Yo tengo una amiga que tiene una hermana, que tiene un marido que se llama…: y ¡ahí está el problema! … no lo recuerdo. Yo se que es un nombre de mujer en principio, masculinizado y dado mi despiste y desmemoria cuando tengo que preguntar por él (y ya me ha pasado dos veces), poniéndome muy fina digo: ¿y Margarito, cómo está? (tiene más de 90 años) Y ahí viene el pitorreo, la risita y un buen corte para mí. Lo más seriecitos que pueden me dicen: “se llama CRISTINO”
En otra ocasión en una reunión de familia (lejana) me interesé por “el tío Tom” y se hizo un silencio glacial; el Sr., en cuestión, morenito y de hablar cubano se llamaba Claudio, ni más ni menos y lo de Tío Tom era una ironía familiar que yo no había captado.
Años atrás teníamos una amiga inglesa que se llamaba Connie y siempre al hablar la nombrábamos “Coni Puneti”. Un día vino a vernos la inglesita y afortunadamente, en cuanto se fue, mi madre dijo: “Hay que ver esta chica tan maja como puede tener un nombre tan horrible:¡Connie Puneti!”
Mi despiste me viene por herencia materna, me temo.
Quizá deba yo, como propósito de Año Nuevo, aprender de memoria un pedacito de listín de teléfonos, cada día, e intentar así fortalecer mi memoria y tratar de disipar un poco mi despiste.
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miércoles, 12 de enero de 2011
domingo, 15 de agosto de 2010
CALOR DE HOGAR
Un cuentecito de nada.
Tenía 4 años pero… era el hermano mayor; otros dos le seguían.
Era domingo, llovía, los pañales recién lavados y estirados sobre improvisadas cuerdas de tender llenaban los pasillos; una estufa encendida en un rincón intentaba paliar el frío y combatir tanta humedad. Sólo la abuela se ocupaba de los niños, la tarde era fría en aquella vieja casa.
Ángel a sus 4 años oía de vez en cuando la dichosa frasecita: “tú que eres el mayor…” El chiquitín de la casa dormía en el cochecito. Ángel pensó: “¿tendrá frío? La abuela, ocupada con la niña de 3 años, no se dio cuenta de que el niño empujaba el coche con el bebé dentro para acercarlo a la estufa encendida. Sorteaba como podía los pañales tendidos por el pasillo y consiguió acercar a su hermano a la lumbre.
Los alaridos del bebé alertaron, por fin, a la abuela. El cochecito de plástico se derretía a pasos agigantados y el crío, rojo y sudoroso, chillaba con todas sus fuerzas.
La ayuda llegó a tiempo y la aterrorizada abuela sacó al pequeño de allí sano y salvo. Ángel lloraba también de oír a su hermano.
Susto mayúsculo que hizo que los jóvenes padres maduraran un poco y se dieran cuenta de que los tres niños eran pequeños, incluido el mayor.
Estuvieron a punto de pagar por esta lección un precio demasiado alto. Estaba claro que el ángel de la guarda había hecho un buen trabajo.
Tenía 4 años pero… era el hermano mayor; otros dos le seguían.
Era domingo, llovía, los pañales recién lavados y estirados sobre improvisadas cuerdas de tender llenaban los pasillos; una estufa encendida en un rincón intentaba paliar el frío y combatir tanta humedad. Sólo la abuela se ocupaba de los niños, la tarde era fría en aquella vieja casa.
Ángel a sus 4 años oía de vez en cuando la dichosa frasecita: “tú que eres el mayor…” El chiquitín de la casa dormía en el cochecito. Ángel pensó: “¿tendrá frío? La abuela, ocupada con la niña de 3 años, no se dio cuenta de que el niño empujaba el coche con el bebé dentro para acercarlo a la estufa encendida. Sorteaba como podía los pañales tendidos por el pasillo y consiguió acercar a su hermano a la lumbre.
Los alaridos del bebé alertaron, por fin, a la abuela. El cochecito de plástico se derretía a pasos agigantados y el crío, rojo y sudoroso, chillaba con todas sus fuerzas.
La ayuda llegó a tiempo y la aterrorizada abuela sacó al pequeño de allí sano y salvo. Ángel lloraba también de oír a su hermano.
Susto mayúsculo que hizo que los jóvenes padres maduraran un poco y se dieran cuenta de que los tres niños eran pequeños, incluido el mayor.
Estuvieron a punto de pagar por esta lección un precio demasiado alto. Estaba claro que el ángel de la guarda había hecho un buen trabajo.
sábado, 31 de mayo de 2008
PRIMERA NOCHE DE FARRA
Las tres de la madrugada. Volvíamos a casa excitadas y muertas de miedo. El baile había sido, divertidísimo y el primero para nosotras. Ahora, teníamos que pasar desapercibidas. No teníamos permiso para llegar tan tarde. Ahora pienso, que tampoco se hubiesen enfadado mucho, pero en aquel momento la trasgresión, nos parecía tremenda.
A oscuras, con los zapatos en la mano, subíamos nerviosas y aguantándonos las risitas que la situación nos provocaba. Ya habíamos llegado al primer piso. Faltaban dos más. La casa era grande y tanto mis abuelos, como mis tíos podían despertarse en cualquier momento.
Caserón de pueblo con gallinas abajo, en el corral. La limpieza no era extremada. Noté que algo raro iniciaba, por mi pierna, el camino hacia arriba. Bajé la mirada y allí, al borde de mi calcetín, ya sobre mi piel, la vi. Negra y repugnante: ¡UNA CUCARACHA! Perdí los nervios y mi silencio dio paso a risas mezcladas con lágrimas histéricas. Algo húmedo, se me escapó y a la vez perdí la sensación de ser “mayor”. Volví a ser la niña asustada que se había hecho pis, del susto tremendo
A oscuras, con los zapatos en la mano, subíamos nerviosas y aguantándonos las risitas que la situación nos provocaba. Ya habíamos llegado al primer piso. Faltaban dos más. La casa era grande y tanto mis abuelos, como mis tíos podían despertarse en cualquier momento.
Caserón de pueblo con gallinas abajo, en el corral. La limpieza no era extremada. Noté que algo raro iniciaba, por mi pierna, el camino hacia arriba. Bajé la mirada y allí, al borde de mi calcetín, ya sobre mi piel, la vi. Negra y repugnante: ¡UNA CUCARACHA! Perdí los nervios y mi silencio dio paso a risas mezcladas con lágrimas histéricas. Algo húmedo, se me escapó y a la vez perdí la sensación de ser “mayor”. Volví a ser la niña asustada que se había hecho pis, del susto tremendo
VISTAS A LA MONTAÑA
Jueves, 29 de mayo de 2008
VISTAS A LA MONTAÑA
Agitada era mi vida en aquel tiempo. Tres niños muy pequeños: ocho, siete y tres años y ninguna ayuda de ningún color. Mi casa en el centro de Motril, tenía a pesar de todo, una vista muy bonita a la montaña.
Yo estaba “sentada en el trono”, Con la puerta entornada para no perder a los niños de vista, contemplaba el panorama muy relajadita y además andaba en una tarea ciertamente escatológica aunque no menos importante, por eso.
Llamaron a la puerta y el pequeño de los tres acudió solícito a abrir.
Como una exhalación entró después en el cuarto de baño, dejándolo abierto de par en par y me dijo: “Mamá, el de las cortinas”.
Me encontré con que desde el pasillo, el buen señor, me miraba atónito
Muchos años han pasado, pero supongo que me diría: “Señora, no se levante” o algo parecido.
Dos cosas tengo claras:
Primera: No maté a mí niño (soy una santa)
Segunda. Aquel hombre, desde entonces cada vez que me veía me obsequiaba con la mejor de sus sonrisas.
Cualquier forma de hacer amigos es buena. ¿No les parece? ANGELA MAGAÑA
VISTAS A LA MONTAÑA
Agitada era mi vida en aquel tiempo. Tres niños muy pequeños: ocho, siete y tres años y ninguna ayuda de ningún color. Mi casa en el centro de Motril, tenía a pesar de todo, una vista muy bonita a la montaña.
Yo estaba “sentada en el trono”, Con la puerta entornada para no perder a los niños de vista, contemplaba el panorama muy relajadita y además andaba en una tarea ciertamente escatológica aunque no menos importante, por eso.
Llamaron a la puerta y el pequeño de los tres acudió solícito a abrir.
Como una exhalación entró después en el cuarto de baño, dejándolo abierto de par en par y me dijo: “Mamá, el de las cortinas”.
Me encontré con que desde el pasillo, el buen señor, me miraba atónito
Muchos años han pasado, pero supongo que me diría: “Señora, no se levante” o algo parecido.
Dos cosas tengo claras:
Primera: No maté a mí niño (soy una santa)
Segunda. Aquel hombre, desde entonces cada vez que me veía me obsequiaba con la mejor de sus sonrisas.
Cualquier forma de hacer amigos es buena. ¿No les parece? ANGELA MAGAÑA
viernes, 23 de mayo de 2008
IN ILLO TEMPORE
Era mi colegio, atípico para los años que corrían y para ser monjas, como eran, las que lo dirigían y muchas de las profesoras. Para empezar, insistían hasta la saciedad en que lo verdaderamente importante era que que aprendiésemos. Lo relativo a modales y similares, me atrevería yo a decir que les importaba más bien poco. Incluso me parecía observar que la excusa de haber ido a misa o similares, las irritaba soberanamente. Lo único que allí contaba era que estudiásemos como estaba mandado. Era un colegio francés, las enseñanzas se impartían en ese idioma y se suponía que todo el mundo tenía que hablar, siempre, en francés. Recuerdo un día en que una monja irrumpió súbitamente en una de las aulas y pilló a una de mis compañeras saltando a pata coja, de mesa e mesa, cantando a la vez. "Yo soy el pirata de pata de palo, de ojo de vidrio y de cara de malo" Al ver a la profesora en cuestión, la niña no dejó ni de saltar, ni de cantar; siguió igual pero cantando en francés. Como reacción, creo que es indicativa.
Otra de las profes (no era monja) estaba absolutamente enamorada del Fénix de los Ingenios "Lope de Vega" y nos hablaba de él con entusiasmo, como si de alguien suyo se tratara. Dada mi particular y extremista forma de ser, una de la cosas que me llegaba era cuando decía (Lope) en boca de un D. Juan, suyo: "Yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás". Sabido es que andaba en liza contra Góngora y siempre del lado de su buen amigo Quevedo. Pienso yo, sin embargo, que más debió amar que aborrecer, ya que tuvo varias mujeres, (la última ya, tarde en su vida, después incluso de haberse hecho sacerdote) y algo así como cincuenta y tantos hijos. Deduzco, de este pequeño detalle, que debió pasar más tiempo amando que aborreciendo. En fin...
P.D. Digna de admiración la forma de trabajar de ese monstruo, que era Lope. Tan prolijo en la escritura, como lo fue Mozart en sus composiciones musicales. En nuestro taller de escritura tanto el profesor, como nuestra ganadora Maite nos aconsejan escribir así, cada día y sin pereza. No estaría de más, pues, que lo tomasemos como ejemplo. ANGELA MAGAÑA
Otra de las profes (no era monja) estaba absolutamente enamorada del Fénix de los Ingenios "Lope de Vega" y nos hablaba de él con entusiasmo, como si de alguien suyo se tratara. Dada mi particular y extremista forma de ser, una de la cosas que me llegaba era cuando decía (Lope) en boca de un D. Juan, suyo: "Yo he nacido en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás". Sabido es que andaba en liza contra Góngora y siempre del lado de su buen amigo Quevedo. Pienso yo, sin embargo, que más debió amar que aborrecer, ya que tuvo varias mujeres, (la última ya, tarde en su vida, después incluso de haberse hecho sacerdote) y algo así como cincuenta y tantos hijos. Deduzco, de este pequeño detalle, que debió pasar más tiempo amando que aborreciendo. En fin...
P.D. Digna de admiración la forma de trabajar de ese monstruo, que era Lope. Tan prolijo en la escritura, como lo fue Mozart en sus composiciones musicales. En nuestro taller de escritura tanto el profesor, como nuestra ganadora Maite nos aconsejan escribir así, cada día y sin pereza. No estaría de más, pues, que lo tomasemos como ejemplo. ANGELA MAGAÑA
sábado, 10 de mayo de 2008
SEISCIENTAS CINCUENTA PESETAS
Recuerdo que aquel fue mi primer trabajo.
Tenía yo quince años y estaba en el colegio. Mi clase estaba en el tercer piso y olía a tiza y también a ollín, añadido a ese olor inconfundible de una clase abarrotada de jóvenes adolescentes. Llevábamos uniformes que diluían, un poco, nuestra individualidad y en los que nos sentíamos cómodas. Nuestros recreos transcurrían en la terraza de un edificio en pleno centro de Madrid, por lo cual y debido al humo de las chimeneas, los calcetines, blancos al salir de casa, viraban rápidamente al color de la ciudad, el gris.
Aquel día la monja, vino hacia mí y me preguntó si me gustaría dar unas clases, después del colegio. Lo de ganarme unas perras, me pareció una idea fabulosa y así cada día, cuando yo acababa, me dirigía a la Plaza del Ángel, donde ayudaba a dos hermanas, un poco más crías que yo, a hacer los deberes.
Un mes transcurrió y cobré, mi maravilloso primer sueldo. Seiscientas cincuenta pesetas, no lo olvidaré. Increíblemente y aunque era una auténtica niña, yo, tenía novio. Mi estado amoroso era grave, severo y mis compañeras, amigas, familia y monjas lo sabían. Era evidente, el amor se me salía por las orejas. Cogí pues ese primer sueldo de mi vida y me fui a una tienda carísima y prohibitiva del centro a comprar un regalo para mi novio. Uno de los dos que le hice. Una pitillera por un lado y por otro las obras completas de GARCÍA LORCA.
Mi ilusión no tenía límite y la compensación que obtuve tampoco. Allí aprendió ÉL a decirme eso de: DEL BESO QUE A TU RISA LE PREPARO, SE TE VA A DERRAMAR LO MENOS MEDIO.
Tenía yo quince años y estaba en el colegio. Mi clase estaba en el tercer piso y olía a tiza y también a ollín, añadido a ese olor inconfundible de una clase abarrotada de jóvenes adolescentes. Llevábamos uniformes que diluían, un poco, nuestra individualidad y en los que nos sentíamos cómodas. Nuestros recreos transcurrían en la terraza de un edificio en pleno centro de Madrid, por lo cual y debido al humo de las chimeneas, los calcetines, blancos al salir de casa, viraban rápidamente al color de la ciudad, el gris.
Aquel día la monja, vino hacia mí y me preguntó si me gustaría dar unas clases, después del colegio. Lo de ganarme unas perras, me pareció una idea fabulosa y así cada día, cuando yo acababa, me dirigía a la Plaza del Ángel, donde ayudaba a dos hermanas, un poco más crías que yo, a hacer los deberes.
Un mes transcurrió y cobré, mi maravilloso primer sueldo. Seiscientas cincuenta pesetas, no lo olvidaré. Increíblemente y aunque era una auténtica niña, yo, tenía novio. Mi estado amoroso era grave, severo y mis compañeras, amigas, familia y monjas lo sabían. Era evidente, el amor se me salía por las orejas. Cogí pues ese primer sueldo de mi vida y me fui a una tienda carísima y prohibitiva del centro a comprar un regalo para mi novio. Uno de los dos que le hice. Una pitillera por un lado y por otro las obras completas de GARCÍA LORCA.
Mi ilusión no tenía límite y la compensación que obtuve tampoco. Allí aprendió ÉL a decirme eso de: DEL BESO QUE A TU RISA LE PREPARO, SE TE VA A DERRAMAR LO MENOS MEDIO.
domingo, 13 de abril de 2008
AMIGOS
No se porque siempre me he sentido atraída por la gente mayor. Puede que sea porque mis padres murieron jóvenes. Quizá ni eso. Simplemente, me gustan. ¡Tienen tanto que contar!
Me ha pasado siempre, incluso antes de ser yo misma talludita.
Siempre ha habido un anciano en mi vida. No fue la primera, pero hubo una Dª Aurelia, a la que quise mucho, con un amor correspondido. En principio, nos unía la diabetes. Creo que ella me adoptó por eso. Era yo, muy jovencita entonces. Ella era una viejecita guapetona, graciosa y pulcra, con mucho sentido del humor. Hablar con ella era una gozada auténtica. Contaba que su marido había sido tan feo, que nunca tuvo que molestarse en sentir celos. Otras cosas, serias y pasadas, contaba ella festivamente y sin hacer tragedia. Por ejemplo: que su padre (y toda la familia con él) se arruinó en el juego, nada menos que en tres ocasiones. "Cuando no puedo dormir,- decía ella- pienso en cosas que me gustan y ¿qué me gusta a mí?- añadía- me gusta el dinero". Así es que sus pensamientos le quitaban el insomnio. Dio la casualidad de que yo estaba con ella, cuando murió y la tenía cogida de la mano en el momento. Nos dijo. "No os preocupeis, hijos, que yo, no me malogro".
La recordaré siempre como encantadora. ¡Ojala esos ánimos, fuesen tónica general! ANGELA
Me ha pasado siempre, incluso antes de ser yo misma talludita.
Siempre ha habido un anciano en mi vida. No fue la primera, pero hubo una Dª Aurelia, a la que quise mucho, con un amor correspondido. En principio, nos unía la diabetes. Creo que ella me adoptó por eso. Era yo, muy jovencita entonces. Ella era una viejecita guapetona, graciosa y pulcra, con mucho sentido del humor. Hablar con ella era una gozada auténtica. Contaba que su marido había sido tan feo, que nunca tuvo que molestarse en sentir celos. Otras cosas, serias y pasadas, contaba ella festivamente y sin hacer tragedia. Por ejemplo: que su padre (y toda la familia con él) se arruinó en el juego, nada menos que en tres ocasiones. "Cuando no puedo dormir,- decía ella- pienso en cosas que me gustan y ¿qué me gusta a mí?- añadía- me gusta el dinero". Así es que sus pensamientos le quitaban el insomnio. Dio la casualidad de que yo estaba con ella, cuando murió y la tenía cogida de la mano en el momento. Nos dijo. "No os preocupeis, hijos, que yo, no me malogro".
La recordaré siempre como encantadora. ¡Ojala esos ánimos, fuesen tónica general! ANGELA
jueves, 13 de diciembre de 2007
Relato de Muchas Navidades...una tras otra.
Marta Salas nació hace unos cuantos añitos ya. Justamente en vísperas de Navidad, en su mes preferido: Diciembre.
Hubo una época en que la simple llegada del día de su cumpleaños, le suponía alegría y la predisponía a la felicidad navideña.
Al ser la más jovencita todos tendían a volcar en ella su cariño e ilusiones.
En su casa todo se hacía a la antigua usanza y sus padres no eran amigos de complicaciones. Ni árbol, ni zarandajas… Un Portalito y punto. Los días de fiesta se celebraban con una buena comida en familia y se esperaba con ilusión la Noche de Reyes en la que (eso si), todo el mundo tenía su regalito. Nadie allí gozaba de ninguna habilidad especial. Ni cantaban bien, ni nada de eso que otras gentes suelen hacer. Hablaban siempre con mucho humor y le sacaban punta a cualquier tontería para reírse.
El padre contaba casi siempre las mismas historias, que seguían año tras años haciendo gracia a todos. Echaban algún bailecito, levantando él la pierna a lo Charlot y los demás como podían, pero sin más.
Con eso de que era bastante más joven que los demás Marta se casó (a partes iguales) con 18 años y con un compañero de una hermana, mayor que ella. Ni que decir tiene, que seguían reuniéndose con los suyos cada Navidad por muy lejos que estuviesen (que lo estaban) y que todo siguió siendo hogareño y parecido los primeros años. Incluso mejor, un par de años más tarde cuando empezaron los hijos a nacer. Los de ella y los de sus hermanos.
Pero… LOS PADRES TIENEN A VECES LA MALA COSTUMBRE DE MORIRSE y éstos pues ¡Hala! Siguieron la tradición y uno tras otro se fueron. Demasiado jóvenes, por cierto. Sin superar apenas los 60 años.
Marta, dejó de ser la niña querida y pasó a ser la que hacía de anfitriona de los demás en Navidad, verano, etc.
Cuando faltan los patriarcas los cambios son tremendos, pero no radicales. Parece que su espíritu permanece haciendo de nexo de unión, durante algún tiempo todavía. El tiempo corrió y más Navidades pasaron, que siguieron pareciéndose a las anteriores.
Crecieron los unos y los otros. Estudiaban, trabajaban lejos y la vida se fue complicando.
El destino les deparó parejas a todos y cada cual contaba con sus padres correspondientes como está mandado.
De repente y sin casi notarlo, fueron siendo devorados por ese cambio de mentalidad que como la primavera” ha venido sin saber por qué ha sido” y la que llevaba el peso de la familia, Marta, se empezó a notar menos capaz de tirar ella sola de todo el jaleo: organización, compras, camas, comidas, nietos, etc. Aunque lo que más le pesaba era la tarea quijotesca de “desfacedora de entuertos” que siempre, alguno surgía, entre unos y otros.
CONCLUSIÓN: tanto Marta como su marido, ven llegar las Navidades con auténtico pavor y un terrible poso de nostalgia.
Como son, a pesar de todo, gentes de acción y dados a buscar soluciones, están pensando en la conveniencia de adoptar como suyo el detestable término “SOLSTICIO DE INVIERNO” sustitutivo del anteriormente preferido por ellos y por el resto de la humanidad: NAVIDAD y trasladarse el año que viene por estas fechas (solos o acompañados de personas de su misma generación, que tengan problemas similares) a las Bahamas o a cualquier otro sitio lo suficientemente lejano.
P.D. Pues no, tras profunda reflexión. Marta ha decidido, que una cosa es desahogarse y otra muy distinta, permitir que la NAVIDAD familiar, se vaya al garete. Así es que de lo dicho nada.
ÁNGELA MAGAÑA
Hubo una época en que la simple llegada del día de su cumpleaños, le suponía alegría y la predisponía a la felicidad navideña.
Al ser la más jovencita todos tendían a volcar en ella su cariño e ilusiones.
En su casa todo se hacía a la antigua usanza y sus padres no eran amigos de complicaciones. Ni árbol, ni zarandajas… Un Portalito y punto. Los días de fiesta se celebraban con una buena comida en familia y se esperaba con ilusión la Noche de Reyes en la que (eso si), todo el mundo tenía su regalito. Nadie allí gozaba de ninguna habilidad especial. Ni cantaban bien, ni nada de eso que otras gentes suelen hacer. Hablaban siempre con mucho humor y le sacaban punta a cualquier tontería para reírse.
El padre contaba casi siempre las mismas historias, que seguían año tras años haciendo gracia a todos. Echaban algún bailecito, levantando él la pierna a lo Charlot y los demás como podían, pero sin más.
Con eso de que era bastante más joven que los demás Marta se casó (a partes iguales) con 18 años y con un compañero de una hermana, mayor que ella. Ni que decir tiene, que seguían reuniéndose con los suyos cada Navidad por muy lejos que estuviesen (que lo estaban) y que todo siguió siendo hogareño y parecido los primeros años. Incluso mejor, un par de años más tarde cuando empezaron los hijos a nacer. Los de ella y los de sus hermanos.
Pero… LOS PADRES TIENEN A VECES LA MALA COSTUMBRE DE MORIRSE y éstos pues ¡Hala! Siguieron la tradición y uno tras otro se fueron. Demasiado jóvenes, por cierto. Sin superar apenas los 60 años.
Marta, dejó de ser la niña querida y pasó a ser la que hacía de anfitriona de los demás en Navidad, verano, etc.
Cuando faltan los patriarcas los cambios son tremendos, pero no radicales. Parece que su espíritu permanece haciendo de nexo de unión, durante algún tiempo todavía. El tiempo corrió y más Navidades pasaron, que siguieron pareciéndose a las anteriores.
Crecieron los unos y los otros. Estudiaban, trabajaban lejos y la vida se fue complicando.
El destino les deparó parejas a todos y cada cual contaba con sus padres correspondientes como está mandado.
De repente y sin casi notarlo, fueron siendo devorados por ese cambio de mentalidad que como la primavera” ha venido sin saber por qué ha sido” y la que llevaba el peso de la familia, Marta, se empezó a notar menos capaz de tirar ella sola de todo el jaleo: organización, compras, camas, comidas, nietos, etc. Aunque lo que más le pesaba era la tarea quijotesca de “desfacedora de entuertos” que siempre, alguno surgía, entre unos y otros.
CONCLUSIÓN: tanto Marta como su marido, ven llegar las Navidades con auténtico pavor y un terrible poso de nostalgia.
Como son, a pesar de todo, gentes de acción y dados a buscar soluciones, están pensando en la conveniencia de adoptar como suyo el detestable término “SOLSTICIO DE INVIERNO” sustitutivo del anteriormente preferido por ellos y por el resto de la humanidad: NAVIDAD y trasladarse el año que viene por estas fechas (solos o acompañados de personas de su misma generación, que tengan problemas similares) a las Bahamas o a cualquier otro sitio lo suficientemente lejano.
P.D. Pues no, tras profunda reflexión. Marta ha decidido, que una cosa es desahogarse y otra muy distinta, permitir que la NAVIDAD familiar, se vaya al garete. Así es que de lo dicho nada.
ÁNGELA MAGAÑA
jueves, 6 de diciembre de 2007
Cruel bondad que tanto obliga
Marta Salas, como cualquier mortal, tenía un padre y una madre. Buena gente, cultos y buenos educadores.
La madre no planteaba problemas. Tenía su carácter normal y era humana, cercana y accesible. Lo normal en una buena madre. Algunas frases suyas pervivieron en la cabeza de Marta, como cuando, por ejemplo le decía "Hija mía eres tan poco cotilla que eres antipática" y otras, más útiles para su vida futura, como cuando le aconsejaba que el día que se casase, (en aquel tiempo, era lo normal) se dejase de "ranciedades" para con su marido y que disfrutase, preferiblemente con él, lo más que pudiese. Ambos progenitores coincidían en aconsejarle que trabajase a la par de su pareja y no se limitase a ser ama de casa, si podía. Todo normal hoy, pero precursor en aquel tiempo y Marta tuvo años por delante para recordar con agradecimiento, cariño y alegría la mentalidad que le habían dejado como herencia.
El padre, en cambio, SI planteaba un problema. Increíble problema: LA BONDAD. Era tan amable y bondadoso, tan poco regañador y tan querido por toda la familia, capitaneada por la madre, que nadie quería disgustarle. Como resultado Marta era muy formalita y estudiaba como una cosaca (rarilla la cosaca en cuestión, ya que en general no era lo normal entre cosacos) y si le daban ganas de hacer lo que no debía, pensando en su padre, renunciaba. Con lo cual, el buen señor, sin proponérselo, era toda una autoridad en la familia.
Para que no resultase la susodicha familia, repipi y antipática Marta al hablar de su pasado y para compensar, se solía referir al hecho de que su madre, en cambio, cuando alguno de sus hermanos o ella misma (eran cuatro en total) no obedecía, los perseguia esgrimiendo un huevo de madera de los que se usaban para zurcir calcetines, para lanzarlo amenazadoramente. Ellos se defendían poniéndose delante de un frágil cristal con lo que el lanzamiento de huevo era eficazmente evitado. No se asunten Vds. eran simplemente... otros tiempos
ANGELA MAGAÑA
La madre no planteaba problemas. Tenía su carácter normal y era humana, cercana y accesible. Lo normal en una buena madre. Algunas frases suyas pervivieron en la cabeza de Marta, como cuando, por ejemplo le decía "Hija mía eres tan poco cotilla que eres antipática" y otras, más útiles para su vida futura, como cuando le aconsejaba que el día que se casase, (en aquel tiempo, era lo normal) se dejase de "ranciedades" para con su marido y que disfrutase, preferiblemente con él, lo más que pudiese. Ambos progenitores coincidían en aconsejarle que trabajase a la par de su pareja y no se limitase a ser ama de casa, si podía. Todo normal hoy, pero precursor en aquel tiempo y Marta tuvo años por delante para recordar con agradecimiento, cariño y alegría la mentalidad que le habían dejado como herencia.
El padre, en cambio, SI planteaba un problema. Increíble problema: LA BONDAD. Era tan amable y bondadoso, tan poco regañador y tan querido por toda la familia, capitaneada por la madre, que nadie quería disgustarle. Como resultado Marta era muy formalita y estudiaba como una cosaca (rarilla la cosaca en cuestión, ya que en general no era lo normal entre cosacos) y si le daban ganas de hacer lo que no debía, pensando en su padre, renunciaba. Con lo cual, el buen señor, sin proponérselo, era toda una autoridad en la familia.
Para que no resultase la susodicha familia, repipi y antipática Marta al hablar de su pasado y para compensar, se solía referir al hecho de que su madre, en cambio, cuando alguno de sus hermanos o ella misma (eran cuatro en total) no obedecía, los perseguia esgrimiendo un huevo de madera de los que se usaban para zurcir calcetines, para lanzarlo amenazadoramente. Ellos se defendían poniéndose delante de un frágil cristal con lo que el lanzamiento de huevo era eficazmente evitado. No se asunten Vds. eran simplemente... otros tiempos
ANGELA MAGAÑA
miércoles, 31 de octubre de 2007
La Frialdad de la Muerte
31.10.07. Se acaba el mes, uno más y es miércoles.
Leo en el Blog “Otra vez Prometeo”: Todos los Santos.
Me retrotrae al doloroso primer contacto que tuve yo, con la muerte. Yo estaba embarazadísima y vivía en Huelva, lejos de mi familia de Madrid. Todos me ocultaban que mi padre se moría muy joven (60 años) y muy de repente. Lo operaron y en seis días se murió. Me dijeron que estaba “enfermo” y nos fuimos hacia allí. Al llegar el portal de mi casa en “Reina Victoria” tenía uno de los portones cerrados. Único significado para eso, solo uno, costumbre de Madrid.
Yacía en su féretro y yo acostumbrada a sus manos largas, limpias y calientes, me acerqué a cogerle una. Descubrí de golpe la frialdad y rigidez de la muerte. ¡QUÉ DOLOR! Dolor que no pasa, ni pasará nunca. No se ni cómo he podido contarlo… Quizá porque sois mis amigos.
ÁNGELA MAGAÑA.
Leo en el Blog “Otra vez Prometeo”: Todos los Santos.
Me retrotrae al doloroso primer contacto que tuve yo, con la muerte. Yo estaba embarazadísima y vivía en Huelva, lejos de mi familia de Madrid. Todos me ocultaban que mi padre se moría muy joven (60 años) y muy de repente. Lo operaron y en seis días se murió. Me dijeron que estaba “enfermo” y nos fuimos hacia allí. Al llegar el portal de mi casa en “Reina Victoria” tenía uno de los portones cerrados. Único significado para eso, solo uno, costumbre de Madrid.
Yacía en su féretro y yo acostumbrada a sus manos largas, limpias y calientes, me acerqué a cogerle una. Descubrí de golpe la frialdad y rigidez de la muerte. ¡QUÉ DOLOR! Dolor que no pasa, ni pasará nunca. No se ni cómo he podido contarlo… Quizá porque sois mis amigos.
ÁNGELA MAGAÑA.
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