martes, 5 de abril de 2011

MALAS LENGUAS

Cuento muy filosófico.

Hipólito y su mujer “Potita” (de Hipólita ¡coincidencias de la vida!) vivían con cierta alegría sus “vejeras” más o menos incipientes.
Maduritos, los dos, intentaban mantenerse en forma.
Él decidió un día volver a ir a un gimnasio y así lo hizo. Entre otras cosas no quería engordar pero no estaba dispuesto a dejar de darle al diente, ni tampoco a renunciar a sus copitas, cosas ambas que hacía con sumo regodeo. El primer día acudió a la cita con el deporte con bastante entusiasmo.
Potita, la pobre, admitía con humildad y realismo que ella se mantenía bastante bien pero que ya no estaba, ni mucho menos, para tirar cohetes.
Soy poquita cosa, pensaba y reconocía que había llegado a la edad en que una se siente más o menos invisible.
Regresó él del gimnasio el primer día muy contento y animado explicando lo bien que le había ido y lo imponente/opulenta/eficaz, etc. que era su monitora; una cincuentona (decía él... ya será menos, pensaba ella) aparente que le había parecido de perlas.

Tenía, según su descripción, muchísimas… cualidades (digámoslo así)
Sin hacerle mucho caso Potita escuchaba y reflexionaba: “¡Raro: creía yo que lo normal era tener dos!” pero no le dio mayor importancia.
Al día siguiente Hipólito empezó a quejarse: “Me duele todo” y luego: su calvario.
Potita, amigos y familiares decidieron que ante semejante potencia femenina había hecho él todo lo que se sabía para lucirse. Diagnosticaron: ¡agujetas!
¡Pero no! Las molestias no remitían y el pobre Hipólito estaba cada vez más malito a la vez que la tomadura de pelo del entorno aumentaba.
Vio el cielo abierto cuando le dio un fiebrón de casi cuarenta y la gripe ¡al fin! dio la cara.
Potita, muy madrileña ella, “se la tuvo que envainar” y el honor del griposo y madurito señor fue restituido… ¡Loado sea el Señor!

Potita empezó entonces a cuidarle como él se merecía; Hipólito, nuestro héroe, en unos días recuperó también la salud y dada su bondad innata perdonó y no le pego la gripe a Potita, ni nada.

Ahora un consejillo: ¡CUIDADO AMIGUITOS CON LAS MALAS LENGUAS!

domingo, 3 de abril de 2011

MI PUEBLO

MI PUEBLO

Mi denostado Madrid cuenta con detractores múltiples que se crecen en sus ataques a la ciudad, pero yo la quiero. El amor es algo que puede languidecer por causas varias. La principal es el aburrimiento y en mi pueblo es casi imposible no disfrutar.
Maravilloso ballet cubano el que vimos la otra noche y mi conclusión la siguiente: “Qué bonita es la juventud” Belleza, elasticidad, gracia, ritmo, brío y alegría contagiosa.
Hoy hemos visitado Las Descalzas Reales, plenas de cuadros a cual más admirables; al alcance de la mano un Goya; otro de Rubens, varios de Claudio Coello que ¡Oh sorpresa! no es, simplemente, el nombre de una calle (adviértase mi ignorancia)
Y más pinturas, tallas, marfiles y tapices bordados con artesanal pericia.
El convento de monjas de clausura que a lo largo de los tiempos habían ido aportando a su matrimonio (con Dios) sus ajuares, constituidos pr las mil obras de arte allí expuestas. También la realeza y sus distintos miembros habían ido donando al convento más y más joyas de arte.
Las monjas allí encerradas se dejaban sentir: en primer lugar por la pulcritud de todo: suelos, capillas y todo expuesto con el mayor detalle y cuidado… y luego por las voces que llegaban desde el coro donde estaban cantando, como los propios ángeles, durante la misa de doce.
Había crucifijos tallados en madera, en pasta de maíz, policromados o tallados en marfil y mil imágenes de esas que hoy la gente joven con la incultura que les estamos dando, posiblemente, no hubiesen sabido apreciar.

Definitivamente solo puedo ir a Las Descalzas a admirarlo todo y a quedarme boquiabierta. Como religiosa y si hay que cantar como se las oía cantar a ellas tan escondidas en su clausura… seguro que no me admiten.
Lo peor es que seguramente, no me dejarían salir a ver el Ballet Cubano… y eso ¡sí que no!

Olvidaba El Museo Romántico reflejo de una época muy característica. Una casa amueblada como entonces y con todo el sabor del romanticismo que conocemos. No faltaban un par de retratos de Espronceda y otros de niños con grandes ojeras y muy pálidos; me explicaron que sus padres encargaban a los pintores más famosos que los perpetuasen en su recuerdo y en el lienzo ¡cuando ya habían muerto!
Una sala con cuadros alusivos al suicidio ¡tan en boga entonces!
Bastante macabro en ciertas salas, precioso y romántico, en el resto.

domingo, 20 de febrero de 2011

MONO

MONO

Cuando se le acababa se venía abajo. Le entraba el mono y pasaba horas o días de desasosiego hasta que volvía a conseguir más; luego, no siempre se calmaba en los primeros minutos. Se empezaba a tranquilizar cuando sus ojos se posaban en él. Lo sujetaba fuertemente entre sus manos lo abría y se lo dosificaba procurando dominar su impaciencia. Inmediatamente su mundo cambiaba y se hundía en otro más nuevo y distinto, más libre y mejor. El viaje solía ser formidable. Algunas veces le duraba más, otras volaba y ¡vuelta a empezar! La última hoja, le producía un extraño placer. Pero luego venía el vacío; le faltaba, lo necesitaba y no podía parar hasta que no conseguía otro. Aquello no tenía cura.
¡Los libros eran su droga!

jueves, 17 de febrero de 2011

LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS CON FORMA DE CORAZÓN

LA PRINCESA QUE SE TIRABA PEDITOS EN FORMA DE CORAZÓN.

Érase una vez una princesa que lo tenía todo para ser feliz. Vivía en un castillo con sus torres, almenas, foso con cocodrilos alrededor, su fantasma en fin que no le faltaba detalle al castillo.
Había también ¿cómo no? un espejo mágico al que la linda joven hacía preguntas constantes “¿Soy la más bella?” “¿Son mis ojos color miel?” “¿Llegará pronto mi príncipe azul? ¿“Será antes un sapo, al que tendré que besar”?... y así sin parar y cómo el espejo era mágico y tenía su corazoncito un día se hartó y de mal humor a la pregunta: “¿Tiene mi aliento el aroma de las rosas?”
Contestó: “No princesa, te huele fatal” y añadió “Y tus pedos son repugnantes”.
La bella princesa casi se desmaya del susto. El espejo nunca le había mentido por lo que se preocupó muchísimo.
El interrogatorio empezó de nuevo. La joven le pedía soluciones y el espejo agotó todas sus fuentes de información. Recurrió incluso a Internet y buscando, buscando, llegó a la conclusión de que la culpa era de los potajes que se atizaba la princesita y que, por cierto, le sabían a gloria.
Así es que el espejo dijo con tono solemne:” Princesa mía, muy amada, si te quieres corregir tendrás que comer cosas más ligeras”
Y así lo hizo: Se convirtió en la persona más austera del mundo.
Comía verduras, pescaditos y sobre todo fruta. Sus preferidas eran las manzanas tipo Blanca Nieves, muy rojas y sanitas. Si por casualidad un día se encontraba un gusano dentro de una de estas frutas, lo sacaba con sumo cuidado, lo chupaba con mimo para no desaprovechar la fruta y tiraba al bichito con delicadeza, ya que de carnes ¡Nada!
Pasaron unos meses y la princesita estaba incluso más guapa y mejor de tipo.
Preguntaba y el espejo se deshacía en elogios. Pero otra vez se empezaba a hartar de tanta preguntita.
Un día y sólo por fastidiar le dijo:”Princesa eres tan linda y delicada que deberías intentar mejorar tus flatulencias un poco más. Reconozcamos que aunque ya no apestan no dejan de ser lo que son y esto ¡para una princesa…!”
La doncella que estaba cada día más tontita y egocéntrica se obsesionó con el tema y caviló y caviló.
Cada día comía menos y los deliciosos potajes quedaron totalmente olvidados.
Después de mucho ensayo consiguió ¡Al fin! Que sus peditos tuvieran forma de corazones: Rojos si comía sandía, amarillitos con los plátanos, naranja con las zanahorias.
Tanto afinó con las comidas que un día la espiritual princesita se esfumó convirtiéndose en una espiral de esencias varias formada por corazones de todos los colores.
El espejo se quitó un latazo de encima y yo os doy un consejo amiguitos mios: comer bien, disfrutad con ello y no os preocupéis con chorraditas.
P.D. El pobre príncipe, con tanto lío, fue un sapo toda su vida. No hubo princesa que le diese beso.

lunes, 14 de febrero de 2011

"EN JAMÁS DE LOS JAMASES"

“EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

Cuando se conocieron, Manuel estaba convaleciente todavía y Mar, recién divorciada, se recuperaba de un matrimonio que le había resultado insufrible. Su marido era moreno, gordito, mofletudo, sedentario y aburrido hasta la exasperación, previsible hasta en el más pequeño detalle, y sus aspiraciones eran: ver football, tele, y no separarse de ella ni un minuto: “en jamás de los jamases”, solía decirle con auténtico empalago.” Mar se ahogaba y había acabado mandándolo todo al garete y cortando por lo sano. Después de 10 años, la decisión fue dura, difícil… pero ya estaba hecho y ella empezaba a respirar mientras que su marido, afortunadamente, tampoco parecía sufrir demasiado.

Manuel acababa de regresar de Bolivia, tierra de quechuas y aymaras, a donde había ido contratado por un periódico francés que le había encargado un reportaje sobre aquellos indios de procedencia desconocida. Se había adentrado en la investigación y había descubierto que la presencia en Bolivia de estos indios precedía en miles de años a aquellos a los que Colón y los demás descubridores habían encontrado al pisar lo que ellos calificaron de Nuevo Mundo.
Quechuas y aymaras vivían una casi continua enemistad aunque, los unos y los otros, eran y lo habían sido siempre, gentes pacíficas. Los aymaras con frecuencia eran considerados inferiores y tratados despectivamente pero Manuel, nuestro hombre, descubrió en ellos capacidades absolutamente desconocidas, incluida la de comunicarse entre ellos en un idioma expresado en sonidos, escasas palabras, frases recortadas y mucho de intuición y empatía. Una especie de telepatía parecía reinar entre ellos y Manuel con su carácter afable y sus deseos de ayudar e integrarse, acabó siendo muy apreciado por los nativos.
Procuraba serles útil y con su pequeña furgoneta los llevaba a veces a La Paz que estaba a setenta kilómetros de Tiwanaku, donde vivían, o se adentraba solo (o acompañado) por sendas o caminos que conducían a las excavaciones (pocas, por falta de dinero) dedicadas a buscar vestigios del pasado. Le gustaba charlar con aquellos estudiosos del terreno, más próximos a él en el ámbito cultural.
Un día un fuerte aguacero había embarrado los caminos y la furgoneta renqueante y deteriorada se le paró en mitad de un riachuelo que habitualmente era un lecho seco y pedregoso. Aquel día nadie le acompañaba y abrió el capó para echar un ojo al motor. Había agua por todas partes y al ir a asomarse descubrió una serpiente que había sido arrastrada dentro por el fangoso líquido. Antes de que tuviera tiempo de retirarse y mucho menos de averiguar de cuál se trataba sintió una gran punzada en el antebrazo y el miedo se apoderó de él.
Se apresuró hacia la orilla y una vez allí se desmoronó, como fulminado, en mitad del camino.

El veneno era mortal pero tuvo la fortuna de que unos indios lo encontraran y lo llevaran sin tardanza al cercano poblado. Afortunadamente eran conocedores de los antídotos adecuados para las serpientes, más comunes allí y tras tres meses de dolores y problemas se consideró casi recuperado y con ganas de volver a su mundo.

Eligió para vivir Granada, una ciudad que le subyugaba, aunque nunca había estado allí más de una semana. Se instaló en el Hotel Granada Center y empezó a pensar en cómo reorganizar su vida. Dejaría el periodismo, pensó, y se dedicaría a escribir una novela en la que plasmaría todas las vivencias y aventuras recientes en su memoria.
En la habitación contigua a la suya estaba Mar que había ido a un congreso de medicina a reunirse con sus compañeros médicos. Se veían por el pasillo y coincidieron, un par de días, en la cafetería a la hora del desayuno y acabaron entablando amistad.
Manuel era atractivo, un cincuentón interesante, delgado y alto y Mar resultaba una mujer con mucho encanto. Le obnubiló, a ella, la conversación de Manuel y mentalmente al oír tanta aventura lo comparó con su ex y se sintió muy atraída por esa personalidad tan aventurera.
Acabaron juntos y completamente revueltos y se instalaron en una nueva casa a compartir su vida de forma definitiva o… esa, era la idea.
Aquello era auténtica pasión que vivían los dos, medio enloquecidos. Como en la canción de Ana Belén: “Parecían dos irracionales”
Él triunfó con su novela y empezó otra y otra y llegó a ser un escritor conocido y exitoso.
Ella era un buen médico y se entregaba, con vocación y acierto, a su trabajo.
Pero pasó el tiempo y, con él, la vehemencia amorosa de ambos. Manuel viajaba mucho para documentar sus novelas y cada día estaban más distanciados geográficamente y también en su relación de pareja.
Mar pensaba, escéptica, que lo del amor para siempre no era para ella y estaba muy desilusionada.
Este segundo amor, también, pasó al olvido.

Meses más tarde, una noche, Mar salió a cenar con un grupo de amigos. Lo pasaron bien, sin más, y quisieron rematar la reunión con una copita en un club. Un señor se acercó a ella en cuanto la vio. La luz velada del local y el humo no permitían una visión precisa, pero Mar percibió a un hombre de pelo blanco y poblada barba, blanca también, mejillas con arrugas profundas y un cuerpo erguido y alto donde la grasa brillaba por su ausencia. Un hombre maduro con muy buen pinta, pensó ella. Bailaron un buen rato en silencio con movimientos acompasados, disfrutando extrañamente de la proximidad. Se sentaron luego y mientras saboreaban la última copa empezaron a hablar. Ella le contó sus dos experiencias; primero le habló de Manuel y de cómo su relación se había apagado, después de unos años, hasta no existir. Luego melancólica le habló de su primer marido de cómo habiéndose querido mucho, no pudo soportar, ella, tanto aburrimiento.
Él a su vez le contó como, por amor, había decidido cambiar totalmente de forma de vivir para reconquistar a la mujer que dejó escapar por estupidez y pereza. Había descubierto el deporte, el teatro, el cine, la lectura, aprendido a bailar, a viajar y comprendido que el amor hay que mantenerlo y no dejar que se consuma.
Se cogieron de las manos, sus ojos se encontraron y ella le reconoció.
Tomó la palabra Mar y soñadora dijo: Mi hombre juraba que me amaba y no se separaría de mi… y los dos a la vez pronunciaron la frase clave: “EN JAMÁS DE LOS JAMASES”

ÁNGELA

sábado, 5 de febrero de 2011

NILO

NILO

Egipto seguía pidiendo una respuesta a su Presidente que, a los 80 años y aferrado al poder durante casi treinta, se resistía a dimitir.
La protesta, en un principio, era pacífica. Miles de personas en la Plaza Tahrir en el Cairo conminaban a Mubarak a una salida que permitiera una sucesión democrática. Las cosas se complicaron, días después, con la aparición, cargada de ira, de los afines a su permanencia. Mubarak seguía sin escuchar los gritos: “¡Fuera, Vete!”, del populacho. Palos, pedradas, cócteles molotov de sus partidarios y empezaron las noticias: once muertes hasta el momento y los ataques violentos a los periodistas extranjeros. La ocultación de la verdad se hacía necesaria para el tirano. El momento era peliagudo y no se sabía, aún, en que iba a acabar todo aquello.
Había temor de que la situación virase hacia una solución islamista totalitaria y evidentemente nefasta para el país e incluso para el resto de la convivencia civilizada y normal.

Marta empezó a hojear las fotos del viaje a Egipto tres años atrás. Recordó a Sara la preciosa niña nubia que le había cogido la mano y compartido con ella paseo, conversación, piropos de la una a la otra y que acabó pidiendo una barra de labios para la madre.
En el poblado les enseñaron la escuela y un pequeño taller donde disponían de Internet.

En una imagen, Marta, apoyada en la barandilla en la cubierta del barco que los llevaba por el Nilo observaba las aguas. Un camarero amable, nubio también, guapetón, la había obsequiado con un hermoso: “I like you” y con un “javivi” y ella con el relajo propio de un viaje tan encantador, lo había agradecido y contestado con unas frases también amables.
Un encontronazo del barco con un banco de arena del fondo poco profundo, en el Nilo, la había sacado poco después, de sus ensoñaciones… ¡Normal todo! Aquello ocurría con frecuencia. Solo un pequeño susto. Pequeñas chalupas se acercaban a venderles chilabas que lanzaban hacia ellos con facilidad por encima de la borda. Todo de lo más pintoresco… y todo estaba ahora en peligro.
El acceso a Internet, ya generalizado y a los móviles había propiciado, extendido y hecho patente el descontento, contagio de Túnez que había empezado primero.
En aquel viaje no los había sentido distantes a ella misma. A la vuelta, y ya en el aeropuerto, coincidieron con los que volvían de la Meca y entonces sí, pudo observar, bastantes burkas y vestiduras que ella asociaba a la falta de igualdad y libertad para la mujer y también a la incultura. Pensó en la última foto de un periódico actual que se le había quedado grabada e la retina: una mujer a la que se le veían solo y escasamente los ojos tapada entera por su vestimenta y que llevaba junto al pecho un montón de piedras e iba dispuesta a arrojarlas contra los que pedían un cambio.

Marta deseo con todas sus fuerzas que todo se solucionase de la mejor manera, que Egipto mantuviese su paz y siguiese abierto al resto del mundo como cuando ella tuvo la suerte de poder visitarlo.
Una idea: “Que Sara crezca feliz y libre”, se dibujo en sus pensamientos.

lunes, 17 de enero de 2011

QUERIDOS LIBROS

Habían tenido un hermanito, pero estaban desconcertados. No era como ellos.
Moraban juntos y apretujados en la vieja biblioteca y en la mesa, al lado de la ventana y del flexo donde sus lectores se sentaban, justamente en la noche de Reyes, había aparecido su nuevo hermano. Notaron muy pronto que al recién llegado no lo querían todos por igual.
Ellos, los de siempre, gozaban con frecuencia de momentos felices los acariciaban y leían con todo cariño y devoción. La joven Ángela, adolescente todavía, se los acercaba a la cara y disfrutaba, incluso, con su aroma. Con frecuencia cogían a uno de ellos y lo llevaban a la mesilla de algún dormitorio, donde acariciados y disfrutados a diario, pasaban temporadas más o menos largas, para luego pasar de unas manos a otras y sufrir un pequeño traslado.
Tenían también enemigos, había alguien que, obligada a quitarles el polvo, lo hacía siempre protestando con amargura. En esos momentos se sentían despreciados y llegaron a sufrir insultos: “Trastos inútiles” solía llamarlos… pero esto lo iban superando. No era definitivo para ellos.
Les preocupaba la llegada de aquel extraño compañero. LIBRO ELECTRÓNICO, se llamaba y no como ellos que tenían cada uno un nombre. El Quijote, El Niño del Pijama a Rayas. Ana Karenina. Las Cartas de mi Molino… miles y todos perfectamente identificados y con un autor, cuyo nombre estaba siempre en lugar destacado. Había colecciones en las que iban encuadernados de uniforme; mismo color, mismo tamaño y estos estaban siempre juntitos como almas gemelas, que eran.
Otros eran menos elegantes finitos o gordos, distintos… pero todos queridos y respetados.

Pero el nuevo… con ese nombre tan raro: Libro Electrónico. Parece que su frío apelativo se debía a que los tenía a todos ellos cautivados, dentro de él.
Quizá su porvenir estuviera en el aire, empezaron a temer… y pasó el tiempo… y nada ocurrió. Casi todos sus amigos humanos los seguían llevando con ellos y disfrutándolos. Incluso alguno les manifestó su amor material y físico y les hizo saber que nunca, nunca podrían vivir sin ellos. ¡QUERIDOS LIBROS, COMPAÑEROS DE LA VIDA!

domingo, 16 de enero de 2011

NOWADAYS

Hoy uno de los temas de actualidad es el cambio que la sociedad ha experimentado en los últimos, digamos 50, años. Yo doy fe de ello.
Las mujeres habíamos nacido para descanso de los burros o eso decía un conocido mío allá por 1963.
De hecho, su mujer, (nunca su mujer de hecho, algo inconcebible entonces) a la que yo trataba por aquellos días, estaba muy triste porque su querido e irresistible (pensaba ella) esposo le era infiel. Su reacción no era mandarlo a tomar todos los vientos del mundo y pasar olímpica y definitivamente de él. Se limitaba (¡OH!) a no pintarse los ojitos para poder llorar sin que se le pusiesen pitañosos. Yo aunque era más o menos de su misma edad, me estremecía al verla y no, precisamente, de gozo; yo diría que de ira.
Fue, la nuestra, una generación muy culta, muy bien preparada.
De mi bachiller, por ejemplo, salíamos con un dominio total del idioma francés. Una amiga consiguió una buena colocación en Suiza, donde al cabo de unos meses se consagró como una buena profesional que cumplía con su cometido con eficacia; cuando iba a acceder a un puesto y un traslado mejor surgió el problema. No éramos mayores de edad hasta los 21 y el padre por miedo a que se afianzara en otro país, o aún peor que se casara allí, la obligó a volver a España.
Por añadidura el dinero, entonces, no daba para los lujos que ahora tiene los jóvenes, incluso los que no trabajan, y si los padres podían pagar UNA carrera, una sola, esta era para el hermano varón… la niña ya encontraría un buen marido y ¡listo!
Cómo tontas no éramos nos defendíamos con ahínco y la mayor parte de mis compañeras llegaron a tener puestos relevantes después de haber estudiado con muy poca ayuda de los padres y financiándose con algún trabajo simultaneo.
Yo misma, con padre y madre universitarios, tenía hermanas mayores que al igual que mi hermano estudiaban carreras superiores. En mi casa era muy frecuente oír: “No hagáis ruido que vuestro hermano está estudiando” o “callaros que está hablando vuestro hermano”.
El hermano, en cuestión, tuvo el suficiente sentido común para no ejercer de prepotente y ser un hombre decente, pero la educación que nos daban era esa.
Los anuncios de antes son muy indicadores de la situación del momento y no toco el tema porque sale alguno (anuncio), como muestra, en la TV, con bastante frecuencia.
Ahora estamos a la espera a ver que resulta de la educación que estamos dando a nuestros nietos ¡Dios nos coja confesados!

miércoles, 12 de enero de 2011

BABIA

Yo tengo una amiga que tiene una hermana, que tiene un marido que se llama…: y ¡ahí está el problema! … no lo recuerdo. Yo se que es un nombre de mujer en principio, masculinizado y dado mi despiste y desmemoria cuando tengo que preguntar por él (y ya me ha pasado dos veces), poniéndome muy fina digo: ¿y Margarito, cómo está? (tiene más de 90 años) Y ahí viene el pitorreo, la risita y un buen corte para mí. Lo más seriecitos que pueden me dicen: “se llama CRISTINO”
En otra ocasión en una reunión de familia (lejana) me interesé por “el tío Tom” y se hizo un silencio glacial; el Sr., en cuestión, morenito y de hablar cubano se llamaba Claudio, ni más ni menos y lo de Tío Tom era una ironía familiar que yo no había captado.

Años atrás teníamos una amiga inglesa que se llamaba Connie y siempre al hablar la nombrábamos “Coni Puneti”. Un día vino a vernos la inglesita y afortunadamente, en cuanto se fue, mi madre dijo: “Hay que ver esta chica tan maja como puede tener un nombre tan horrible:¡Connie Puneti!”

Mi despiste me viene por herencia materna, me temo.
Quizá deba yo, como propósito de Año Nuevo, aprender de memoria un pedacito de listín de teléfonos, cada día, e intentar así fortalecer mi memoria y tratar de disipar un poco mi despiste.

domingo, 28 de noviembre de 2010

REFLEXIÓN

REFLEXIÓN

Soledad con sus dos caras:
¡Qué bonita es la soledad del que no está solo! De jovencita cuando se iban todos de casa me sentía feliz con un libro: Salgari, Guillermo… o el que fuese y dos o tres manzanas que me comía despacito mientras leía con avidez. Si el cocodrilo de la novela medía ocho metros, interrumpía lectura y merienda para medir esos ocho metros en el largo pasillo de la casa paterna y me lo imaginaba e impresionaba. Vivía lo que leía.
Incluso ahora: mis lecturas todavía, mis paseos por Madrid que tan bonito me ha parecido siempre, mis ratos míos en que yo soy mi única compañera… disfruto con ello.
¡Qué triste es la soledad del que está solo! Buscar un amigo con el que hablar y no tenerlo; hijos lejos, pareja en la lejanía: ¡Qué tristeza!
Mi conclusión es que debo ser persona afortunada, puesto que mis momentos de soledad no me producen nostalgia. Doy gracias a mis amigos, a mi marido, mi familia, mis hijos y a la vida que permite que no me sienta sola cuando lo estoy.
Angela

viernes, 12 de noviembre de 2010

¡QUÉ VOZ TAN BONITA QUE TENGO!

Cada objeto tiene su propia finalidad. Un ejemplo: el mando a distancia.
Como su nombre indica es algo que se tiene en la habitación donde está la TV para regir los destinos de la llamada (muy bien, por cierto)"Caja Tonta". Este aparatito podría ser muy útil, pero no lo es y ¿por qué no lo es?. La culpa es del apellido: "a distancia"... y es que el mando a distancia (no se si lo habrán notado) está siempre así: "a distancia".
Otro adjetivo, esta vez para el periódico; diario, siempre se ha llamado diario el que compramos cada día (o estaría bien que comprásemos). Me ocurrió en Motril, hace ya años, paseando con mi marido por el puerto; se acercó él a comprar uno de estos informativos, a un puestecillo que había allí en un rincón no muy frecuentado. Lo ví acercarse hojeándolo, parar en seco y volver de nuevo hacia el quiosco. Acudí,yo también. Madre e hija detrás del mostrador. Decía la hija muy enfadada: "¡Mamá!" El periódico, era el del día anterior. "Son todos iguales" dijo la madre, seguramente analfabeta. Y yo pensé iguales los diarios, iguales los días... No andaba tan equivocada, la pobre mujer.
Pasa hasta con los apellidos, pero como los humanos tenemos malicia, cuando no nos convienen los cambiamos (y no como se va a poder hacer ahora: el del padre, el de la madre... ¡NO!) en nuestro fuero interno. Uno que yo me se y que no se quiere dedicar a sus zapatos, se ha autodenominado (pienso yo): "¡Qué bonita voz que tengo!!!" Y con ese nuevo apelativo puede hablar en la TV, u otro medio público y dirigirse al mundo en general y a los españoles, en particular y no tiene que decir nada. Se autoescucha y nos deleita con el placer de oir su linda voz; decir, lo que se dice, decir (tome Vd. redundancia) no dice nada... ¿para qué? Con esa voz tan linda y tan contundente, convincente y que rebosa TALANTE, no hay necesidad de que lo que dice tenga contenido. ES TOTALMENTE INNECESARIO.
ÁNGELA MAGAÑA

martes, 2 de noviembre de 2010

OTOÑO

OTOÑO.

Desapacible el día con aquel viento desagradable. Calor extremo al sol y escalofríos en los lugares desprotegidos. Y yo me sentía así, como el ambiente que reinaba… igual.

El reciente cambio de horario, me había afectado, esta vez. Despertaba temprano y andaba desorientada durante las veinticuatro horas. Me paré a reflexionar el por qué de mi desazón. Una hora de más o de menos no me parecía para tanto.

Cerré los ojos y me vi a mi misma al volante el día anterior. Llevaba a mi nieto Alejandro, nueve años, al colegio. Últimamente había cogido auténtico pavor al coche; me daba miedo, inseguridad y mucho más con el niño allí, bajo mi responsabilidad. Mi sentido de la orientación nunca había sido bueno y aquella mañana no me encontraba bien. Ante un pequeño volantazo que di, el claxon de un camión sonó atronador, muy cercano, amenazador y retumbó dentro de mi pecho.

Los dos nos asustamos: el niño y yo. El crio dijo antes de bajar del coche: "Abuela, me creía que iba a morir" A él se le pasó pronto, en mí, en cambio, la intranquilidad y el miedo se habían quedado atrapados y me producían, sin duda, el malestar que sufría todavía.



¿Por qué echarle la culpa a horario, otoño, calor o viento?

El tiempo pasa rápido, me había hecho mayor y no debía conducir más. Una conclusión única de todo aquello: Se había acabado, para mí, la conducción… Quizá en la feria en los autos de choque y... ni siquiera eso.



ÁNGELA MAGAÑA

viernes, 10 de septiembre de 2010

A LOS "vi-vi-anos"y BIBIANAS

A LOS “vi/vi/anos” y BIBIANAS.

La moda imperiosa es, en el fondo, cateta. Los catetos y catetas que
la siguen con ahínco se ponen pesaditos y lo que es peor: meten la
pata con cierta frecuencia.
Empezaron, hace ya bastante tiempo, los políticos de “allí arriba”
con lo de los vascos y las vascas y lo vemos cada vez con más
frecuencia en cualquier ámbito social. Lo usan las autoridades de
medio pelo, incluso los profesores, preocupados por lo políticament
correcto, (¡pobrecitos míos!) y cualquiera, hoy en día.
A mí me revuelve el estómago hasta el punto de que el tema me ha
levantado de la cama hace un ratito, a las dos de la madrugada.

Procuro distraer mis insomnios con la radio y no con las
preocupaciones que pululan por mi mente desvelada, así es que ha sido
una profesional del uso de la palabra, ¡una locutora! La buena señora,
nada más empezar a hablar, se ha dirigido a sus queridos “oyentes y
oyentas”… y aquí mi ordenador que es más culto que la locutora en
cuestión se obstina en corregirme la “a” de oyentas y tengo que
recurrir al “omitir todas” que “todos/todas” conocemos.

Así pues veo pasar los meses y las mesas y observo que cada vez hay
más miembros y miembras que comenten la misma e ignorante torpeza.
Ahora me volveré a la cama con un libro, no vaya a ser que me asuste
otra vez si escucho la radio ¡Qué pesadilla!

ÁNGELA MAGAÑA

sábado, 21 de agosto de 2010

PASEO SIN FIN

PASEO SIN FIN.

Arrastraba los pies por el agua fresca, en la playa; el levante soplaba con fuerza y traía arena que le hacía cosquillitas por todo, pero a ella le daba igual. Estaba feliz: le gustaba el mar, las olas, el viento, y el sonido de todo ello; disfrutaba sobre todo de haber conseguido un rato de soledad.
No quería recordar nada de su doméstico día a día. El ruido del mar conseguía que olvidase los alaridos de su marido que habitualmente la llenaban de desazón y que eran imposibles de ignorar.
La naturaleza (había leído) crea mecanismos de autodefensa que podían explicar la sorderilla incipiente que ella estaba desarrollando. Lo que más temía era la tendencia a la amargura que la invadía de vez en cuando. Mejor, pensaba, quedarme sorda que convertirme en una auténtica señorita Rottenmayer gruñona, desagradable... y últimamente se veía como tal.
Lo peor es que él no era malvado pero ¡qué magnifica voz tenía! El hecho de no encontrarla en el momento oportuno (para él) y en el lugar requerido (por él) en el acto, le hacía romper en "¡Martas!" sonoros e imperiosos que la hacían temblar al principio, años atrás, y que la seguían irritando y enloqueciendo más y más conforme el tiempo pasaba.
In the begining, el "Marta" iba seguido de otra palabra, por ejemplo: ¡Maaarta, ¡los calzoncillos!!! o ¡Maaarta, el pantalón gris!!! Pero con el tiempo crecía en él la impaciencia y se fortalecía, con la práctica, su magnifica voz de barítono.
Procuró olvidarlo todo y disfrutar, sin más, del paseo orilla mar.
Un grupo de nudistas la hizo notar que se había alejado mucho, pero siguió caminando.
Vio a unos bañistas que gesticulaban y al pasar al lado se dio cuenta de que era una excursión de gente sorda, muda por lo mismo. Un poco apartado un señor de su edad que, caminaba como ella, se había distanciado de sus compañeros. Sin saber por qué lo miró a los ojos y se sintió al instante atraída por él, por el silencio que le rodeaba y por al expresividad de sus ojos y de sus manos.
Empezaron a caminar juntos, hombro con hombro, y ... así siguieron hasta el final de sus vidas. El paseo fue largo y sosegado. No hubo ya más alaridos y a ella se le quitó el complejo de Srta. Rottenmeyer, su sordera no fue a más y colorín colorado…
ÁNGELA MAGAÑA

miércoles, 18 de agosto de 2010

DIARREA MENTAL

SOLEDAD (cuento surrealista)

Era verano y poner un pie en la calle con aquel calor le parecía suicida, la soledad la llenaba y sentía como si fuese un mazo real y macizo que daba golpes taimados en su coronilla, le dolían las sienes. Decidió coger el coche e ir a dar una vuelta por un centro comercial. Era de natural amable y la gente le gustaba, pensó: si me encuentro a alguien conocido puedo llorar de la emoción, pero sabía que allí nadie le diría ni un triste “Buenos Días”
Las rebajas atraían a masas de personas que tocaban mucho los géneros y compraban muy poco. La tensión de su cabeza iba en aumento con el jaleo. Le entró una extraña sensación de aislamiento, mayor aún entre tanta gente. “creo que soy invisible” pensó y al recordar que su marido en casa, sentado frente a la tele, parecía no advertir su presencia se afianzó en su idea… “Me temo que sí ¡soy invisible!”

Era diabética y hacía tiempo que no se escondía para ponerse la inyección de insulina ni para hacerse análisis y es que la idea hacía ya tiempo que rondaba por su mente. Las señoras mayorcitas, como yo, somos invisibles, la gente no nos ve.
Atacó saludando a vecinos y gastando bromitas amistosas a los niños del vecindario. Pero eso era antes, aquel día se sentía sola abatida y menos visible que nunca.

Abandonó pues el centro comercial y volvió a casa. Su hombre seguía sin verla. Empezó a hacer pruebas: Cogió una camiseta roja de un cajón y se la metió en la cabeza, se puso una hoja de lechuga, sujeta a una oreja y empezó a cantar para llamar la atención: ¡Nada! La mirada, de él, seguía fija en Nadal que, dicho sea de paso, estaba haciendo una buena faena.
Cambió de táctica y empezó a hacerle cariñitos al hombre de la casa y entonces ¡SÍ! despertó de su inercia la cogió de la cintura y le dio un beso de tornillo y de película y la “depre” desapareció
¡Bien! Se dijo: “Soy visible y hasta comestible… debo ser” y se dio cuenta que estaba exagerando, ligeramente, con eso de la soledad.
Nosotros los andaluces... exageramos

domingo, 15 de agosto de 2010

CALOR DE HOGAR

Un cuentecito de nada.

Tenía 4 años pero… era el hermano mayor; otros dos le seguían.
Era domingo, llovía, los pañales recién lavados y estirados sobre improvisadas cuerdas de tender llenaban los pasillos; una estufa encendida en un rincón intentaba paliar el frío y combatir tanta humedad. Sólo la abuela se ocupaba de los niños, la tarde era fría en aquella vieja casa.

Ángel a sus 4 años oía de vez en cuando la dichosa frasecita: “tú que eres el mayor…” El chiquitín de la casa dormía en el cochecito. Ángel pensó: “¿tendrá frío? La abuela, ocupada con la niña de 3 años, no se dio cuenta de que el niño empujaba el coche con el bebé dentro para acercarlo a la estufa encendida. Sorteaba como podía los pañales tendidos por el pasillo y consiguió acercar a su hermano a la lumbre.

Los alaridos del bebé alertaron, por fin, a la abuela. El cochecito de plástico se derretía a pasos agigantados y el crío, rojo y sudoroso, chillaba con todas sus fuerzas.
La ayuda llegó a tiempo y la aterrorizada abuela sacó al pequeño de allí sano y salvo. Ángel lloraba también de oír a su hermano.
Susto mayúsculo que hizo que los jóvenes padres maduraran un poco y se dieran cuenta de que los tres niños eran pequeños, incluido el mayor.
Estuvieron a punto de pagar por esta lección un precio demasiado alto. Estaba claro que el ángel de la guarda había hecho un buen trabajo.

sábado, 10 de julio de 2010

CALOR

No caía la nieve ni ululaba el viento… era verano.

La casa dormía, la familia lo intentaba, el calor lo impedía.
Desde su tierna edad, 8 años y desde la cama, Alejandro miraba la luna luminosa y redonda que asomaba a su habitación. La luz disipaba los miedos que solía sentir en la oscuridad, pero recordó, de repente, que las noches así lo eran de hombres lobos y de vampiros deseosos de cuellos tiernecitos, como el suyo. Cogió la sábana que colgaba, hecha un rollito a los pies de la cama, se tapó casi hasta los ojos y procuró pensar en la pelea de pistolas de agua de antes, en la piscina.

Oyó a su abuelo, que se removía en la habitación de al lado y con la percepción que sólo los niños tienen se dio cuenta de que tampoco dormía; pensó, también él siente miedo.

Bajó al suelo y saliendo del cuarto, se tumbó al lado del anciano, como había visto que lo hacían los perros de las películas, en un trocito libre, a los pies de la cama. La mano del abuelo se deslizó hacia el pelo del niño y los temores de ambos desaparecieron.
Como dos almas gemelas durmieron juntos hasta el amanecer y luego… siguieron durmiendo hasta bien entrada la mañana.

El amor es un milagro que todo lo cura… Ángela Magaña

jueves, 3 de junio de 2010

LOCA POR EL TREN

Marta pasaba los veranos en un pueblo de la provincia de Logroño. El viaje era complicado. Se cogía el tren, desde Madrid, en la Estación de Atocha. Allí empezaba la fascinación. Los resoplidos de la máquina, los chorros de humo con carbonilla, de vapor y el ajetreo de gentes que iban y venían. Las parejas que se despedían y se besaban, en aquellos tiempos en que besarse no era algo permitido, Marta abría los ojos ante todo, con asombro. Amaba los trenes; eran la puerta a la aventura y a la fascinación de lo desconocido.
Se apeaban en la estación de Castejón y entonces venía lo peor: en un autobusillo inmundo (el de Perico, "El Gordo"), había que hacer los 8 Km. de curvas que iban hasta Cervera del Río Alhama. Mareo e impaciencia eran las sensaciones dominantes. Una vez allí, todo estupendo: Los abuelos, los primos de su edad y la maravillosa libertad que no tenía en la capital, con sus padres.
Más tarde fue ella la que iba, con su novio, a la estación; unas veces a despedirse de verdad y otras a hacer como que se despedía. Recuerdos dulces, de dulces y siempre escasos besos. Y el tren... como telón de fondo.
Siguió siéndole fiel, pero no les diré a quien... ¿al novio, al tren?
Amor multiplicado más tarde, en coche cama, noches felices. Mil oportunidades placenteras, más o menos cortos los trayectos, pero siempre con una ventanilla que le mostraba paisajes sugerentes y con un libro cuando iba sola.
Con el transcurso del tiempo, lo único que se ha hecho más leve es el tiempo. Los vagones hoy en día no viajan, vuelan, pero la locura de Marta no tiene cura: loca por el tren

domingo, 18 de abril de 2010

"PACONPIQUE"!

“¡Paconpique!”

Andalucía, tan especial.
En la puerta del mercado, en Jerez, un hombre voceando ¡Paconpique! y yo ¡lo entiendo! Un inglés no, no lo entendería, pero yo sí. Soy, ya, más andaluza que otra cosa.
Me veo a mí misma en una de mis clases en el pasado: “señorita: ¿cómo se dice –“aradio”— en inglés? Y en un acto de suicidio didáctico yo, que contesté con muy buen acento, ¡eso sí!, “aradio”
Y es que Andalucía tiene su propio decir, su forma de hablar suya y de nadie más.
Ahora la traducción: “paconpique” ya lo habrán adivinado significa: para comer con picante ¡Está clarísimo! … y lo que había que “picantear” eran los caracoles ¡Caracoles!

domingo, 21 de febrero de 2010

MARTA Y EL CACHIVACHE MARAVILLOSO

Vivir y dejar vivir era una frase tópica, pero a ella le parecía muy aceptable.

Limpiaba lo menos que podía pero de vez en cuando… Decidió un día eliminar lo inservible y empezó por el trastero.
Acabaría para siempre con el: “Lo guardaremos, por si acaso”
No quería cosas inútiles que almacenaban más y más polvo.
Empezó hurgando en las cajas. En la primera que destapó había objetos de metal: un juego de sartenes de juguete, rollos de cable, portalámparas, un tostador viejo, un Buda rechoncho y mil cosas más. Cogió pensativa el buda y distraída con la mirada perdida (como suele ocurrir) le pasó varias veces la bayeta por la barriga y lo dejó resplandeciente. Abstraída decidió:”Todo esto ¡a la basura!” Volvió a meterlo en la caja y cargó con ella hasta el contenedor más cercano. Siguió un momento poniendo orden y pensó “basta por hoy” y se dejó de limpiezas, por aquel día.

Una de las cosas que más molestaba a Marta era lo mucho que protestaba por todo su marido cuando tenía hambre. Molesto, se ponía bastante insoportable y recordaba un poco al cocodrilo Jacala (el vientre que sobre 4 patas anda) del Libro de la Selva de Kipling.
¡Vamos, que se lo comía todo! Después, ya más tranquilo, su humor mejoraba notablemente y todo iba mucho mejor.
Aquel día a la hora de comer sorprendió a Marta al decirle: “He pensado que tengo que moderarme y ahora mismo me pongo a régimen” y comió con moderación dejando en el plato parte de lo que se había servido.
A la hora de ver la TV y para sorpresa de Marta, pasó de largo sobre los infinitos partidos de football y le dijo “Pongo Viajar, que se que te gusta” Marta no salía de su asombro.
Estaba contento y de un humor excelente y esto era lo mejor.
Los detalles de este tipo se sucedieron.
Se empezó a gustar más, cuando se miraba al espejo. Le cundía muchísimo el tiempo y su salud empezó a mejorar un montón. Si sigo así, pensaba Marta, no voy a poder presumir de ser la mujer más dulce del mundo y es que su diabetes también se suavizaba.
Su vista también se hacía más aguda y a veces pensaba ¡Caramba, qué bien veo ahora!
Los múltiples achaques de Marta se iban haciendo más tolerables.
Recapacitó; repasó los movimientos que había hecho aquel día lejano en que todas aquellas maravillas habían empezado y pensó: a ver si va a resultar que limpiar es buenísimo para la salud… y tristemente se dijo: ¡Cielos Santos, qué horror!
Colorín colorado este tonto cuento se ha acabado.

ANGELA MAGAÑA