciblemente mientras sonaba la maravillosa "Furtiva lágrima" y me sorprendí a mí misma dando gracias a Dios.
La vida son momentos y la felicidad está precisamente en eso: instantes de placidez que, a veces, no sabemos disfrutar en su justa medida.
Todos tenemos nuestro cuerpecito más o menos serrano, pero siempre propicio a sufrir “cacas” variadas. Achaques múltiples, coleccionables hasta que, como si fuesen cromos, constituyen un álbum completo. Y… cuando se acaba, ¡se acabó!
No voy yo a emular a Platón ¡no! no voy (ya quisiera yo) a escribir un diálogo sobre la inmortalidad del alma. Ya se sabe eso que decían los antiguos pensadores: “a lo imposible nadie está obligado”… pero de vez en cuando a mí también me gusta pensar y me inclino por la teoría de que lo que tenemos escondido dentro de nuestro cuerpecito precioso/cochambroso o como quiera que sea, aquello que nos hace amar la música y disfrutarla, tener afán de aprender, mejorar, admirar la belleza en la naturaleza, en el arte, la amistad, sentir cariño por lo que nos rodea… y todo lo que nos eleva un poco sobre lo material puro y simple, todo esto no puede desaparecer. Me inclino, pues, a creer que SÏ debemos ser ligeramente, deliciosamente inmortales o algo parecido.
Mientras mi mente divaga voy limitarme a seguir disfrutando de “L´Elisir d´Amore" que Donizetti tuvo a bien escribir para disfrute de la humanidad y voy a hacerle un favor al prójimo o sea a Vds. Escúchenlo en cuanto puedan. ÁNGELA

martes, 5 de abril de 2011

MALAS LENGUAS

Cuento muy filosófico.

Hipólito y su mujer “Potita” (de Hipólita ¡coincidencias de la vida!) vivían con cierta alegría sus “vejeras” más o menos incipientes.
Maduritos, los dos, intentaban mantenerse en forma.
Él decidió un día volver a ir a un gimnasio y así lo hizo. Entre otras cosas no quería engordar pero no estaba dispuesto a dejar de darle al diente, ni tampoco a renunciar a sus copitas, cosas ambas que hacía con sumo regodeo. El primer día acudió a la cita con el deporte con bastante entusiasmo.
Potita, la pobre, admitía con humildad y realismo que ella se mantenía bastante bien pero que ya no estaba, ni mucho menos, para tirar cohetes.
Soy poquita cosa, pensaba y reconocía que había llegado a la edad en que una se siente más o menos invisible.
Regresó él del gimnasio el primer día muy contento y animado explicando lo bien que le había ido y lo imponente/opulenta/eficaz, etc. que era su monitora; una cincuentona (decía él... ya será menos, pensaba ella) aparente que le había parecido de perlas.

Tenía, según su descripción, muchísimas… cualidades (digámoslo así)
Sin hacerle mucho caso Potita escuchaba y reflexionaba: “¡Raro: creía yo que lo normal era tener dos!” pero no le dio mayor importancia.
Al día siguiente Hipólito empezó a quejarse: “Me duele todo” y luego: su calvario.
Potita, amigos y familiares decidieron que ante semejante potencia femenina había hecho él todo lo que se sabía para lucirse. Diagnosticaron: ¡agujetas!
¡Pero no! Las molestias no remitían y el pobre Hipólito estaba cada vez más malito a la vez que la tomadura de pelo del entorno aumentaba.
Vio el cielo abierto cuando le dio un fiebrón de casi cuarenta y la gripe ¡al fin! dio la cara.
Potita, muy madrileña ella, “se la tuvo que envainar” y el honor del griposo y madurito señor fue restituido… ¡Loado sea el Señor!

Potita empezó entonces a cuidarle como él se merecía; Hipólito, nuestro héroe, en unos días recuperó también la salud y dada su bondad innata perdonó y no le pego la gripe a Potita, ni nada.

Ahora un consejillo: ¡CUIDADO AMIGUITOS CON LAS MALAS LENGUAS!

domingo, 3 de abril de 2011

MI PUEBLO

MI PUEBLO

Mi denostado Madrid cuenta con detractores múltiples que se crecen en sus ataques a la ciudad, pero yo la quiero. El amor es algo que puede languidecer por causas varias. La principal es el aburrimiento y en mi pueblo es casi imposible no disfrutar.
Maravilloso ballet cubano el que vimos la otra noche y mi conclusión la siguiente: “Qué bonita es la juventud” Belleza, elasticidad, gracia, ritmo, brío y alegría contagiosa.
Hoy hemos visitado Las Descalzas Reales, plenas de cuadros a cual más admirables; al alcance de la mano un Goya; otro de Rubens, varios de Claudio Coello que ¡Oh sorpresa! no es, simplemente, el nombre de una calle (adviértase mi ignorancia)
Y más pinturas, tallas, marfiles y tapices bordados con artesanal pericia.
El convento de monjas de clausura que a lo largo de los tiempos habían ido aportando a su matrimonio (con Dios) sus ajuares, constituidos pr las mil obras de arte allí expuestas. También la realeza y sus distintos miembros habían ido donando al convento más y más joyas de arte.
Las monjas allí encerradas se dejaban sentir: en primer lugar por la pulcritud de todo: suelos, capillas y todo expuesto con el mayor detalle y cuidado… y luego por las voces que llegaban desde el coro donde estaban cantando, como los propios ángeles, durante la misa de doce.
Había crucifijos tallados en madera, en pasta de maíz, policromados o tallados en marfil y mil imágenes de esas que hoy la gente joven con la incultura que les estamos dando, posiblemente, no hubiesen sabido apreciar.

Definitivamente solo puedo ir a Las Descalzas a admirarlo todo y a quedarme boquiabierta. Como religiosa y si hay que cantar como se las oía cantar a ellas tan escondidas en su clausura… seguro que no me admiten.
Lo peor es que seguramente, no me dejarían salir a ver el Ballet Cubano… y eso ¡sí que no!

Olvidaba El Museo Romántico reflejo de una época muy característica. Una casa amueblada como entonces y con todo el sabor del romanticismo que conocemos. No faltaban un par de retratos de Espronceda y otros de niños con grandes ojeras y muy pálidos; me explicaron que sus padres encargaban a los pintores más famosos que los perpetuasen en su recuerdo y en el lienzo ¡cuando ya habían muerto!
Una sala con cuadros alusivos al suicidio ¡tan en boga entonces!
Bastante macabro en ciertas salas, precioso y romántico, en el resto.

domingo, 20 de febrero de 2011

MONO

MONO

Cuando se le acababa se venía abajo. Le entraba el mono y pasaba horas o días de desasosiego hasta que volvía a conseguir más; luego, no siempre se calmaba en los primeros minutos. Se empezaba a tranquilizar cuando sus ojos se posaban en él. Lo sujetaba fuertemente entre sus manos lo abría y se lo dosificaba procurando dominar su impaciencia. Inmediatamente su mundo cambiaba y se hundía en otro más nuevo y distinto, más libre y mejor. El viaje solía ser formidable. Algunas veces le duraba más, otras volaba y ¡vuelta a empezar! La última hoja, le producía un extraño placer. Pero luego venía el vacío; le faltaba, lo necesitaba y no podía parar hasta que no conseguía otro. Aquello no tenía cura.
¡Los libros eran su droga!

jueves, 17 de febrero de 2011

LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS CON FORMA DE CORAZÓN

LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS EN FORMA DE CORAZÓN.

Érase una vez una princesa que lo tenía todo para ser feliz. Vivía en un castillo con sus torres, almenas, foso con cocodrilos alrededor, su fantasma en fin que no le faltaba detalle al castillo.
Había también ¿cómo no? un espejo mágico al que la linda joven hacía preguntas constantes “¿Soy la más bella?” “¿Son mis ojos color miel?” “¿Llegará pronto mi príncipe azul? ¿“Será antes un sapo, al que tendré que besar”?... y así sin parar y cómo el espejo era mágico y tenía su corazoncito un día se hartó y de mal humor a la pregunta: “¿Tiene mi aliento el aroma de las rosas?”
Contestó: “No princesa, te huele fatal” y añadió “Y tus pedos son repugnantes”.
La bella princesa casi se desmaya del susto. El espejo nunca le había mentido por lo que se preocupó muchísimo.
El interrogatorio empezó de nuevo. La joven le pedía soluciones y el espejo agotó todas sus fuentes de información. Recurrió incluso a Internet y buscando, buscando, llegó a la conclusión de que la culpa era de los potajes que se atizaba la princesita y que, por cierto, le sabían a gloria.
Así es que el espejo dijo con tono solemne:” Princesa mía, muy amada, si te quieres corregir tendrás que comer cosas más ligeras”
Y así lo hizo: Se convirtió en la persona más austera del mundo.
Comía verduras, pescaditos y sobre todo fruta. Sus preferidas eran las manzanas tipo Blanca Nieves, muy rojas y sanitas. Si por casualidad un día se encontraba un gusano dentro de una de estas frutas, lo sacaba con sumo cuidado, lo chupaba con mimo para no desaprovechar la fruta y tiraba al bichito con delicadeza, ya que de carnes ¡Nada!
Pasaron unos meses y la princesita estaba incluso más guapa y mejor de tipo.
Preguntaba y el espejo se deshacía en elogios. Pero otra vez se empezaba a hartar de tanta preguntita.
Un día y sólo por fastidiar le dijo:”Princesa eres tan linda y delicada que deberías intentar mejorar tus flatulencias un poco más. Reconozcamos que aunque ya no apestan no dejan de ser lo que son y esto ¡para una princesa…!”
La doncella que estaba cada día más tontita y egocéntrica se obsesionó con el tema y caviló y caviló.
Cada día comía menos y los deliciosos potajes quedaron totalmente olvidados.
Después de mucho ensayo consiguió ¡Al fin! Que sus peditos tuvieran forma de corazones: Rojos si comía sandía, amarillitos con los plátanos, naranja con las zanahorias.
Tanto afinó con las comidas que un día la espiritual princesita se esfumó convirtiéndose en una espiral de esencias varias formada por corazones de todos los colores.
El espejo se quitó un latazo de encima y yo os doy un consejo amiguitos mios: comer bien, disfrutad con ello y no os preocupéis con chorraditas.
P.D. El pobre príncipe, con tanto lío, fue un sapo toda su vida. No hubo princesa que le diese beso.

lunes, 14 de febrero de 2011

"EN JAMÁS DE LOS JAMASES"

“EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

Cuando se conocieron, Manuel estaba convaleciente todavía y Mar, recién divorciada, se recuperaba de un matrimonio que le había resultado insufrible. Su marido era moreno, gordito, mofletudo, sedentario y aburrido hasta la exasperación, previsible hasta en el más pequeño detalle, y sus aspiraciones eran: ver football, tele, y no separarse de ella ni un minuto: “en jamás de los jamases”, solía decirle con auténtico empalago.” Mar se ahogaba y había acabado mandándolo todo al garete y cortando por lo sano. Después de 10 años, la decisión fue dura, difícil… pero ya estaba hecho y ella empezaba a respirar mientras que su marido, afortunadamente, tampoco parecía sufrir demasiado.

Manuel acababa de regresar de Bolivia, tierra de quechuas y aymaras, a donde había ido contratado por un periódico francés que le había encargado un reportaje sobre aquellos indios de procedencia desconocida. Se había adentrado en la investigación y había descubierto que la presencia en Bolivia de estos indios precedía en miles de años a aquellos a los que Colón y los demás descubridores habían encontrado al pisar lo que ellos calificaron de Nuevo Mundo.
Quechuas y aymaras vivían una casi continua enemistad aunque, los unos y los otros, eran y lo habían sido siempre, gentes pacíficas. Los aymaras con frecuencia eran considerados inferiores y tratados despectivamente pero Manuel, nuestro hombre, descubrió en ellos capacidades absolutamente desconocidas, incluida la de comunicarse entre ellos en un idioma expresado en sonidos, escasas palabras, frases recortadas y mucho de intuición y empatía. Una especie de telepatía parecía reinar entre ellos y Manuel con su carácter afable y sus deseos de ayudar e integrarse, acabó siendo muy apreciado por los nativos.
Procuraba serles útil y con su pequeña furgoneta los llevaba a veces a La Paz que estaba a setenta kilómetros de Tiwanaku, donde vivían, o se adentraba solo (o acompañado) por sendas o caminos que conducían a las excavaciones (pocas, por falta de dinero) dedicadas a buscar vestigios del pasado. Le gustaba charlar con aquellos estudiosos del terreno, más próximos a él en el ámbito cultural.
Un día un fuerte aguacero había embarrado los caminos y la furgoneta renqueante y deteriorada se le paró en mitad de un riachuelo que habitualmente era un lecho seco y pedregoso. Aquel día nadie le acompañaba y abrió el capó para echar un ojo al motor. Había agua por todas partes y al ir a asomarse descubrió una serpiente que había sido arrastrada dentro por el fangoso líquido. Antes de que tuviera tiempo de retirarse y mucho menos de averiguar de cuál se trataba sintió una gran punzada en el antebrazo y el miedo se apoderó de él.
Se apresuró hacia la orilla y una vez allí se desmoronó, como fulminado, en mitad del camino.

El veneno era mortal pero tuvo la fortuna de que unos indios lo encontraran y lo llevaran sin tardanza al cercano poblado. Afortunadamente eran conocedores de los antídotos adecuados para las serpientes, más comunes allí y tras tres meses de dolores y problemas se consideró casi recuperado y con ganas de volver a su mundo.

Eligió para vivir Granada, una ciudad que le subyugaba, aunque nunca había estado allí más de una semana. Se instaló en el Hotel Granada Center y empezó a pensar en cómo reorganizar su vida. Dejaría el periodismo, pensó, y se dedicaría a escribir una novela en la que plasmaría todas las vivencias y aventuras recientes en su memoria.
En la habitación contigua a la suya estaba Mar que había ido a un congreso de medicina a reunirse con sus compañeros médicos. Se veían por el pasillo y coincidieron, un par de días, en la cafetería a la hora del desayuno y acabaron entablando amistad.
Manuel era atractivo, un cincuentón interesante, delgado y alto y Mar resultaba una mujer con mucho encanto. Le obnubiló, a ella, la conversación de Manuel y mentalmente al oír tanta aventura lo comparó con su ex y se sintió muy atraída por esa personalidad tan aventurera.
Acabaron juntos y completamente revueltos y se instalaron en una nueva casa a compartir su vida de forma definitiva o… esa, era la idea.
Aquello era auténtica pasión que vivían los dos, medio enloquecidos. Como en la canción de Ana Belén: “Parecían dos irracionales”
Él triunfó con su novela y empezó otra y otra y llegó a ser un escritor conocido y exitoso.
Ella era un buen médico y se entregaba, con vocación y acierto, a su trabajo.
Pero pasó el tiempo y, con él, la vehemencia amorosa de ambos. Manuel viajaba mucho para documentar sus novelas y cada día estaban más distanciados geográficamente y también en su relación de pareja.
Mar pensaba, escéptica, que lo del amor para siempre no era para ella y estaba muy desilusionada.
Este segundo amor, también, pasó al olvido.

Meses más tarde, una noche, Mar salió a cenar con un grupo de amigos. Lo pasaron bien, sin más, y quisieron rematar la reunión con una copita en un club. Un señor se acercó a ella en cuanto la vio. La luz velada del local y el humo no permitían una visión precisa, pero Mar percibió a un hombre de pelo blanco y poblada barba, blanca también, mejillas con arrugas profundas y un cuerpo erguido y alto donde la grasa brillaba por su ausencia. Un hombre maduro con muy buen pinta, pensó ella. Bailaron un buen rato en silencio con movimientos acompasados, disfrutando extrañamente de la proximidad. Se sentaron luego y mientras saboreaban la última copa empezaron a hablar. Ella le contó sus dos experiencias; primero le habló de Manuel y de cómo su relación se había apagado, después de unos años, hasta no existir. Luego melancólica le habló de su primer marido de cómo habiéndose querido mucho, no pudo soportar, ella, tanto aburrimiento.
Él a su vez le contó como, por amor, había decidido cambiar totalmente de forma de vivir para reconquistar a la mujer que dejó escapar por estupidez y pereza. Había descubierto el deporte, el teatro, el cine, la lectura, aprendido a bailar, a viajar y comprendido que el amor hay que mantenerlo y no dejar que se consuma.
Se cogieron de las manos, sus ojos se encontraron y ella le reconoció.
Tomó la palabra Mar y soñadora dijo: Mi hombre juraba que me amaba y no se separaría de mi… y los dos a la vez pronunciaron la frase clave: “EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

ÁNGELA