UNA SEÑORA DEL MONTÓN
Marta viajaba con su marido.
Se sintió enternecida por el hecho de ver a aquel anciano viajar tan solo.
Hacía, no obstante, las comidas en la mesa del capitán. Sin embargo no pensó ni por un segundo que se tratase de un personaje ciertamente ilustre.
Le atrajo su aspecto serio y su aire intelectual. Su pelo blanco, su tez y ojos claros, su avanzada edad inspiraban confianza y se le acercó. Llevaba en la mano un libro: “La fiesta del Fauno” que sirvió de tema de conversación. ”Demasiado descarnado. Muy fuerte” dijo él y “encima basado en hechos lamentablemente reales” y confesó haber sido incapaz de acabarlo.
Las horas de navegación eran muy placenteras; las verdes costas noruegas, los penetrantes fiordos por los que el barco se deslizaba; las frondosas paredes de riscos interrumpidas a veces por trepidantes caídas de agua. Todo un espectáculo. Una alegría el grito del capitán por los altavoces del barco: ¡“Balena al sinistra”!
Cuando hacían alguna excursión por tierra el anciano se limitaba a algún corto paseo, siempre tranquilo como si emanara paz. No participaba en las visitas a glaciares, ni en nada en lo que hubiese que esforzarse. Dedujo ella que su corazón no andaba sobrado de bríos.
Un día visitaban las Islas Lofoten donde las casas de los antiguos pescadores de bacalao se elevaban, sobre pilares, en el agua misma. Ella al ver que todo el mundo (excepto él) hacía fotos o filmaba, se le acercó llevando su cámara y le dijo amablemente: “¡Ahora te toca a ti!”
El crucero por el Mar del Norte terminó sin que hubiesen tenido otra cosa que breves encuentros. No sabía Marta a que se dedicaba el buen señor, ni habían tenido tiempo de charlar demasiado. Se llamaba Antón Menchaca Careaga. Era afable, culto y muy agradable y ahí se acababa lo que sabía de su nuevo amigo.
A la hora de despedirse ella le pidió la dirección y eso fue todo.
Marta y su marido pasaron después unos días en Santander y volvieron a su casa en Motril.
Ordenó ella los recuerdos, los múltiples: “Today” en los que se desgranaban, día a día, las actividades y excursiones del maravilloso crucero que acababan de disfrutar.
Al ver las fotos de Antón pudo comprobar que no había salido especialmente favorecido. A pesar de todo se quedó con una como recuerdo y le mandó las demás junto con una carta en la que le contaba como había terminado aquel fantástico mes de agosto.
Ahí empezó todo.
Antón Menchaca resultó ser un hombre de mar por vocación. Por sus estudios en las Escuelas Militares de Cádiz y Marín había llegado a Capitán de Corbeta y completado estudios de Humanidades en Oxford y Derecho en la Complutense de Madrid.
Pero todo esto Marta lo desconocía y su sorpresa fue mayúscula cuando en respuesta a su humilde carta con unas irrelevantes fotos contestó él con una preciosa y expresiva misiva y con una de sus novelas porque también resultó ser ¡un escritor consagrado! Fundador de “Cuadernos para el Diálogo” y colaborador en el nacimiento del diario “El País”, pero esto todavía era inédito para Marta.
Inocentemente ella le envió (para corresponder) la novela que acababa de leer. “Dios vuelve en una Harley”. En esta novelita Joan Brady presenta a su protagonista: Christine de 37 años, poco atractiva y poco esperanzada de encontrar al hombre de su vida, pero Dios vistiendo chupa de cuero y cabalgando una imponente Harley Davidson se presenta en su entorno y con gran sencillez le va dando unas normas de vida que harán de ella una mujer distinta y libre.
Antón leyó el libro no una sino dos veces y le gustó tanto que esto dio lugar a otro tipo de relación entre ellos. Empezó a escribirle y a mandarle, con asiduidad, libros escritos por él mismo. En sus cartas bromeaba y le decía que ella (Marta) era su John (el Dios de la Harley) y que había aparecido en su vida para infundirle ánimos como John a Christine en la novela.
Recibía a vuelta de correo poemas, cartas y novelas suyas firmadas y dedicadas con todo cariño ¡No podía creerlo!
Siguieron cuatro años de correspondencia sólo interrumpida por las recaídas de él que vivía ya los últimos cuatro años de su larga vida.
Hablaban por teléfono con frecuencia y llegaron a tener un inolvidable amistad sobre todo para Marta que se sentía muy honrada y que se emocionaba hasta las lágrimas al tener la oportunidad de leer dirigidas a ella (se sentía afortunada) tan interesantes y bien escritas cartas
Para él, aquello, resultaba estimulante y divertido. Seguían las llamadas, las cartas, los envíos de libros. Poco a poco, y no precisamente por boca de Antón, fue descubriendo Marta que nacido en 1921, había sido siempre un hombre de talante liberal. En la España de Franco y en 1957 había acabado en Carabanchel, donde se había forjado aún más su personalidad rebelde, habiendo coincidido, como ocurrió, con otros críticos del régimen como Tierno Galván, Joaquín Ruiz Jiménez con los que hizo causa común.
Marta estuvo siempre muy orgullosa de su relación con Antón, guardaba las cartas como un tesoro, junto con los libros y sobre todo se sentía muy satisfecha al ver que él esperaba las suyas con impaciencia y que las valoraba cómo estimulantes y divertidas. El último día que hablaron fue aquel tan triste en que en Nueva York fueron derribadas las Torres Gemelas.
La salud de Antón Menchaca Careaga empezó a sufrir más o menos por entonces un bajón parecido y cayó en picado como los edificios en cuestión.
Lo único que sobrevivió acrecentada fue la antes debilucha autoestima de nuestra señora del montón: MARTA.
No pudo acudir como le hubiese gustado al Homenaje Póstumo que en Bilbao, su ciudad natal, le organizaron en la sede de La fundación Menchaca Careaga. La familia avisó casi de víspera y de Motril a Bilbao, hay algo parecido a “una buena tirada” Le hizo ella su propio homenaje en el recuerdo y no olvidándolo nunca.
Ángela Magaña
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS VIAJE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS VIAJE. Mostrar todas las entradas
jueves, 26 de enero de 2012
domingo, 2 de octubre de 2011
OJOS VERDES EN CONSTANTINOPLA
OJOS VERDES.
Llamaban poderosamente la atención; imposible no reparar en ellos, había que esforzarse para no ser maleducado e insistente al mirarlos.
Verdes, luminosos, jóvenes, grandes y expresivos.
También las manos: dedos largos y finos, adornados con vistosos anillos de plata; la piel morena y suave, cuidada y alguna pulsera del mismo metal.
El resto negro, todo negro con un burka que lo cubría todo; todo excepto ojos y manos.
Cuando subimos al autobús, ellos ocupaban la primera fila con lo que todavía resaltaba más el curioso aspecto de la pareja. Él, andaría alrededor de la treintena, guapo, elegante y bien vestido a la moda occidental: pantalón oscuro impecable y bonita camisa de rayas anchas y oscuras, grises y negras. Un par de botones desabrochados con lo que resultaba todavía más atractivo.
Parecían enamorados, una mano de ella descansaba lánguida sobre la pierna de él, que la rozaba discreto con la suya. Se les veía sentados muy, muy juntitos.
El bus siguió recogiendo turistas, como nosotros, en los distintos hoteles para aparcar finalmente en el Puerto de Kábatan donde todos nos dirigimos a coger el barco en el que recorreríamos el Estrecho del Bósforo, en la parte este del legendario Mar de Mármara, entre dos continentes. Allí nos dedicamos a lo típico: admirar la belleza del paisaje, hacer fotos y a bromear con nuestros amigos y compañeros de viaje que nos acompañaban desde España.
No volvimos a verlos hasta la hora de la comida y chocaba cómo ella se ahuecaba ligeramente el velo desde la parte del pecho y comía subiendo el tenedor cuidadosamente hasta su boca, muy atenta a no mostrar para nada parte alguna de su cara.
Angustiaba un poco el verla pero acabó el almuerzo y volvimos a perderlos de vista. La olvidamos.
Siguió la visita y esta vez le tocó al Palacio de Beylerbelyi, ya, en la parte asiática.
Era el primer día y todavía no nos habíamos acostumbrado a tanta Basílica y a tanto lujo y belleza. Nos limitábamos a mirarlo todo con asombro y a disfrutar de la vida.
Volvimos a cruzarnos con ellos. El sol vertical en aquel momento caía a plomo. Él seguía igual, ella bajo unas gafas de sol que protegían su clara mirada, había desaparecido; sólo el burka era visible… y sus manos.
Siguió la excursión. Al día siguiente visitamos unos cuantos sitios esplendorosos: Mezquita Azul, Hipódromo Romano, Bazar de las Especias… aroma a hierbas e invitaciones múltiples a probar los distintos tés: manzana, granada y mil sabores más. Aún no habíamos visitado el Gran Bazar (inmenso, 5.500 tiendas), pero aquel era también interminable. Alfombras, bolsos, chales de cachemir, de seda y en particular, todos los azafranes, semillas, pimientas y aderezos aromáticos y sabrosos del mundo. ¡Ah!... y caviar de cualquier clase que se pudiera imaginar.
Al día siguiente: Basílica de Santa Sofía. Una belleza que rezumaba siglos pasados e historia…
Un par de días más de “callejeo” por Estambul que, en resumidas cuentas, es lo más atractivo de los viajes. Cada rincón una sorpresa y las consabidas compras de regalitos, encargos y recuerdos para los más allegados y fotos a todo y a todos.
Fuimos al Palacio de Topkapi situado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara. Aparece en tantas novelas que íbamos dispuestos a dejar volar nuestra imaginación, aprendimos que había sido la residencia del Señor de los señores: Sultán Abdulmecid; el mobiliario excesivo y recargado y… la cama del dignatario (con cabida ¿para cuántas de sus esposas, o las tomaba una por una?). Todo lujo que contrastaba con las placas turcas que a nosotros, occidentales, no nos parecen nada confortables.
Medio escondida detrás de un amigo, me disponía a sacarle una foto a un Jenízaro, con su atuendo típico, (sin darle el consabido euro) cuando apareció por allí ella con su burka, sus ojos verdes y con su marido cerca y quiso el destino (y yo también) que lo que quedara reflejado en mi cámara fuera, precisamente eso ¡su mirada! Con lo que sin que nadie lo advirtiera obtuve una instantánea única de lo que me había llamado la atención desde el principio: aquellos ojos verdes. Los seguí un momento y me pareció observar que ya no iban tan juntos, ni tan acaramelados.
La siguiente etapa fue la capital: Ankara, donde no limitamos a visitar el museo de las civilizaciones de Anatolia y el Mausoleo de Ataturk: “Padre de los turcos” y personaje que tuvo, entre otros, el detalle de sustituir los caracteres árabes, por los occidentales, en la escritura. Con lo cual, a partir de 1938, Turquía se hizo más similar y próxima a nosotros en la forma de escribir.
Seguimos trayecto hacia el suroeste del país a la parte central de Anatolia y protagonizando un gran madrugón sobrevolamos, en globo, al amanecer las famosas “chimeneas de hadas” de Urgup y las de Pasabag con su sombrerito de piedra colocado ahí como resultas de la erosión provocada por el discurrir de las aguas y del viento. Muy emocionante estar allá arriba: sentir el aire, la altura, ver desde debajo la llamarada del gas que nos elevaba con su fuego azul.
Esta parte muy sísmica era muy original por sus refugios subterráneos de múltiples pisos y sus viviendas/cuevas adornadas con antiguos frescos bien conservados, algunos.
Capadocia con sus piscinas blancas, puro sedimento de sales minerales calcaréas y bicarbonatos. Paisaje espectacular y más piscinas, más profundas ahora y con restos de construcciones romanas al fondo. Llenas, eso sí, de turistas, que al tener más tiempo que nosotros, tenían la suerte de poderse dar un baño y disfrutarlas. La última vez que vimos a la extraña pareja fue en el Mausoleo del filósofo Mevläna. Parece ser que este filósofo fue el fundador del sufismo secta islámica que conocemos por los famosos “derviches” que giran y giran entre oración y oración hasta caer en una especie de trance y que conocemos sólo de mentirijillas porque los que nosotros, turistas, vemos (nos dijo el guía) son, simplemente bailarines que giran sin más profundizar en sus creencias.
Los hermosos ojos verdes y su misteriosa dueña, esperaban un poco alejados al marido, dueño o lo que fuese, mientras él oraba recogido ante la cajita con los tres pelos de la barba del profeta.
Pensé yo que, como reliquia, siempre era preferible eso a un dedo, el corazón o al brazo… o cualquier parte del cuerpecito serrano de nuestros Santos ¡Más higiénico, por lo menos…!
Pero a los del burka no los vimos más.
En el resto del recorrido: Éfeso… ¡una maravilla! la casa de la Virgen, que a mí me impresionó y me produjo (para mi sorpresa) un ataque de devoción y recogimiento y ganas de rezar todo lo que me sabía… ¡Nunca se sabe cómo va uno a reaccionar!
El guía nos dio informaciones bastante chocantes: los turcos (por ejemplo) fueron los descubridores de América, lo de ir a la Meca era un problema de dinero y era posible sólo para los ricos o los musulmanes de Arabia Saudita que lo tenían más cerca, pero lo podían sustituir por limosnas en caso de imposibilidad. Si eras persona con un puesto de trabajo, como ellos mismos (guías) podías elegir tu propio mes para cumplir con el Ramadán con el resultado de que los meses preferidos eran los de invierno con menos horas de luz. El nombre de Alá lo repetía él y más gente 99 veces seguidas en todas las acepciones posibles. En fin… informaciones más o menos creíbles o lógicas.
Nos dijo también que les habían comunicado que entre los varios autobuses que llevaban a los turistas, como nosotros, había uno que había sufrido un percance, alguien se les había despistado, pero no nos dio más explicaciones.
El último día bastante agotador: dos aviones con el tiempo muy justo entre ellos: Esmirna/ Estambul y luego Estambul/ Madrid. Yo iba medio dormida y bastante agotada. En mi fila del avión donde (como sardinas en lata) íbamos tres personas miré a mi derecha. Vi unas manos con dedos cuajados de anillos de plata y al levantar la vista me encontré con unos ojos que no había podido olvidar pero esta vez la joven llevaba un atuendo similar al de cualquier europea de su edad… iba sola, parecía preocupadilla pero feliz y llevaba en la mano un libro cuya portada me dejó ver “NO SIN MI HIJA” y me regaló una sonrisa y un comentario:
“¡TODO MÁS FÁCIL SI NO HAY HIJOS POR MEDIO!”
Llamaban poderosamente la atención; imposible no reparar en ellos, había que esforzarse para no ser maleducado e insistente al mirarlos.
Verdes, luminosos, jóvenes, grandes y expresivos.
También las manos: dedos largos y finos, adornados con vistosos anillos de plata; la piel morena y suave, cuidada y alguna pulsera del mismo metal.
El resto negro, todo negro con un burka que lo cubría todo; todo excepto ojos y manos.
Cuando subimos al autobús, ellos ocupaban la primera fila con lo que todavía resaltaba más el curioso aspecto de la pareja. Él, andaría alrededor de la treintena, guapo, elegante y bien vestido a la moda occidental: pantalón oscuro impecable y bonita camisa de rayas anchas y oscuras, grises y negras. Un par de botones desabrochados con lo que resultaba todavía más atractivo.
Parecían enamorados, una mano de ella descansaba lánguida sobre la pierna de él, que la rozaba discreto con la suya. Se les veía sentados muy, muy juntitos.
El bus siguió recogiendo turistas, como nosotros, en los distintos hoteles para aparcar finalmente en el Puerto de Kábatan donde todos nos dirigimos a coger el barco en el que recorreríamos el Estrecho del Bósforo, en la parte este del legendario Mar de Mármara, entre dos continentes. Allí nos dedicamos a lo típico: admirar la belleza del paisaje, hacer fotos y a bromear con nuestros amigos y compañeros de viaje que nos acompañaban desde España.
No volvimos a verlos hasta la hora de la comida y chocaba cómo ella se ahuecaba ligeramente el velo desde la parte del pecho y comía subiendo el tenedor cuidadosamente hasta su boca, muy atenta a no mostrar para nada parte alguna de su cara.
Angustiaba un poco el verla pero acabó el almuerzo y volvimos a perderlos de vista. La olvidamos.
Siguió la visita y esta vez le tocó al Palacio de Beylerbelyi, ya, en la parte asiática.
Era el primer día y todavía no nos habíamos acostumbrado a tanta Basílica y a tanto lujo y belleza. Nos limitábamos a mirarlo todo con asombro y a disfrutar de la vida.
Volvimos a cruzarnos con ellos. El sol vertical en aquel momento caía a plomo. Él seguía igual, ella bajo unas gafas de sol que protegían su clara mirada, había desaparecido; sólo el burka era visible… y sus manos.
Siguió la excursión. Al día siguiente visitamos unos cuantos sitios esplendorosos: Mezquita Azul, Hipódromo Romano, Bazar de las Especias… aroma a hierbas e invitaciones múltiples a probar los distintos tés: manzana, granada y mil sabores más. Aún no habíamos visitado el Gran Bazar (inmenso, 5.500 tiendas), pero aquel era también interminable. Alfombras, bolsos, chales de cachemir, de seda y en particular, todos los azafranes, semillas, pimientas y aderezos aromáticos y sabrosos del mundo. ¡Ah!... y caviar de cualquier clase que se pudiera imaginar.
Al día siguiente: Basílica de Santa Sofía. Una belleza que rezumaba siglos pasados e historia…
Un par de días más de “callejeo” por Estambul que, en resumidas cuentas, es lo más atractivo de los viajes. Cada rincón una sorpresa y las consabidas compras de regalitos, encargos y recuerdos para los más allegados y fotos a todo y a todos.
Fuimos al Palacio de Topkapi situado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara. Aparece en tantas novelas que íbamos dispuestos a dejar volar nuestra imaginación, aprendimos que había sido la residencia del Señor de los señores: Sultán Abdulmecid; el mobiliario excesivo y recargado y… la cama del dignatario (con cabida ¿para cuántas de sus esposas, o las tomaba una por una?). Todo lujo que contrastaba con las placas turcas que a nosotros, occidentales, no nos parecen nada confortables.
Medio escondida detrás de un amigo, me disponía a sacarle una foto a un Jenízaro, con su atuendo típico, (sin darle el consabido euro) cuando apareció por allí ella con su burka, sus ojos verdes y con su marido cerca y quiso el destino (y yo también) que lo que quedara reflejado en mi cámara fuera, precisamente eso ¡su mirada! Con lo que sin que nadie lo advirtiera obtuve una instantánea única de lo que me había llamado la atención desde el principio: aquellos ojos verdes. Los seguí un momento y me pareció observar que ya no iban tan juntos, ni tan acaramelados.
La siguiente etapa fue la capital: Ankara, donde no limitamos a visitar el museo de las civilizaciones de Anatolia y el Mausoleo de Ataturk: “Padre de los turcos” y personaje que tuvo, entre otros, el detalle de sustituir los caracteres árabes, por los occidentales, en la escritura. Con lo cual, a partir de 1938, Turquía se hizo más similar y próxima a nosotros en la forma de escribir.
Seguimos trayecto hacia el suroeste del país a la parte central de Anatolia y protagonizando un gran madrugón sobrevolamos, en globo, al amanecer las famosas “chimeneas de hadas” de Urgup y las de Pasabag con su sombrerito de piedra colocado ahí como resultas de la erosión provocada por el discurrir de las aguas y del viento. Muy emocionante estar allá arriba: sentir el aire, la altura, ver desde debajo la llamarada del gas que nos elevaba con su fuego azul.
Esta parte muy sísmica era muy original por sus refugios subterráneos de múltiples pisos y sus viviendas/cuevas adornadas con antiguos frescos bien conservados, algunos.
Capadocia con sus piscinas blancas, puro sedimento de sales minerales calcaréas y bicarbonatos. Paisaje espectacular y más piscinas, más profundas ahora y con restos de construcciones romanas al fondo. Llenas, eso sí, de turistas, que al tener más tiempo que nosotros, tenían la suerte de poderse dar un baño y disfrutarlas. La última vez que vimos a la extraña pareja fue en el Mausoleo del filósofo Mevläna. Parece ser que este filósofo fue el fundador del sufismo secta islámica que conocemos por los famosos “derviches” que giran y giran entre oración y oración hasta caer en una especie de trance y que conocemos sólo de mentirijillas porque los que nosotros, turistas, vemos (nos dijo el guía) son, simplemente bailarines que giran sin más profundizar en sus creencias.
Los hermosos ojos verdes y su misteriosa dueña, esperaban un poco alejados al marido, dueño o lo que fuese, mientras él oraba recogido ante la cajita con los tres pelos de la barba del profeta.
Pensé yo que, como reliquia, siempre era preferible eso a un dedo, el corazón o al brazo… o cualquier parte del cuerpecito serrano de nuestros Santos ¡Más higiénico, por lo menos…!
Pero a los del burka no los vimos más.
En el resto del recorrido: Éfeso… ¡una maravilla! la casa de la Virgen, que a mí me impresionó y me produjo (para mi sorpresa) un ataque de devoción y recogimiento y ganas de rezar todo lo que me sabía… ¡Nunca se sabe cómo va uno a reaccionar!
El guía nos dio informaciones bastante chocantes: los turcos (por ejemplo) fueron los descubridores de América, lo de ir a la Meca era un problema de dinero y era posible sólo para los ricos o los musulmanes de Arabia Saudita que lo tenían más cerca, pero lo podían sustituir por limosnas en caso de imposibilidad. Si eras persona con un puesto de trabajo, como ellos mismos (guías) podías elegir tu propio mes para cumplir con el Ramadán con el resultado de que los meses preferidos eran los de invierno con menos horas de luz. El nombre de Alá lo repetía él y más gente 99 veces seguidas en todas las acepciones posibles. En fin… informaciones más o menos creíbles o lógicas.
Nos dijo también que les habían comunicado que entre los varios autobuses que llevaban a los turistas, como nosotros, había uno que había sufrido un percance, alguien se les había despistado, pero no nos dio más explicaciones.
El último día bastante agotador: dos aviones con el tiempo muy justo entre ellos: Esmirna/ Estambul y luego Estambul/ Madrid. Yo iba medio dormida y bastante agotada. En mi fila del avión donde (como sardinas en lata) íbamos tres personas miré a mi derecha. Vi unas manos con dedos cuajados de anillos de plata y al levantar la vista me encontré con unos ojos que no había podido olvidar pero esta vez la joven llevaba un atuendo similar al de cualquier europea de su edad… iba sola, parecía preocupadilla pero feliz y llevaba en la mano un libro cuya portada me dejó ver “NO SIN MI HIJA” y me regaló una sonrisa y un comentario:
“¡TODO MÁS FÁCIL SI NO HAY HIJOS POR MEDIO!”
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
