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miércoles, 14 de mayo de 2014

COMIDA EN SOLITARIO


A comprar tabaco, les he dicho… lo que voy a hacer es tomar fuerzas con media de ostras y un verdejo fresquito. Todavía tengo tiempo.  El móvil se ha quedado en mi mesilla; ¡Mejor, así me dejan en paz!

Vienen todos a la comida de Navidad ¡Qué latazo!

En esta mesa mejor,  en la barra me pueden ver desde la calle. Dichosas fiestas: ¡vaya nochecita nos dieron! Yo allí aguantando y mi “bella madre” como dicen los franchutes, dando por saco, ¡SUEGRA! y va que se mata. Mi suegro, el pobre, “acongojado” como siempre. No se atreve ni a rechistar. Todos estábamos violentísimos y Marta más, encima de lo que curró para prepararlo todo: lo de anoche y la comida de hoy.

Voy a pedir otro vino y… ¡eso! Unas gambitas, muy bien y deje aquí la botella.
Y en la radio dale que te pega con La Nochebuena se viene la nochebuena se vaaá… menos mal que se va, caramba.
 Y ahora mis cuñados con sus monstruitos ¡Lo que faltaba!
La próxima Navidad, solos los dos, nos hacemos un crucero a Madeira ¡Por éstas!
¡Bueno! Eso si se le pasa el rebote que debe estar cogiendo hoy ¡Claro! Se le pasará… supongo.

“¡Camarero! Un changurro, de esos…  ya me comería y aquel lenguado; a la plancha, por favor ¡Anda se ha acabado el vino!
Mejor sigo con cava. “¡Oiga! mire: Una botellita de esas. Seco, por favor”
 Me siento bien, ahora  ¿No tengo ganas de cantar?... bueno, por lo bajito, para que no me oigan: “Ya vienen los pelmas… o eran los Reyes ¡qué lío!” ¡Qué risa!


Otro punto de vista:
¡Qué raro ese señor que viene solo! Da la impresión de querer ponerse en un sitio que no se vea desde la calle.

¡Vaya! Se sienta en la mesa del rincón, aquí cerca. Le pide al camarero media de ostras y un verdejo. Bebe despacito y lo saborea… Las ostras ¡ja! Como le gustan.

Se rebusca en los bolsillos, parece que se ha olvidado el móvil. Lo veo pensativo ¿en que tendrá la cabeza? Por un momento presta atención a la radio, a los villancicos  y suelta un ¡Puaff…!bastante despectivo. No sé qué le pasa a este hombre.

Vuelve a cavilar,  pide otro vino y las gambitas que le propone el camarero las acepta con gusto. Cuando le servía la segunda copa, ha trincado la botella y pide que se la deje en la mesa… se va animando por momentos.

¡Lleva  buena, la botella! Ahora se pone a hablar como los de los "8 apellidos vascos":
“Un txangurro: ya me comería y para luego un lenguado a la plancha”
 ¡Caramba! Ahora quiere una botella de cava, de “brut”. Se está poniendo tibio pero se le ve cada vez más feliz y empieza a canturrear en voz baja. Se ríe. Este tipo es verdaderamente gracioso.

Voy a tener que tomarlo de ejemplo  yo que estoy aquí, aburrido, pendiente únicamente de lo que hacen los demás y hoy precisamente: día de Navidad. No es el mejor día para comer solo, pero él tan contento. ¡Lo qué son las cosas!





martes, 5 de abril de 2011

MALAS LENGUAS

Cuento muy filosófico.

Hipólito y su mujer “Potita” (de Hipólita ¡coincidencias de la vida!) vivían con cierta alegría sus “vejeras” más o menos incipientes.
Maduritos, los dos, intentaban mantenerse en forma.
Él decidió un día volver a ir a un gimnasio y así lo hizo. Entre otras cosas no quería engordar pero no estaba dispuesto a dejar de darle al diente, ni tampoco a renunciar a sus copitas, cosas ambas que hacía con sumo regodeo. El primer día acudió a la cita con el deporte con bastante entusiasmo.
Potita, la pobre, admitía con humildad y realismo que ella se mantenía bastante bien pero que ya no estaba, ni mucho menos, para tirar cohetes.
Soy poquita cosa, pensaba y reconocía que había llegado a la edad en que una se siente más o menos invisible.
Regresó él del gimnasio el primer día muy contento y animado explicando lo bien que le había ido y lo imponente/opulenta/eficaz, etc. que era su monitora; una cincuentona (decía él... ya será menos, pensaba ella) aparente que le había parecido de perlas.

Tenía, según su descripción, muchísimas… cualidades (digámoslo así)
Sin hacerle mucho caso Potita escuchaba y reflexionaba: “¡Raro: creía yo que lo normal era tener dos!” pero no le dio mayor importancia.
Al día siguiente Hipólito empezó a quejarse: “Me duele todo” y luego: su calvario.
Potita, amigos y familiares decidieron que ante semejante potencia femenina había hecho él todo lo que se sabía para lucirse. Diagnosticaron: ¡agujetas!
¡Pero no! Las molestias no remitían y el pobre Hipólito estaba cada vez más malito a la vez que la tomadura de pelo del entorno aumentaba.
Vio el cielo abierto cuando le dio un fiebrón de casi cuarenta y la gripe ¡al fin! dio la cara.
Potita, muy madrileña ella, “se la tuvo que envainar” y el honor del griposo y madurito señor fue restituido… ¡Loado sea el Señor!

Potita empezó entonces a cuidarle como él se merecía; Hipólito, nuestro héroe, en unos días recuperó también la salud y dada su bondad innata perdonó y no le pego la gripe a Potita, ni nada.

Ahora un consejillo: ¡CUIDADO AMIGUITOS CON LAS MALAS LENGUAS!

lunes, 14 de febrero de 2011

"EN JAMÁS DE LOS JAMASES"

“EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

Cuando se conocieron, Manuel estaba convaleciente todavía y Mar, recién divorciada, se recuperaba de un matrimonio que le había resultado insufrible. Su marido era moreno, gordito, mofletudo, sedentario y aburrido hasta la exasperación, previsible hasta en el más pequeño detalle, y sus aspiraciones eran: ver football, tele, y no separarse de ella ni un minuto: “en jamás de los jamases”, solía decirle con auténtico empalago.” Mar se ahogaba y había acabado mandándolo todo al garete y cortando por lo sano. Después de 10 años, la decisión fue dura, difícil… pero ya estaba hecho y ella empezaba a respirar mientras que su marido, afortunadamente, tampoco parecía sufrir demasiado.

Manuel acababa de regresar de Bolivia, tierra de quechuas y aymaras, a donde había ido contratado por un periódico francés que le había encargado un reportaje sobre aquellos indios de procedencia desconocida. Se había adentrado en la investigación y había descubierto que la presencia en Bolivia de estos indios precedía en miles de años a aquellos a los que Colón y los demás descubridores habían encontrado al pisar lo que ellos calificaron de Nuevo Mundo.
Quechuas y aymaras vivían una casi continua enemistad aunque, los unos y los otros, eran y lo habían sido siempre, gentes pacíficas. Los aymaras con frecuencia eran considerados inferiores y tratados despectivamente pero Manuel, nuestro hombre, descubrió en ellos capacidades absolutamente desconocidas, incluida la de comunicarse entre ellos en un idioma expresado en sonidos, escasas palabras, frases recortadas y mucho de intuición y empatía. Una especie de telepatía parecía reinar entre ellos y Manuel con su carácter afable y sus deseos de ayudar e integrarse, acabó siendo muy apreciado por los nativos.
Procuraba serles útil y con su pequeña furgoneta los llevaba a veces a La Paz que estaba a setenta kilómetros de Tiwanaku, donde vivían, o se adentraba solo (o acompañado) por sendas o caminos que conducían a las excavaciones (pocas, por falta de dinero) dedicadas a buscar vestigios del pasado. Le gustaba charlar con aquellos estudiosos del terreno, más próximos a él en el ámbito cultural.
Un día un fuerte aguacero había embarrado los caminos y la furgoneta renqueante y deteriorada se le paró en mitad de un riachuelo que habitualmente era un lecho seco y pedregoso. Aquel día nadie le acompañaba y abrió el capó para echar un ojo al motor. Había agua por todas partes y al ir a asomarse descubrió una serpiente que había sido arrastrada dentro por el fangoso líquido. Antes de que tuviera tiempo de retirarse y mucho menos de averiguar de cuál se trataba sintió una gran punzada en el antebrazo y el miedo se apoderó de él.
Se apresuró hacia la orilla y una vez allí se desmoronó, como fulminado, en mitad del camino.

El veneno era mortal pero tuvo la fortuna de que unos indios lo encontraran y lo llevaran sin tardanza al cercano poblado. Afortunadamente eran conocedores de los antídotos adecuados para las serpientes, más comunes allí y tras tres meses de dolores y problemas se consideró casi recuperado y con ganas de volver a su mundo.

Eligió para vivir Granada, una ciudad que le subyugaba, aunque nunca había estado allí más de una semana. Se instaló en el Hotel Granada Center y empezó a pensar en cómo reorganizar su vida. Dejaría el periodismo, pensó, y se dedicaría a escribir una novela en la que plasmaría todas las vivencias y aventuras recientes en su memoria.
En la habitación contigua a la suya estaba Mar que había ido a un congreso de medicina a reunirse con sus compañeros médicos. Se veían por el pasillo y coincidieron, un par de días, en la cafetería a la hora del desayuno y acabaron entablando amistad.
Manuel era atractivo, un cincuentón interesante, delgado y alto y Mar resultaba una mujer con mucho encanto. Le obnubiló, a ella, la conversación de Manuel y mentalmente al oír tanta aventura lo comparó con su ex y se sintió muy atraída por esa personalidad tan aventurera.
Acabaron juntos y completamente revueltos y se instalaron en una nueva casa a compartir su vida de forma definitiva o… esa, era la idea.
Aquello era auténtica pasión que vivían los dos, medio enloquecidos. Como en la canción de Ana Belén: “Parecían dos irracionales”
Él triunfó con su novela y empezó otra y otra y llegó a ser un escritor conocido y exitoso.
Ella era un buen médico y se entregaba, con vocación y acierto, a su trabajo.
Pero pasó el tiempo y, con él, la vehemencia amorosa de ambos. Manuel viajaba mucho para documentar sus novelas y cada día estaban más distanciados geográficamente y también en su relación de pareja.
Mar pensaba, escéptica, que lo del amor para siempre no era para ella y estaba muy desilusionada.
Este segundo amor, también, pasó al olvido.

Meses más tarde, una noche, Mar salió a cenar con un grupo de amigos. Lo pasaron bien, sin más, y quisieron rematar la reunión con una copita en un club. Un señor se acercó a ella en cuanto la vio. La luz velada del local y el humo no permitían una visión precisa, pero Mar percibió a un hombre de pelo blanco y poblada barba, blanca también, mejillas con arrugas profundas y un cuerpo erguido y alto donde la grasa brillaba por su ausencia. Un hombre maduro con muy buen pinta, pensó ella. Bailaron un buen rato en silencio con movimientos acompasados, disfrutando extrañamente de la proximidad. Se sentaron luego y mientras saboreaban la última copa empezaron a hablar. Ella le contó sus dos experiencias; primero le habló de Manuel y de cómo su relación se había apagado, después de unos años, hasta no existir. Luego melancólica le habló de su primer marido de cómo habiéndose querido mucho, no pudo soportar, ella, tanto aburrimiento.
Él a su vez le contó como, por amor, había decidido cambiar totalmente de forma de vivir para reconquistar a la mujer que dejó escapar por estupidez y pereza. Había descubierto el deporte, el teatro, el cine, la lectura, aprendido a bailar, a viajar y comprendido que el amor hay que mantenerlo y no dejar que se consuma.
Se cogieron de las manos, sus ojos se encontraron y ella le reconoció.
Tomó la palabra Mar y soñadora dijo: Mi hombre juraba que me amaba y no se separaría de mi… y los dos a la vez pronunciaron la frase clave: “EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

ÁNGELA

lunes, 17 de enero de 2011

QUERIDOS LIBROS

Habían tenido un hermanito, pero estaban desconcertados. No era como ellos.
Moraban juntos y apretujados en la vieja biblioteca y en la mesa, al lado de la ventana y del flexo donde sus lectores se sentaban, justamente en la noche de Reyes, había aparecido su nuevo hermano. Notaron muy pronto que al recién llegado no lo querían todos por igual.
Ellos, los de siempre, gozaban con frecuencia de momentos felices los acariciaban y leían con todo cariño y devoción. La joven Ángela, adolescente todavía, se los acercaba a la cara y disfrutaba, incluso, con su aroma. Con frecuencia cogían a uno de ellos y lo llevaban a la mesilla de algún dormitorio, donde acariciados y disfrutados a diario, pasaban temporadas más o menos largas, para luego pasar de unas manos a otras y sufrir un pequeño traslado.
Tenían también enemigos, había alguien que, obligada a quitarles el polvo, lo hacía siempre protestando con amargura. En esos momentos se sentían despreciados y llegaron a sufrir insultos: “Trastos inútiles” solía llamarlos… pero esto lo iban superando. No era definitivo para ellos.
Les preocupaba la llegada de aquel extraño compañero. LIBRO ELECTRÓNICO, se llamaba y no como ellos que tenían cada uno un nombre. El Quijote, El Niño del Pijama a Rayas. Ana Karenina. Las Cartas de mi Molino… miles y todos perfectamente identificados y con un autor, cuyo nombre estaba siempre en lugar destacado. Había colecciones en las que iban encuadernados de uniforme; mismo color, mismo tamaño y estos estaban siempre juntitos como almas gemelas, que eran.
Otros eran menos elegantes finitos o gordos, distintos… pero todos queridos y respetados.

Pero el nuevo… con ese nombre tan raro: Libro Electrónico. Parece que su frío apelativo se debía a que los tenía a todos ellos cautivados, dentro de él.
Quizá su porvenir estuviera en el aire, empezaron a temer… y pasó el tiempo… y nada ocurrió. Casi todos sus amigos humanos los seguían llevando con ellos y disfrutándolos. Incluso alguno les manifestó su amor material y físico y les hizo saber que nunca, nunca podrían vivir sin ellos. ¡QUERIDOS LIBROS, COMPAÑEROS DE LA VIDA!

martes, 2 de noviembre de 2010

OTOÑO

OTOÑO.

Desapacible el día con aquel viento desagradable. Calor extremo al sol y escalofríos en los lugares desprotegidos. Y yo me sentía así, como el ambiente que reinaba… igual.

El reciente cambio de horario, me había afectado, esta vez. Despertaba temprano y andaba desorientada durante las veinticuatro horas. Me paré a reflexionar el por qué de mi desazón. Una hora de más o de menos no me parecía para tanto.

Cerré los ojos y me vi a mi misma al volante el día anterior. Llevaba a mi nieto Alejandro, nueve años, al colegio. Últimamente había cogido auténtico pavor al coche; me daba miedo, inseguridad y mucho más con el niño allí, bajo mi responsabilidad. Mi sentido de la orientación nunca había sido bueno y aquella mañana no me encontraba bien. Ante un pequeño volantazo que di, el claxon de un camión sonó atronador, muy cercano, amenazador y retumbó dentro de mi pecho.

Los dos nos asustamos: el niño y yo. El crio dijo antes de bajar del coche: "Abuela, me creía que iba a morir" A él se le pasó pronto, en mí, en cambio, la intranquilidad y el miedo se habían quedado atrapados y me producían, sin duda, el malestar que sufría todavía.



¿Por qué echarle la culpa a horario, otoño, calor o viento?

El tiempo pasa rápido, me había hecho mayor y no debía conducir más. Una conclusión única de todo aquello: Se había acabado, para mí, la conducción… Quizá en la feria en los autos de choque y... ni siquiera eso.



ÁNGELA MAGAÑA

jueves, 3 de junio de 2010

LOCA POR EL TREN

Marta pasaba los veranos en un pueblo de la provincia de Logroño. El viaje era complicado. Se cogía el tren, desde Madrid, en la Estación de Atocha. Allí empezaba la fascinación. Los resoplidos de la máquina, los chorros de humo con carbonilla, de vapor y el ajetreo de gentes que iban y venían. Las parejas que se despedían y se besaban, en aquellos tiempos en que besarse no era algo permitido, Marta abría los ojos ante todo, con asombro. Amaba los trenes; eran la puerta a la aventura y a la fascinación de lo desconocido.
Se apeaban en la estación de Castejón y entonces venía lo peor: en un autobusillo inmundo (el de Perico, "El Gordo"), había que hacer los 8 Km. de curvas que iban hasta Cervera del Río Alhama. Mareo e impaciencia eran las sensaciones dominantes. Una vez allí, todo estupendo: Los abuelos, los primos de su edad y la maravillosa libertad que no tenía en la capital, con sus padres.
Más tarde fue ella la que iba, con su novio, a la estación; unas veces a despedirse de verdad y otras a hacer como que se despedía. Recuerdos dulces, de dulces y siempre escasos besos. Y el tren... como telón de fondo.
Siguió siéndole fiel, pero no les diré a quien... ¿al novio, al tren?
Amor multiplicado más tarde, en coche cama, noches felices. Mil oportunidades placenteras, más o menos cortos los trayectos, pero siempre con una ventanilla que le mostraba paisajes sugerentes y con un libro cuando iba sola.
Con el transcurso del tiempo, lo único que se ha hecho más leve es el tiempo. Los vagones hoy en día no viajan, vuelan, pero la locura de Marta no tiene cura: loca por el tren

sábado, 20 de febrero de 2010

UN VERANO EN PUNTA UMBRÍA

UN VERANO EN PUNTA UMBRÍA


Transcurría el verano de 1969. Vivíamos en Huelva capital. Mi madre, deseosa de reunirnos a todos los hermanos, había alquilado un hermoso chalet en la playa, en Punta Umbría. Los niños nuestros y también los de mi amiga Paloma jugaban en la arena, entre pinos. Los mayores, que no éramos entonces “tan mayores”, alargábamos las frescas noches todo lo que podíamos. Charlábamos hasta las tantas y disfrutábamos de estar todos juntos. Nos acostábamos, después, con ganas de descansar y deseando, sobre todo, que nuestros niños no se despertasen.

Los vecinos del chalet de al lado (perfectos desconocidos para nosotros) se reunían, a su vez, en unas juergas ruidosas y mucho más tardías que las nuestras. Por el tono destemplado de sus flamencas voces y sus desgraciadas palmas, ricas en decibelios, se podía apreciar que el vino corría con generosidad.
Nos volvían a poner en solfa y nos tenían bastante hartos.
Lo aguantábamos casi todos pero uno de los miembros de la familia, el marido de mi hermana Divina, como buen francés que era, no soportaba aquellos alaridos y menos que no lo dejasen dormir.
Un día se acercó a pedirles que no armasen tanto jaleo. Borrachos estaban y como tales le contestaron. Lo pusieron a caldo y pudimos oír barbaridades e insultos de gran calibre. Lo más suave que le llamaron fue cabrón, hijo de puta, franchute… y otras cositas lindas ¡no más!
La pelea terminó de la forma más inesperada. Mi cuñado hablaba muy poco español y a sus exabruptos les contestó (enfadadísimo, eso sí) “¡Feos y además de feos cantan mal!”

Nos reímos tanto, todos, que la sangre no llegó al río… y los otros, que tampoco nos conocían, se debieron quedar asombraditos vivos. ÁNGELA MAGAÑA

lunes, 6 de abril de 2009

PARTICULAR NAVIDAD DE UN NARRADOR DE HISTORIAS

Publicado en el libro: Copos De Nieve en Navidad 2006/2007

“Un ascensor cae desde un octavo piso. Sus tres ocupantes resultan muertos”

Este titular apareció en los periódicos el día veinticuatro de diciembre, cuando todo el mundo hacía los preparativos de Navidad.
Se trataba de un edificio típico de Madrid con pisos buenos, aunque no lujosos. Las gentes que allí vivían solían quedarse de por vida. Se conocían unos a otros superficialmente, pero había alguien que no se conformaba con eso; quería saber más… Más de cada uno de los vecinos.
Se trataba de Juan. Juan había vivido en la casa desde que nació. Su vida de trabajo había pasado sin pena ni gloria. Vida de soledad casi exenta de emociones, ni siquiera los típicos escarceos amorosos de juventud. Siempre había huido de todo aquello que hubiese podido producirle la más mínima inquietud.
Era un lector infatigable, de esos que anda perdido al terminar una novela hasta que se sumerge en la siguiente. Esto está muy bien… pero en su caso surgía la preguntita: ¿Hay vida después de la lectura? ¡NO! No, en su caso. No tenía vida más allá de la de los personajes de los libros que leía. Era tranquilo con aspecto de buena persona. Su mirada huidiza denotaba inseguridad y solía lucir una tímida sonrisa que quedaba disimulada debajo de un bigote, del que estaba secretamente orgulloso.
Vivió con sus padres hasta que murieron los dos, casi a la vez y casi de la misma enfermedad. Almas gemelas, pensaba Juan. Pero como era de poco sufrir, ni siquiera eso le había hecho demasiada mella.

El tiempo pasa muy rápido y un buen día Juan se encontró a sí mismo, disfrutando de una jubilosa jubilación. Gozó de ello al principio. Pero poco a poco, los días resultaron ser demasiado parecidos entre sí y decidió hacer algo que siempre le había apetecido: Escribir.
Necesitaba un ordenador, una de sus armas de trabajo antes y ni corto, ni perezoso, se compró uno y empezó a asistir a un taller de escritura creativa.

Le sorprendió lo fácil y agradable que le resultaba aquello y animado por un buen profesor, se fue metiendo más y más en poemas, narraciones, cuentos y todo lo que se suele hacer en un taller de escritura.
Escribía con fluidez y no tenía problemas, por regla general, para expresarse y plasmar en el papel lo que le pasaba por la cabeza. Recordemos que siempre había sido un lector empedernido. Lo malo es que, precisamente, pocas eran las ideas que tenía en mente. Su vida carecía de interés. Era de lo más anodina.
Ni siquiera la Navidad tenía nada especial para él. Todas y cada una de ellas, habían sido casi iguales; antes, cuando vivían sus padres y ahora que estaba tan solo.
Unos meses antes de aquella Navidad última, una de las concejalías del barrio donde vivía convocó un pequeño concurso de relatos y poemas. Tímidamente, animado por el profesor y basándose en un viajecito que había hecho en cierta ocasión, presentó una pequeña historia de su invención que había conseguido hilvanar con cierta habilidad.
Pasaron un par de meses y un jurado benévolo tuvo a bien otorgarle un premio.
Siendo como era, un ser que nunca había resaltado en nada, el galardón tuvo para él, un efecto desproporcionado y empezó a obsesionarse con conseguir algo más de notoriedad.
Su nueva afición empezó a convertirse en obsesión. Escribía y escribía y a veces conseguía que su profesor y sus compañeros de taller alabasen algo suyo y eso llegó a ser para él una especie de frenesí rayano en el paroxismo.
Una obsesión llegó a dominarlo todo: BUSCAR NUEVAS HISTORIAS PARA SUS RELATOS.

Buscando fuentes de información se fue acercando al portero del inmueble, que sentado en su garito le ofrecía un asiento, conversación y frecuentemente temas (basados en el más vulgar de los cotilleos), para sus anheladas y creativas horas enfrente del ordenador.
Para mayor acercamiento, los dos juntos (el portero y él) pusieron en el portal los típicos adornos de Navidad: Bolas de cristal, guirnaldas y lucecitas. Sin olvidar, por parte del portero, una bandejita con polvorones y algunas chucherías, ya que con eso, el hombre, se trabajaba las anheladas propinillas.
Para conseguir cierta intimidad, dejó Juan de lado sus verdaderos sentimientos sobre la Navidad, que no significaba nada de nada y así, la amistad pareció fortalecerse.
Casi sin ser vistos podían observar desde aquel cuchitril, todo lo que ocurría en el vecindario y Juan aportaba, a veces, una botellita de cualquier vinillo para, como él decía: darle color a la conversación.
Cada vez más obsesionado pensaba: mi vida tan normal, resulta anormalmente aburrida y se fue imbuyendo de la idea de buscar y buscar y buscar, algo verdaderamente interesante.
Resultó que la gente de su entorno, era como él, de lo más normalita; al menos se lo parecían. Sus dotes observadoras crecían y él seguía al acecho de un gran argumento para sus escritos.
De repente un día, una luz se encendió en su cabeza y empezó a ver con nuevos ojos críticos. Se dio cuenta, de que no había que ir muy lejos para encontrar. Lo tenía al alcance de la mano.
Observando se dio cuenta de que tres mujeres cercanas a él tenían unas características un tanto peculiares.
Solían ir juntas, sumidas en sus charlas susurrantes acompañadas de miradas inquisitorias que provocaban, en los que se cruzaban con ellas, sensaciones del tipo: ¿Llevaré la cremallera abierta? ¿Tendré alguna mancha horrible? ¿Se me habrá descosido algo? Pero la gente suele tener ocupaciones y preocupaciones reales y las olvidaba inmediatamente.
Él las observaba con minuciosidad y recababa información sin cesar.
Una de ellas, por ejemplo, vivía también en completa soledad. Se llamaba Elena.
Perdió a sus padres, relativamente jóvenes todavía, por enfermedad y más tarde a sus hermanos, por avaricia.
Se erigió ella solita, en heredera universal y de resultas, decidió quitarse a los hermanos de encima. Quizá influyó en ella, una terrible meningitis, sufrida años atrás y que se complicó con una hemiplejia ¿Se le iría la cabeza o era simplemente afán de acaparar? ¿Quien sabe… ?
En su juventud fue una mujer inteligente y en cierto modo atractiva. Pero la inteligencia tiene diversos campos, en los que desarrollarse. La de Elena era de tipo académico. La otra, la inteligencia emocional, era un auténtico fracaso. Nunca supo rodearse de gente que la quisiera bien. No sabemos que es lo que ella valoraba.
Tuvo varios pretendientes, muchachos buenos, que hubiesen sido capaces de hacerla feliz, pero todos tenían defectos: Orejas de soplillo, un pequeño tartamudeo, otro tenía “cara de imperdible”, o un acento que no le gustaba… cosas de este tipo. Siempre había un motivo para burlarse despiadadamente de ellos y cuando no lo encontraba, surgía la gran tontería: “Mi padre era el único hombre que merecía la pena”
Su padre fue, en verdad, un hombre muy especial; pero en ningún modo: irreemplazable. No hay nadie que lo sea.
A los hermanos los alejó innecesariamente, después de hacerse dueña de todo lo de los padres y quedarse ella sola con piso, joyas, cuadros y colecciones muy valiosas, que el padre había reunido, diciendo siempre que todo aquello, el día que él faltara, sería para sus hijos. Digo, innecesariamente, porque nadie le reclamó nunca nada, en realidad, ni siquiera el único que en aquel momento hubiese necesitado un techo bajo el que guarecerse.
Pero nada se perdona peor a los demás, que el haber obrado mal uno mismo y haber sido injusto. La conciencia, posiblemente a modo de autodefensa, tergiversa los hechos de forma que el que comete el agravio se cree a su vez, el agraviado.
Su propia conducta la alejó, pues, de todo su entorno anterior. Los que todavía conservaban su aprecio la rehuían, por la imposibilidad de aguantar su conversación monotemática: “Yo, yo, yo… ”
Escuchar a los demás, tampoco era lo suyo. En cierta ocasión un familiar suyo sufrió una explosión de gas en la casa, de tal calibre, que casi acaba en tragedia. Al enterarse no fue capaz ni de interesarse por cómo habían escapado al tremendo susto En otro momento alguien le dijo: “Estoy hundido porque mi mujer tiene un cáncer galopante” y contestó “¡Vaya… Qué faena! ¡Pues sí!... El gato del señor del tercero, cada vez que me ve, se frota contra mis piernas… ¡Más mono!”
Son ejemplos que valen para hacerse una idea de lo que era su conversación y del nivel de egocentrismo al que había llegado.
Habría mucho que contar de las relaciones que posteriormente llegó a tener con otros hombres, todas ellas (¡por descontado!) en el ámbito más estricto de la pureza, ya que el sexo fuera del matrimonio era pecado y ellas (las tres amigas) eran santísimas y purísimas ¡No faltaba más!
De todas formas, ya mayorcita, llegó a interesarse por un par de hombres. Uno, resultó estar casado y cuando Elena se enteró, se apresuró a cortar su relación con él.
EL otro: Carlujo, era también un tipo curioso. Juan consiguió enterarse de muchas cosas:
El matrimonio, que tanto le hubiese gustado a ella, estaba totalmente fuera de los planes de Carlujo, a pesar de lo cual fue objeto de una adoración enfermiza. Más de diez años mayor que ella, el buen señor, se dejó adorar en una relación platónica, hasta que murió, muchos años después. A él también debió, resultarle aceptable esta especie de noviazgo, incluso placentero por lo compartimentada que tenía su propia vida; simplemente, por eso.
Compartía su vida con su madre, tres hermanas también solteras y una gata. Así pues de la madre tenía justamente eso: amor de madre. Las hermanas se ocupaban de mantenerlo limpito, comido y atendido y a la gata le reían, todos ellos las gracias; cuando por ejemplo, cazaba algún pajarillo que no se comía hasta que los amos lo habían visto.
Su especialidad era hablar “ex cátedra” y cualquiera que fuese el tema tratado, aconsejaba sin fin a sus interlocutores, que procuraban darle esquinazo a la primera ocasión.
En su casa lo tenía todo solucionado y el resto de sus necesidades eran también satisfechas, previo pago, por una de las muchas mozas, que a eso se dedican.
Con lo cual, el cometido de Elena se reducía a acompañarlo a tomar copitas sin fin, de compras, a escuchar sus batallitas y sobre todo a lo que hemos dicho antes: reverenciarle y servirle en cualquier cosa (ajena al sexo) con una devoción sin límite. ¡Ella, que tanto se había burlado de otros hombres, con muchas más cualidades!
La relación con este señor, trajo consigo (no se sabe muy bien por qué), el desprecio más absoluto para Elena, por parte de las cuatro mujeres de aquella familia de solteros (que también las hay), de forma que se vio sometida a las más estúpidas y absurdas vejaciones. Ni la avisaron siquiera en el momento en que murió, de una penosa enfermedad, durante la cual Elena sola había sido la más asidua enfermera, cargando con tareas que nadie más estaba dispuesto a hacer. Ausente en el momento fatal, no pudo ni asistir al entierro; nadie la avisó y mucho le tuvo que doler, pues era auténtica, la veneración que le profesaba.
De todo esto, se fue enterando Juan y empezaba a entrever en todo ello el tema para su gran narración. Pero: Faltaba algo… no sabía muy bien el qué. ¡Necesitaba más emoción!
A las otras dos amigas, no pudo llegar a conocerlas tan bien. No vivían directamente en el mismo edificio y las informaciones del portero eran menos completas.
Tenían, en cualquier caso y con pocas variantes una mentalidad casi calcada.
Eso de que Dios las cría… Estas dos, sin embargo, habían estado casadas. En nuestra época en la que tanto se habla y con razón del maltrato en la pareja, habían tenido ellas la suerte de tener dos buenos maridos (uno cada una, ¡claro!)
Juan decidió que en su narración pasaría por alto, casi todo lo referente a ellas. Ramona era una mujer verdaderamente insidiosa, que hizo mucho daño en la familia con sus críticas infundadas, pero Juan decidió aludir únicamente al hecho de que el marido de esta Ramona, le recordaba a un personaje de Alphonse Daudet, en uno de sus Cuentos del Lunes: "El hombre del cerebro de oro "
Este personaje (el del cuento), bondadoso en extremo y de una ternura extraordinaria (suelen ser así los protagonistas de Daudet), había tenido la debilidad de dejar traslucir el hecho de que su cerebro, además de ser de oro; pedacito a pedacito podía servir para comprarle caprichitos a su querida mujercita. La amada, zalameramente, pidió, como regalo fatalmente póstumo, unos lindos zapatitos de seda y en ellos se fue el resto del oro y lo que al enamorado le quedaba de vida. Juan pensaba, al leer esto, en el hombre de Ramona; por algo sería.

Juan no descartaba escribir algo en el futuro, más completito, inspirándose en esta mujer, porque lo que de ella sabía le parecía alucinante también.
La tercera señora era la peor de todas: poco agraciada y desagradable. Eso no necesitaba Juan que se lo dijese el portero, porque él lo sufría en sus carnes, cada vez que se cruzaba con ella; él y el resto de los vecinos.
Pero el más afectado también en este caso, era el marido. Un hombrecillo delgadito muy majo, que parecía un pajarito de flacucho y poca cosa que era. Era muy agradable y lo pasó mal, porque la mujer había sido captada por una de esas sectas, especialistas en destrozar familias y en el lavado de cerebro de los que caen en ellas. En este caso lo consiguieron plenamente. Cuando él echaba de menos alguna satisfacción para su cuerpecito serrano y ante la “gran espiritualidad” de su mujer solía comentar: “Se ha metido en mi cama”, refiriéndose a la secta, evidentemente. El pobre hombre acabó solo y murió poco tiempo después.
Estos detalles iban siendo acumulados en las notas de nuestro escritor, que seguía obsesionado por conseguir más detalles.
Empezó a dormir mal y una mirada extraviada brillaba de vez en cuando en sus ojos. Sus compañeros de Escritura pensaban que su dedicación al Taller y a escribir, era extraordinaria y le preguntaban con frecuencia por su salud, porque el estado de ensimismamiento en que lo veían, empezó a parecerles peculiar. Después de clase se separaban y como nadie había intimado con él, lo olvidaban.
El portero que nunca había hecho amistad con los otros vecinos, empezó a encontrarlo raro. Pasaba demasiado tiempo en la portería y se empezaba a poner tan pesado con las preguntas, que hasta él, que era cotilla por naturaleza, empezaba a cansarse.

Llegó el día 23 de Diciembre. Eran las doce del mediodía, el ascensor empezó a hacer un ruidito, como de algo que roza y el portero avisó al servicio de mantenimiento.
Otras veces ya había pasado; no parecía tener importancia. Un técnico apareció por allí para revisar, cables y maquinaria.
Juan y el portero seguían juntos en el garito de la portería. El técnico ocupado en lo suyo, estaba arriba, en la sala de máquinas.
Una vecina bajó a la portería para avisar de que en su casa había una fuga de agua.
El portero más solícito de lo habitual, en espera de la propina de Navidad, la acompañó a su piso. Bajó el técnico y le dijo a Juan, solo allí, en ese momento: ”Afortunadamente han avisado Vds. Hay un cable casi suelto; está muy peligroso. No hubiese aguantado otro viaje. Voy arriba a interrumpir el servicio”
Colgó un cartel con un “FUERA DE SERVICIO” muy grande en la puerta del ascensor y emprendió presuroso la subida; por la escalera, esta vez.
Juan, siempre al acecho, vio que las tres damas se acercaban por la acera. Iban despacio parándose para charlar. Malévolo en su enfermizo afán, se acercó al ascensor y cogiendo el cartel lo escondió bajo su chaqueta. Se sentó y esperó.
… Y mientras esperaba enajenado, afilaba mentalmente su lápiz, relamiéndose de pensar en el relato que escribiría. Una mirada de demencia brillaba en sus ojos.
Ni siquiera el estruendo del ascensor al caer, lo sacó de su ensimismamiento.
Por fin este año tendría: UNA FELIZ NAVIDAD.
Fin y conclusión. “Un ascensor cae desde un octavo piso. Sus tres ocupantes resultan muertos” ÁNGELA MAGAÑA

jueves, 22 de mayo de 2008

DE ALGO QUE LEÍ

GRECIA. Una aldea diminuta.

Había una vez en pleno monte, en una aldea griega, una vieja mujeruca que nunca había salido de allí. Cuatro gallinas, un par de cabras, mucho sol y unas cuantas casuchas situadas en lo más alto.La pobre mujer, tuvo en tiempos un marido que murió joven y también un hijo, que un buen día, siendo aún un muchacho, se fue de allí. El hijo, como a veces ocurre con la gente de montaña y clima duro, tenía una habilidad especial para medrar en la vida. Aprendió, progresó y se arrimó como se suele decir a árboles que calentaban bien, de tal forma que, aunque parezca imposible, llegó a ser un gran armador, de los dos o tres más potentes de Grecia. Por supuesto que olvidó a su madre de la que se avergonzaba; claro está. Pero la PRENSA, con mayúsculas, es poderosa y busca noticias despampanantes y cuando nuestro armador estaba en la cumbre de la fama, se descubrió su humilde procedencia. Hurgaron un poco más en su vida y descubrieron a la madre (que no quería vivir de otra manera), compartiendo su existencia con las gallinas y las cabras. Obligado el potentado a "portarse bien", cara al público. Obligó a la mujer a ir a vivir con él y la instaló en la habitación de un hotel de Nueva York, vigilada, por supuesto. Él estaba en aquella ciudad por el momento, así es que le pareció que era la mejor solución. Desesperada, un día consiguió escapar y andando, andando, llegó a las puertas del zoo, cuando ya la tarde comenzaba a caer. Cayó, pues la noche y ella acurrucada en un rincón se dispuso a quedarse allí, ya que nadie se había fijado en ella. Anduvo un poco tanteando las paredes y se sintió atraida por un olor que le recordó su corral. Al tacto notó que había una puerta abierta y después de entrar se acurrucó en la paja del suelo y se durmió, tan a gusto como si hubiese estado en su casa. El horror vino por la mañana, cuando la policía la descubrió en el suelo despedazada por los buitres en cuya jaula se había dormido.

sábado, 17 de mayo de 2008

UN VIAJE POR EL MAR DEL NORTE

Un viaje por el Mar del Norte

Marta Salas viajaba acompañada por su marido. Se habían pagado un maravilloso crucero. Estaban en el momento ese, en que las parejas empiezan a recuperar su libertad con respecto a los hijos y la aprovechaban. Se sentían bien cuando estaban juntos, pero se empezaban a hacer patentes las diferentes expectativas de ambos.
Viajaban bordeando las costas de Noruega y sus fiordos y era algo, pensaba ella, de una belleza inimaginable. Paseaba por el barco, procurando no perder de vista el mar y el paisaje, cuando llamó su atención un señor que estaba solo, un anciano. Un anciano pulcro, de pelo blanco y con aspecto frágil y agradable. Tenía algo, la sonrisa quizá y el aspecto bondadoso que le hacían sumamente atractivo. Marta sin pensarlo dos veces se dirigió hacia él y se sentó a su lado. Llevaba ella en la mano un libro “La Fiesta del Fauno” de Vargas Llosa, así es que no hablaron para nada de ellos mismos, la conversación versó sobre la lectura, fluyendo luego fácilmente hacia otros temas de tipo cultural. ¡Cuantas aficiones comunes tenían! Quedó ella subyugada y él no lo sabemos…todavía.
Fueron pasando los días con muy pocos encuentros, saludos fugaces y algún que otro “Qué guapa estás esta noche” por parte de él, cuando en el comedor, se dirigía hacia la mesa del capitán donde tenía su asiento habitual par cenar. El marido, por otra parte, amante de su soledad de dos, cuando lo veía venir decía “Vamos, que viene el viejo”.
Un día en una de las bajadas del barco, en la que todo el mundo andaba cámara en ristre, le dijo ella “Antonio, te voy a hacer una fotos para que tengas un recuerdo” y así lo hizo.

Todo acaba y aquel precioso viaje acabó también. Despedidas, cambios de direcciones, en fin lo de siempre.
Cuando volvieron a casa, Marta le escribió una carta intrascendente contándole como habían pasado el final del verano y le mandó las fotos.
A vuelta de correo, recibió una carta acompañada de un libro que él mismo había escrito. Estaba tan bien redactada y era tan bonita que a ella le llegó al alma. Marta, por aquel entonces acababa de leer “Dios vuelve en una Harley” y para corresponder a su regalo, le envió a su vez, el recién terminado libro.
La empezó, él, a tratar como si fuese para él, ese "Dios" que volvía. Aquello como en "Casablanca” fue el principio de una gran amistad que duró justamente cuatro años, hasta el momento en que él murió, porque su cuerpo se agotó de vejez, no así su espíritu que supongo que si anda por el cielo o por donde sea, seguirá siendo joven e inolvidable.
Sus cartas, poemas a veces, llegaron a ser, para ella muy importantes y para él, las de Marta, una especie de bálsamo en aquellos últimos años de su vida, que fueron de enfermedad y vejez; de hecho él, las describía como divertidas y estimulantes y las reclamaba por teléfono o correo, si se retrasaban.
Se siguieron escribiendo y él mandándole libros suyos, hasta el final. Resultó ser, un gran escritor, cofundador de CUADERNOS PARA EL DIÁLOGO y colaborador en otros periódicos, de mucho prestigio, también. Todo un lujo para Marta, que disfrutó mucho con su amistad y con sus misivas. Ella guarda sus libros y sus cartas como un tesoro y solo siente no haber podido ir a un homenaje que le dieron cuando murió, en su tierra natal Bilbao, en la Fundación que lleva todavía su nombre: ANTÓN MENCHACA CAREAGA”

jueves, 15 de mayo de 2008

PREMIADO. NAJA, NAJA. LA COBRA. XIV CERTAMEN MOTRIL. 2º PREMIO

Lo vi por primera vez a orillas del Nilo, en un pueblo que se llamaba Edfu. Estaba un poco apartado de los puestos de collares, foulards y artículos de mil clases distintas. Solo un poco apartado, porque el abigarramiento imperaba y no permitía grandes distancias. Vio que me acercaba preparando la máquina de fotos y me miró inquisitivo. Al ver una moneda en mi mano su recelo desapareció y asumió su papel de encantador de serpientes y, esgrimiendo su flauta de bambú, empezó a entonar una suave melopea. Se irguió la cobra y mirando a su amo empezó a balancearse al ritmo de la música. Dicen que este sonido es similar al que emite la hembra y que (¡Oh, el amor!) es a ella a quien buscan.
Llegué al barco que nos esperaba atracado allí cerca y, como solíamos hacer, enseñé las fotos a mis compañeros de viaje. El guía también las vio. El había nacido cerca de allí, con lo cual, para él, el hombrecillo de la foto, no era una leyenda como para mí, sino un vecino más que vivía, de eso, de asombrar a los demás con su dominio de las cobras.
Le tiré un poco de la lengua y fue dándome detalles que me interesaban.
Se trataba parece ser, de una tradición, de algo aprendido por algún abuelo de su
abuelo, algo parecido a un brahmán y que había ido pasando de padre a hijo hasta
Kamal, nuestro hombre, que guardaba celosamente su misterioso secreto.
El veneno de las cobras, según me contó Ahmed, nuestro guía, es una neurotoxina que
corroe los tejidos de tal forma que su mordedura resultaba mortal hasta hace
relativamente pocos años en que los científicos descubrieron un antídoto que hizo que
las muertes causadas por las letales mordeduras disminuyeran considerablemente.
Dos mundos opuestos estaban allí, al alcance de mi mano.


El guía Ahmed era un hombre culto, egiptólogo decía él y como tal explicaba con precisión los detalles de tumbas, templos, pirámides, museos y monumentos con sus
relieves representativos de sus faraones-dioses, en tránsito después de esta vida, hacia otro renacer. Les esperaba, después, un mundo casi igual al que dejaban, pero, en el que ya la muerte no existía. En este viaje debían llevar todo lo que en su nueva vida iban a necesitar: alimentos, ropas, joyas, perfumes y enseres, sin olvidar las barcas para surcar los ríos que a la nueva vida les conducirían. Algunos bajorrelieves conservaban incluso el color y no podía uno menos que pensar qué habría sido aquello cuatro mil años antes, en pleno esplendor.
Los jeroglíficos, que cubrían las paredes de los sarcófagos y cámaras mortuorias, encerraban la historia de los faraones y de sus familias constituidas en triadas como la de Horus, Isis madre y su hijo Osiris. Todo aquello y mucho más, resultó absolutamente imposible de descifrar hasta el relativamente reciente descubrimiento de la pieza clave de la Egiptología: LA PIEDRA ROSETTA que, al mostrar una inscripción trilingüe, permitió a un estudioso francés: J. F. Champollion, desvelar los caracteres de la escritura egipcia y con ello mostrar cómo vivían y descubrir un mundo verdaderamente asombroso.
Kamal, nuestro hombrecillo, había sido instruido por su padre, no sabemos cómo. Lo que sí sabemos es que su primer hijo, su primogénito y él más querido murió a la edad de ocho años y que nunca se supo muy bien por qué.
Nuestro guía nos contó que corrían rumores del por qué de semejante desgracia. Según él, a los futuros seguidores de la tradición se les inyectaba una pequeña cantidad del veneno del reptil, para así inmunizarlos. Se hacía esto cuando eran niños, pero en aquella ocasión la cantidad no debió ser la adecuada o quizá eligieron un mal momento y las cosas se complicaron provocando una muerte innecesaria. El concepto de la muerte es distinto en Oriente, pero éste era el único hijo varón y la aceptación del hecho fue digna de cualquier familia occidental: fatal y trágica.
Poco amigo de dar explicaciones, Kamal no admitía preguntas: "Las serpientes me respetan ", decía sin más.
Habíamos entablado, ya, una cierta amistad con Ahmed, que hablaba castellano casi perfectamente y estaba familiarizado con nuestra forma de vivir, tan diferente a la suya. Afectado por la poliomielitis de niño, sufría una cojera que le dificultaba la marcha y tenía una mano inutilizada casi por completo y aunque nunca se quejaba, un gesto de dolor se le escapaba de vez en cuando. Era un hombre joven, unos 38 años, y su vida debía ser el paradigma de lo que era su país: una mezcolanza curiosa. Compartía su casa con los casi cuarenta miembros de su familia y a pesar de ser el suyo, un país en el que la mujer está relegada a un ámbito de inferioridad, ellos constituían un auténtico matriarcado en el que su madre lo organizaba y dirigía todo. Él estaba casado y esperaba ya su cuarto hijo, pero su mujer se limitaba a seguir los mandatos de la madre de él y los de su marido.
Un día nos llevó en un barquito de vela triangular, una faluca, a visitar una aldea nubia, situada a orillas del Nilo en una de las islas que se llaman Elefantinas. Nos había hablado del porte altivo y elegante de aquellas gentes de sonrisa amable. Era una población constituida por artesanos, auténticos artistas que vendían virguerías, hechas por ellos mismos.
Los niños eran verdaderamente agraciados y cautivadores. Una niña que se llamaba Sara, me medio adoptó y me seguía a todas partes. Le acaricié la carita sonriente y le dije: "Sara, guapa" y más lista que el hambre me contestó: "Tú, guapa", con lo cual, yo que soy abuela y por lo tanto facilona para los críos, quedé totalmente subyugada. Puso en mi mano una muñeca tan graciosa como ella, de las que hacían con los materiales de que allí disponían. Me pidió algo para su mamá: una barra de labios, ya que era algo que les parecía irresistible. Un bolígrafo, un caramelo o algún euro era una pequeña fortuna para ellos, pero no daban la impresión de ser gente desgraciada en absoluto.
Vimos también su pequeña escuela y se divirtieron mucho cuando el maestro nos hizo escribir nuestros nombres en su lengua en la pizarra y también los números. Vivían también de los camellos, con gran esfuerzo conseguí encaramarme a uno de ellos. ¡Qué miedo, qué alto estaba aquello! Iban bordeando un sendero sobre el río, en el que en ciertos momentos creímos todos que aterrizaríamos de mala manera...Pues no, no nos pasó nada y resultó ser muy estimulante, especialmente para Ahmed que, desde la barca en el río navegaba plácidamente, muerto de risa al ver los apuros que pasábamos y el miedo que teníamos.
Volviendo a Kamal y sus serpientes, supimos también que la muerte de su hijo contribuía a la inevitable desaparición de ese legendario ser que es el encantador. En 1972 una ley había prohibido tener serpientes como animales "domésticos" y cuando la policía encontraba a alguno con su flauta y su cobra, no era raro que le confiscasen el animal que era su medio de vida, sin darle a cambio un trozo de tierra o enseñarle algún otro oficio, con el que pudiera subsistir. Por eso nos dijeron, los pocos que quedaban, nunca estaban frente a monumentos o lugares principales.
Quedaban, pues, relegados a limpiadores de granjas o de terrenos que liberaban de reptiles a cambio de unas pocas libras egipcias.
Distinta la imagen real a la que yo tenía en mente de esos hombres, dignos personajes de una novela de Rudyard Kipling.

jueves, 17 de enero de 2008

Otro mundo

Recién llegada de Egipto ¡Nada menos! Es otro mundo. El Cairo: un caos maravilloso y espeluznante, hoy en día. Diez y ocho millones de habitantes, sueltos por la ciudad, andando, en coche, en bici, subidos a asnos o camellos y locos...¡LOCOS! No hay semáforos o los ignoran, con lo cual cruzar la calle es una aventura. ¡Los taxis! Posiblemente, subida en uno de ellos sientas un calorcito extraño en los pies y mirando hacia abajo compruebes que el suelo casi no existe y que el calor proviene directamente del motor.
Solución eso si, hay para todo. Para cruzar se recurre a uno de los miles de policías (para el turismo) que por allí pululan. Con una encantadora sonrisa él mismo nos cruza, jugándose el tipo también, simplemente, para acompañarnos en la aventura.
Esto sería un aperitivo de lo mucho que hay que contar del Egipto de hoy: aromas, niños sonrientes que se apropian de tí y te acompañan/ persiguen, pedigüeños y listos como el hambre, encantadores de cobras, la oración que se escucha y se ve en los muchos practicantes que oran arrodillados en el suelo, mirando hacia el Este, su Meca.
Contrastes: ¡El desierto, tan desierto y tan ocre. La ciudad abigarrada y la parte fértil, tan verde y tan luminosa y el Nilo inmenso y tan azul!
El Egipto de ayer: ¡QUÉ MARAVILLA!
¡Qué país fue aquel...!4000 años después siguen en pie pirámides, templos, tumbas y palacios con sus grabados y colores siempre vivos. ¡Qué cultura debió ser aquella! Pródigos en dioses frente al actual Islam monoteísta. Con esa fe en la Vida, con mayúsculas, que nace como el sol por el Este y muere como el astro por el Oeste.
El difunto (no necesariamente un Faraón) renacerá, después de un largo viaje en la barca que, junto a todo lo demás que va a necesitar, le dejan preparada junto a su cuerpo momificado y preparado mirando hacia el Levante.
No olvidarán, en su preparación a la otra vida, las vísceras: corazón, estómago, hígado y pulmones. Cuatro vasos, llamados canopos, las contendrán. Cada uno de estos recipientes estará cerrado por una cabeza de animal, representativa también de diferentes divinidades.
Visitamos un poblado nubio que casi fue lo que más nos impresionó. Llegamos en faluca, por el Nilo. Esas gentes que viven del turismo y de sus camellos, encantan por su simpatía, son verdaderos artistas artesanos. Los niños subyugan: guapos, dulces y sabiendo usar una palabra o sonrisa que llegue. Listísimos. Tienen una escuela limpia y pequeña, muy, muy bonita. Dan la impresión de inteligencia natural y de ser felices en su forma simple de vivir.
En cuanto a los camellos. ¡Caramba, que alto es un camello! yo que de joven no me atreví a montar en uno en Canarias por puro canguelo, lo he hecho ahora (presa de la fatalista y garantizada idea de que: "de algo hay que morir"). Pero eso si, aunque joven YA no soy, una vez que me vi subida ahí arriba, el miedo de mi juventud apareció corregido y aumentado y también la pregunta. "¿Qué hago yo aquí arriba?
Nuestro mundo distinto, mejor, peor...¿Quién lo sabe? ANGELA MAGAÑA

sábado, 17 de noviembre de 2007

En el "RASTRO"

EN EL “RASTRO”
Un hombrecillo escuálido, paseaba lentamente por el “RASTRO” mirando los mil artículos esparcidos por el suelo, sobre unos mustios tapices. De todo había allí: gafas (más o menos enteras), ropas viejas, zapatos (a veces desparejados) y bibelots varios.
Interrumpió súbitamente su paseo y quedó clavado enfrente de un montón de dentaduras viejas que resultaban de lo más chocante. Ni corto, ni perezoso las fue cogiendo y una a una se las iba llevando a la boca, para probarlas. Encontró la que más o menos le convenía y se echó la mano al bolsillo en el que tras mucho hurgar, consiguió encontrar una moneda con la que pagó.
Los viandantes lo miraban atónitos y alguien dijo ¿Podrá Vd. comer con eso? A lo que él contestó “Si, si consigo algo a lo que hincar el diente”
ANGELA MAGAÑA

jueves, 15 de noviembre de 2007

SINGULAR VIENTO DE NAVIDAD

Era un pueblo, el mío por adopción porque lo adoraba, el de mi padre y mis abuelos, porque si, porque lo era. Se llamaba CERVERA del RÍO ALHAMA. Estaba rodeado de montañas e inmerso en un valle verde y rico en frutas con el sabor distinto de la niñez. La gente vivía del campo y de “la alpargata”. Los alpargateros instalados en las calles en sus bancos de madera, trabajaban y nos hacían reír a todos con sus charlas y sus bromas, pero eso era en verano y mi cuento... es de Navidad. El clima duro y la vida difícil hacían de los cerveranos gentes muy especiales, alejadas del aplatanamiento propio de lugares más cálidos. Cualquier acontecimiento como las fiestas del lugar o los actos religiosos se vivían con gran intensidad y con la participación de todos y cada uno de sus habitantes. Había mucha afición a cantar y ¡Qué voces tan bonitas! Los hombres, de madrugada, cantaban por las calles “Las Mañanitas” y aunque fuesen las seis de la mañana sonaban a cánticos celestiales y el madrugón, se daba por bien empleado. Pero esto era en verano y éste... sigue siendo un cuento de Navidad. No hay mejor “sonido”, en mi recuerdo que el de la nieve cuyo silencio y paz casi se oían en las calles y otra vez el de los coros en la Iglesia con esas voces graves que tanto impresionan.Las costumbres pintorescas, tampoco se me olvidan. Las gentes eran verdaderamente ingeniosas y las tertulias allí eran un placer. Teníamos un amigo, José Luís, que atravesaba una racha de misticismo por aquel entonces. Nos contaba, años más tarde, que estando él solo, en la iglesia vacía, reflexionaba, rezaba o lo que fuese sentado en un rincón, cuando entró un grupo de mujeres, de las típicas “ratoncillos de iglesia”. Entraron decididamente, en la capilla donde estaba la Virgen y dadas las fechas que se acercaban, solícitamente empezaron a arreglarla. El cuerpo de la imagen era simplemente un armazón de cañas, pero ellas púdicamente la rodeaban para protegerla de posibles miradas indiscretas. Cuando les pareció que ya estaba lista, vestida, pintada y bien guapa (pensaban ellas) y creyéndose solas, una a una se hacía abrazar por Ella, para lo cual las otras articulaban los brazos alrededor de la afortunada de turno, con el consabido crujido del armazón de la cariñosa Madre. Las mujeres después ¡Tan contentas! Claro.
Pasaron unos años, no muchos y este mismo observador silencioso, encontró la muerte, mientras paseaba por El Retiro, en Madrid, donde transcurría entonces su vida o lo que quedaba de ella. Alguien se acercó a pedirle un cigarrillo. No tenía ya que él, no fumaba y simplemente ¡Lo mataron!. Así por las malas y sin más discusión. Todos lo recordamos porque era majísimo y porque aquello: ¡fue tan injusto! Mingote en ABC hizo el consabido chiste macabro de que “No fumar, después de todo, no es tan sano” En fin… Otra costumbre del pueblo, que venía de lejos, era sacar al Niño Jesús de su capilla y llevarlo “de visita” a las casas donde había enfermos. Mi abuela (uno de ellos) a pesar de su enfermedad no perdía su alegría y recibía también a otros niños, que eran obsequiados con dulces y turrones. Nos juntábamos diez primos en la casa y algunos participábamos de la fiesta. Recuerdo cómo, a mi abuela se le saltaban las lágrimas de risa con las cosas de los unos y de los otros. Los villancicos resonaban también en el pueblo, pero el acompañamiento lo hacía un hombre que llevaba una especie de collar que parecía o era (no lo recuerdo bien) de huesos, que hacía sonar con otro que llevaba en la mano. En la Iglesia de Santa Ana, la del "Barrio de Arriba”, se preparaba con gran solemnidad la Misa del Gallo. La espiritualidad de la gente era profunda y la vivían con recogimiento y devoción. Uno de mis primos se había pasado con los turrones y sus tripas empezaron a hacerse notar en plena ceremonia.
La gente cantaba. La “Consagración” se acercaba. Sonó la campanilla que la anunciaba y un silencio emocionado lo llenó todo. Ese Magaña, que era mi primo, sufría. Miró a su alrededor: Allí estaba la gente más respetable, la más ilustre: el médico, Doña Ester (su mujer), mi abuelo, Luís “el Contente” (su mujer cortaba su labia excesiva a la voz de “Contente, Luís Contente”). Todos allí, PRESENTES. ¿Qué podía él hacer ante aquello que se removía por su barriga?... ¡Lo tenía! Apretaría fuertemente el culo contra la madera del asiento para atenuar y “lo que Dios quiera” pensó asustado”…. ¡Que ruido! ¡Que magnífica resonancia, mantenida, duradera y vibrante! Y después otra vez, el silencio, más profundo todavía. Aquella SONADA Navidad pasó, como cualquier otra. Igual pero distinta. De las de antes, con un Niño Jesús que predicar, no predicaba, porque era un bebé y solo sabía decir “gugu- tata”, como los demás bebés, pero que cuando fue creciendo estaba del lado de los pescadores y que además cuando fue mayor el primer Milagro que hizo fue convertir el agua en vino, en una boda; lo cual más que un milagro fue ¡UN DETALLAZO! Aquel Niño y aquellas navidades de antes, sin bengalas, bolitas de colores y pamplinas que maldita la falta que nos hacen a nadie, nos traen en cambio el recuerdo de la convivencia, las reuniones familiares, las comidas y los regalitos más humildes y más apreciados que los de ahora.En cualquier caso, la Navidad Ángela Magañaahora, es distinta y así hay que vivirla y ya que hemos hablado de vino, podríamos, pienso yo, acabar este cuento brindando.
Con un buen vinillo y como este cuento es de un pueblo riojano, pues: “¡QUE SEA RIOJA. POR FAVOR!” ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!