A LOS “vi/vi/anos” y BIBIANAS.
La moda imperiosa es, en el fondo, cateta. Los catetos y catetas que
la siguen con ahínco se ponen pesaditos y lo que es peor: meten la
pata con cierta frecuencia.
Empezaron, hace ya bastante tiempo, los políticos de “allí arriba”
con lo de los vascos y las vascas y lo vemos cada vez con más
frecuencia en cualquier ámbito social. Lo usan las autoridades de
medio pelo, incluso los profesores, preocupados por lo políticament
correcto, (¡pobrecitos míos!) y cualquiera, hoy en día.
A mí me revuelve el estómago hasta el punto de que el tema me ha
levantado de la cama hace un ratito, a las dos de la madrugada.
Procuro distraer mis insomnios con la radio y no con las
preocupaciones que pululan por mi mente desvelada, así es que ha sido
una profesional del uso de la palabra, ¡una locutora! La buena señora,
nada más empezar a hablar, se ha dirigido a sus queridos “oyentes y
oyentas”… y aquí mi ordenador que es más culto que la locutora en
cuestión se obstina en corregirme la “a” de oyentas y tengo que
recurrir al “omitir todas” que “todos/todas” conocemos.
Así pues veo pasar los meses y las mesas y observo que cada vez hay
más miembros y miembras que comenten la misma e ignorante torpeza.
Ahora me volveré a la cama con un libro, no vaya a ser que me asuste
otra vez si escucho la radio ¡Qué pesadilla!
ÁNGELA MAGAÑA
viernes, 10 de septiembre de 2010
sábado, 21 de agosto de 2010
PASEO SIN FIN
PASEO SIN FIN.
Arrastraba los pies por el agua fresca, en la playa; el levante soplaba con fuerza y traía arena que le hacía cosquillitas por todo, pero a ella le daba igual. Estaba feliz: le gustaba el mar, las olas, el viento, y el sonido de todo ello; disfrutaba sobre todo de haber conseguido un rato de soledad.
No quería recordar nada de su doméstico día a día. El ruido del mar conseguía que olvidase los alaridos de su marido que habitualmente la llenaban de desazón y que eran imposibles de ignorar.
La naturaleza (había leído) crea mecanismos de autodefensa que podían explicar la sorderilla incipiente que ella estaba desarrollando. Lo que más temía era la tendencia a la amargura que la invadía de vez en cuando. Mejor, pensaba, quedarme sorda que convertirme en una auténtica señorita Rottenmayer gruñona, desagradable... y últimamente se veía como tal.
Lo peor es que él no era malvado pero ¡qué magnifica voz tenía! El hecho de no encontrarla en el momento oportuno (para él) y en el lugar requerido (por él) en el acto, le hacía romper en "¡Martas!" sonoros e imperiosos que la hacían temblar al principio, años atrás, y que la seguían irritando y enloqueciendo más y más conforme el tiempo pasaba.
In the begining, el "Marta" iba seguido de otra palabra, por ejemplo: ¡Maaarta, ¡los calzoncillos!!! o ¡Maaarta, el pantalón gris!!! Pero con el tiempo crecía en él la impaciencia y se fortalecía, con la práctica, su magnifica voz de barítono.
Procuró olvidarlo todo y disfrutar, sin más, del paseo orilla mar.
Un grupo de nudistas la hizo notar que se había alejado mucho, pero siguió caminando.
Vio a unos bañistas que gesticulaban y al pasar al lado se dio cuenta de que era una excursión de gente sorda, muda por lo mismo. Un poco apartado un señor de su edad que, caminaba como ella, se había distanciado de sus compañeros. Sin saber por qué lo miró a los ojos y se sintió al instante atraída por él, por el silencio que le rodeaba y por al expresividad de sus ojos y de sus manos.
Empezaron a caminar juntos, hombro con hombro, y ... así siguieron hasta el final de sus vidas. El paseo fue largo y sosegado. No hubo ya más alaridos y a ella se le quitó el complejo de Srta. Rottenmeyer, su sordera no fue a más y colorín colorado…
ÁNGELA MAGAÑA
Arrastraba los pies por el agua fresca, en la playa; el levante soplaba con fuerza y traía arena que le hacía cosquillitas por todo, pero a ella le daba igual. Estaba feliz: le gustaba el mar, las olas, el viento, y el sonido de todo ello; disfrutaba sobre todo de haber conseguido un rato de soledad.
No quería recordar nada de su doméstico día a día. El ruido del mar conseguía que olvidase los alaridos de su marido que habitualmente la llenaban de desazón y que eran imposibles de ignorar.
La naturaleza (había leído) crea mecanismos de autodefensa que podían explicar la sorderilla incipiente que ella estaba desarrollando. Lo que más temía era la tendencia a la amargura que la invadía de vez en cuando. Mejor, pensaba, quedarme sorda que convertirme en una auténtica señorita Rottenmayer gruñona, desagradable... y últimamente se veía como tal.
Lo peor es que él no era malvado pero ¡qué magnifica voz tenía! El hecho de no encontrarla en el momento oportuno (para él) y en el lugar requerido (por él) en el acto, le hacía romper en "¡Martas!" sonoros e imperiosos que la hacían temblar al principio, años atrás, y que la seguían irritando y enloqueciendo más y más conforme el tiempo pasaba.
In the begining, el "Marta" iba seguido de otra palabra, por ejemplo: ¡Maaarta, ¡los calzoncillos!!! o ¡Maaarta, el pantalón gris!!! Pero con el tiempo crecía en él la impaciencia y se fortalecía, con la práctica, su magnifica voz de barítono.
Procuró olvidarlo todo y disfrutar, sin más, del paseo orilla mar.
Un grupo de nudistas la hizo notar que se había alejado mucho, pero siguió caminando.
Vio a unos bañistas que gesticulaban y al pasar al lado se dio cuenta de que era una excursión de gente sorda, muda por lo mismo. Un poco apartado un señor de su edad que, caminaba como ella, se había distanciado de sus compañeros. Sin saber por qué lo miró a los ojos y se sintió al instante atraída por él, por el silencio que le rodeaba y por al expresividad de sus ojos y de sus manos.
Empezaron a caminar juntos, hombro con hombro, y ... así siguieron hasta el final de sus vidas. El paseo fue largo y sosegado. No hubo ya más alaridos y a ella se le quitó el complejo de Srta. Rottenmeyer, su sordera no fue a más y colorín colorado…
ÁNGELA MAGAÑA
miércoles, 18 de agosto de 2010
DIARREA MENTAL
SOLEDAD (cuento surrealista)
Era verano y poner un pie en la calle con aquel calor le parecía suicida, la soledad la llenaba y sentía como si fuese un mazo real y macizo que daba golpes taimados en su coronilla, le dolían las sienes. Decidió coger el coche e ir a dar una vuelta por un centro comercial. Era de natural amable y la gente le gustaba, pensó: si me encuentro a alguien conocido puedo llorar de la emoción, pero sabía que allí nadie le diría ni un triste “Buenos Días”
Las rebajas atraían a masas de personas que tocaban mucho los géneros y compraban muy poco. La tensión de su cabeza iba en aumento con el jaleo. Le entró una extraña sensación de aislamiento, mayor aún entre tanta gente. “creo que soy invisible” pensó y al recordar que su marido en casa, sentado frente a la tele, parecía no advertir su presencia se afianzó en su idea… “Me temo que sí ¡soy invisible!”
Era diabética y hacía tiempo que no se escondía para ponerse la inyección de insulina ni para hacerse análisis y es que la idea hacía ya tiempo que rondaba por su mente. Las señoras mayorcitas, como yo, somos invisibles, la gente no nos ve.
Atacó saludando a vecinos y gastando bromitas amistosas a los niños del vecindario. Pero eso era antes, aquel día se sentía sola abatida y menos visible que nunca.
Abandonó pues el centro comercial y volvió a casa. Su hombre seguía sin verla. Empezó a hacer pruebas: Cogió una camiseta roja de un cajón y se la metió en la cabeza, se puso una hoja de lechuga, sujeta a una oreja y empezó a cantar para llamar la atención: ¡Nada! La mirada, de él, seguía fija en Nadal que, dicho sea de paso, estaba haciendo una buena faena.
Cambió de táctica y empezó a hacerle cariñitos al hombre de la casa y entonces ¡SÍ! despertó de su inercia la cogió de la cintura y le dio un beso de tornillo y de película y la “depre” desapareció
¡Bien! Se dijo: “Soy visible y hasta comestible… debo ser” y se dio cuenta que estaba exagerando, ligeramente, con eso de la soledad.
Nosotros los andaluces... exageramos
Era verano y poner un pie en la calle con aquel calor le parecía suicida, la soledad la llenaba y sentía como si fuese un mazo real y macizo que daba golpes taimados en su coronilla, le dolían las sienes. Decidió coger el coche e ir a dar una vuelta por un centro comercial. Era de natural amable y la gente le gustaba, pensó: si me encuentro a alguien conocido puedo llorar de la emoción, pero sabía que allí nadie le diría ni un triste “Buenos Días”
Las rebajas atraían a masas de personas que tocaban mucho los géneros y compraban muy poco. La tensión de su cabeza iba en aumento con el jaleo. Le entró una extraña sensación de aislamiento, mayor aún entre tanta gente. “creo que soy invisible” pensó y al recordar que su marido en casa, sentado frente a la tele, parecía no advertir su presencia se afianzó en su idea… “Me temo que sí ¡soy invisible!”
Era diabética y hacía tiempo que no se escondía para ponerse la inyección de insulina ni para hacerse análisis y es que la idea hacía ya tiempo que rondaba por su mente. Las señoras mayorcitas, como yo, somos invisibles, la gente no nos ve.
Atacó saludando a vecinos y gastando bromitas amistosas a los niños del vecindario. Pero eso era antes, aquel día se sentía sola abatida y menos visible que nunca.
Abandonó pues el centro comercial y volvió a casa. Su hombre seguía sin verla. Empezó a hacer pruebas: Cogió una camiseta roja de un cajón y se la metió en la cabeza, se puso una hoja de lechuga, sujeta a una oreja y empezó a cantar para llamar la atención: ¡Nada! La mirada, de él, seguía fija en Nadal que, dicho sea de paso, estaba haciendo una buena faena.
Cambió de táctica y empezó a hacerle cariñitos al hombre de la casa y entonces ¡SÍ! despertó de su inercia la cogió de la cintura y le dio un beso de tornillo y de película y la “depre” desapareció
¡Bien! Se dijo: “Soy visible y hasta comestible… debo ser” y se dio cuenta que estaba exagerando, ligeramente, con eso de la soledad.
Nosotros los andaluces... exageramos
domingo, 15 de agosto de 2010
CALOR DE HOGAR
Un cuentecito de nada.
Tenía 4 años pero… era el hermano mayor; otros dos le seguían.
Era domingo, llovía, los pañales recién lavados y estirados sobre improvisadas cuerdas de tender llenaban los pasillos; una estufa encendida en un rincón intentaba paliar el frío y combatir tanta humedad. Sólo la abuela se ocupaba de los niños, la tarde era fría en aquella vieja casa.
Ángel a sus 4 años oía de vez en cuando la dichosa frasecita: “tú que eres el mayor…” El chiquitín de la casa dormía en el cochecito. Ángel pensó: “¿tendrá frío? La abuela, ocupada con la niña de 3 años, no se dio cuenta de que el niño empujaba el coche con el bebé dentro para acercarlo a la estufa encendida. Sorteaba como podía los pañales tendidos por el pasillo y consiguió acercar a su hermano a la lumbre.
Los alaridos del bebé alertaron, por fin, a la abuela. El cochecito de plástico se derretía a pasos agigantados y el crío, rojo y sudoroso, chillaba con todas sus fuerzas.
La ayuda llegó a tiempo y la aterrorizada abuela sacó al pequeño de allí sano y salvo. Ángel lloraba también de oír a su hermano.
Susto mayúsculo que hizo que los jóvenes padres maduraran un poco y se dieran cuenta de que los tres niños eran pequeños, incluido el mayor.
Estuvieron a punto de pagar por esta lección un precio demasiado alto. Estaba claro que el ángel de la guarda había hecho un buen trabajo.
Tenía 4 años pero… era el hermano mayor; otros dos le seguían.
Era domingo, llovía, los pañales recién lavados y estirados sobre improvisadas cuerdas de tender llenaban los pasillos; una estufa encendida en un rincón intentaba paliar el frío y combatir tanta humedad. Sólo la abuela se ocupaba de los niños, la tarde era fría en aquella vieja casa.
Ángel a sus 4 años oía de vez en cuando la dichosa frasecita: “tú que eres el mayor…” El chiquitín de la casa dormía en el cochecito. Ángel pensó: “¿tendrá frío? La abuela, ocupada con la niña de 3 años, no se dio cuenta de que el niño empujaba el coche con el bebé dentro para acercarlo a la estufa encendida. Sorteaba como podía los pañales tendidos por el pasillo y consiguió acercar a su hermano a la lumbre.
Los alaridos del bebé alertaron, por fin, a la abuela. El cochecito de plástico se derretía a pasos agigantados y el crío, rojo y sudoroso, chillaba con todas sus fuerzas.
La ayuda llegó a tiempo y la aterrorizada abuela sacó al pequeño de allí sano y salvo. Ángel lloraba también de oír a su hermano.
Susto mayúsculo que hizo que los jóvenes padres maduraran un poco y se dieran cuenta de que los tres niños eran pequeños, incluido el mayor.
Estuvieron a punto de pagar por esta lección un precio demasiado alto. Estaba claro que el ángel de la guarda había hecho un buen trabajo.
sábado, 10 de julio de 2010
CALOR
No caía la nieve ni ululaba el viento… era verano.
La casa dormía, la familia lo intentaba, el calor lo impedía.
Desde su tierna edad, 8 años y desde la cama, Alejandro miraba la luna luminosa y redonda que asomaba a su habitación. La luz disipaba los miedos que solía sentir en la oscuridad, pero recordó, de repente, que las noches así lo eran de hombres lobos y de vampiros deseosos de cuellos tiernecitos, como el suyo. Cogió la sábana que colgaba, hecha un rollito a los pies de la cama, se tapó casi hasta los ojos y procuró pensar en la pelea de pistolas de agua de antes, en la piscina.
Oyó a su abuelo, que se removía en la habitación de al lado y con la percepción que sólo los niños tienen se dio cuenta de que tampoco dormía; pensó, también él siente miedo.
Bajó al suelo y saliendo del cuarto, se tumbó al lado del anciano, como había visto que lo hacían los perros de las películas, en un trocito libre, a los pies de la cama. La mano del abuelo se deslizó hacia el pelo del niño y los temores de ambos desaparecieron.
Como dos almas gemelas durmieron juntos hasta el amanecer y luego… siguieron durmiendo hasta bien entrada la mañana.
El amor es un milagro que todo lo cura… Ángela Magaña
La casa dormía, la familia lo intentaba, el calor lo impedía.
Desde su tierna edad, 8 años y desde la cama, Alejandro miraba la luna luminosa y redonda que asomaba a su habitación. La luz disipaba los miedos que solía sentir en la oscuridad, pero recordó, de repente, que las noches así lo eran de hombres lobos y de vampiros deseosos de cuellos tiernecitos, como el suyo. Cogió la sábana que colgaba, hecha un rollito a los pies de la cama, se tapó casi hasta los ojos y procuró pensar en la pelea de pistolas de agua de antes, en la piscina.
Oyó a su abuelo, que se removía en la habitación de al lado y con la percepción que sólo los niños tienen se dio cuenta de que tampoco dormía; pensó, también él siente miedo.
Bajó al suelo y saliendo del cuarto, se tumbó al lado del anciano, como había visto que lo hacían los perros de las películas, en un trocito libre, a los pies de la cama. La mano del abuelo se deslizó hacia el pelo del niño y los temores de ambos desaparecieron.
Como dos almas gemelas durmieron juntos hasta el amanecer y luego… siguieron durmiendo hasta bien entrada la mañana.
El amor es un milagro que todo lo cura… Ángela Magaña
jueves, 3 de junio de 2010
LOCA POR EL TREN
Marta pasaba los veranos en un pueblo de la provincia de Logroño. El viaje era complicado. Se cogía el tren, desde Madrid, en la Estación de Atocha. Allí empezaba la fascinación. Los resoplidos de la máquina, los chorros de humo con carbonilla, de vapor y el ajetreo de gentes que iban y venían. Las parejas que se despedían y se besaban, en aquellos tiempos en que besarse no era algo permitido, Marta abría los ojos ante todo, con asombro. Amaba los trenes; eran la puerta a la aventura y a la fascinación de lo desconocido.
Se apeaban en la estación de Castejón y entonces venía lo peor: en un autobusillo inmundo (el de Perico, "El Gordo"), había que hacer los 8 Km. de curvas que iban hasta Cervera del Río Alhama. Mareo e impaciencia eran las sensaciones dominantes. Una vez allí, todo estupendo: Los abuelos, los primos de su edad y la maravillosa libertad que no tenía en la capital, con sus padres.
Más tarde fue ella la que iba, con su novio, a la estación; unas veces a despedirse de verdad y otras a hacer como que se despedía. Recuerdos dulces, de dulces y siempre escasos besos. Y el tren... como telón de fondo.
Siguió siéndole fiel, pero no les diré a quien... ¿al novio, al tren?
Amor multiplicado más tarde, en coche cama, noches felices. Mil oportunidades placenteras, más o menos cortos los trayectos, pero siempre con una ventanilla que le mostraba paisajes sugerentes y con un libro cuando iba sola.
Con el transcurso del tiempo, lo único que se ha hecho más leve es el tiempo. Los vagones hoy en día no viajan, vuelan, pero la locura de Marta no tiene cura: loca por el tren
Se apeaban en la estación de Castejón y entonces venía lo peor: en un autobusillo inmundo (el de Perico, "El Gordo"), había que hacer los 8 Km. de curvas que iban hasta Cervera del Río Alhama. Mareo e impaciencia eran las sensaciones dominantes. Una vez allí, todo estupendo: Los abuelos, los primos de su edad y la maravillosa libertad que no tenía en la capital, con sus padres.
Más tarde fue ella la que iba, con su novio, a la estación; unas veces a despedirse de verdad y otras a hacer como que se despedía. Recuerdos dulces, de dulces y siempre escasos besos. Y el tren... como telón de fondo.
Siguió siéndole fiel, pero no les diré a quien... ¿al novio, al tren?
Amor multiplicado más tarde, en coche cama, noches felices. Mil oportunidades placenteras, más o menos cortos los trayectos, pero siempre con una ventanilla que le mostraba paisajes sugerentes y con un libro cuando iba sola.
Con el transcurso del tiempo, lo único que se ha hecho más leve es el tiempo. Los vagones hoy en día no viajan, vuelan, pero la locura de Marta no tiene cura: loca por el tren
domingo, 18 de abril de 2010
"PACONPIQUE"!
“¡Paconpique!”
Andalucía, tan especial.
En la puerta del mercado, en Jerez, un hombre voceando ¡Paconpique! y yo ¡lo entiendo! Un inglés no, no lo entendería, pero yo sí. Soy, ya, más andaluza que otra cosa.
Me veo a mí misma en una de mis clases en el pasado: “señorita: ¿cómo se dice –“aradio”— en inglés? Y en un acto de suicidio didáctico yo, que contesté con muy buen acento, ¡eso sí!, “aradio”
Y es que Andalucía tiene su propio decir, su forma de hablar suya y de nadie más.
Ahora la traducción: “paconpique” ya lo habrán adivinado significa: para comer con picante ¡Está clarísimo! … y lo que había que “picantear” eran los caracoles ¡Caracoles!
Andalucía, tan especial.
En la puerta del mercado, en Jerez, un hombre voceando ¡Paconpique! y yo ¡lo entiendo! Un inglés no, no lo entendería, pero yo sí. Soy, ya, más andaluza que otra cosa.
Me veo a mí misma en una de mis clases en el pasado: “señorita: ¿cómo se dice –“aradio”— en inglés? Y en un acto de suicidio didáctico yo, que contesté con muy buen acento, ¡eso sí!, “aradio”
Y es que Andalucía tiene su propio decir, su forma de hablar suya y de nadie más.
Ahora la traducción: “paconpique” ya lo habrán adivinado significa: para comer con picante ¡Está clarísimo! … y lo que había que “picantear” eran los caracoles ¡Caracoles!
domingo, 21 de febrero de 2010
MARTA Y EL CACHIVACHE MARAVILLOSO
Vivir y dejar vivir era una frase tópica, pero a ella le parecía muy aceptable.
Limpiaba lo menos que podía pero de vez en cuando… Decidió un día eliminar lo inservible y empezó por el trastero.
Acabaría para siempre con el: “Lo guardaremos, por si acaso”
No quería cosas inútiles que almacenaban más y más polvo.
Empezó hurgando en las cajas. En la primera que destapó había objetos de metal: un juego de sartenes de juguete, rollos de cable, portalámparas, un tostador viejo, un Buda rechoncho y mil cosas más. Cogió pensativa el buda y distraída con la mirada perdida (como suele ocurrir) le pasó varias veces la bayeta por la barriga y lo dejó resplandeciente. Abstraída decidió:”Todo esto ¡a la basura!” Volvió a meterlo en la caja y cargó con ella hasta el contenedor más cercano. Siguió un momento poniendo orden y pensó “basta por hoy” y se dejó de limpiezas, por aquel día.
Una de las cosas que más molestaba a Marta era lo mucho que protestaba por todo su marido cuando tenía hambre. Molesto, se ponía bastante insoportable y recordaba un poco al cocodrilo Jacala (el vientre que sobre 4 patas anda) del Libro de la Selva de Kipling.
¡Vamos, que se lo comía todo! Después, ya más tranquilo, su humor mejoraba notablemente y todo iba mucho mejor.
Aquel día a la hora de comer sorprendió a Marta al decirle: “He pensado que tengo que moderarme y ahora mismo me pongo a régimen” y comió con moderación dejando en el plato parte de lo que se había servido.
A la hora de ver la TV y para sorpresa de Marta, pasó de largo sobre los infinitos partidos de football y le dijo “Pongo Viajar, que se que te gusta” Marta no salía de su asombro.
Estaba contento y de un humor excelente y esto era lo mejor.
Los detalles de este tipo se sucedieron.
Se empezó a gustar más, cuando se miraba al espejo. Le cundía muchísimo el tiempo y su salud empezó a mejorar un montón. Si sigo así, pensaba Marta, no voy a poder presumir de ser la mujer más dulce del mundo y es que su diabetes también se suavizaba.
Su vista también se hacía más aguda y a veces pensaba ¡Caramba, qué bien veo ahora!
Los múltiples achaques de Marta se iban haciendo más tolerables.
Recapacitó; repasó los movimientos que había hecho aquel día lejano en que todas aquellas maravillas habían empezado y pensó: a ver si va a resultar que limpiar es buenísimo para la salud… y tristemente se dijo: ¡Cielos Santos, qué horror!
Colorín colorado este tonto cuento se ha acabado.
ANGELA MAGAÑA
Limpiaba lo menos que podía pero de vez en cuando… Decidió un día eliminar lo inservible y empezó por el trastero.
Acabaría para siempre con el: “Lo guardaremos, por si acaso”
No quería cosas inútiles que almacenaban más y más polvo.
Empezó hurgando en las cajas. En la primera que destapó había objetos de metal: un juego de sartenes de juguete, rollos de cable, portalámparas, un tostador viejo, un Buda rechoncho y mil cosas más. Cogió pensativa el buda y distraída con la mirada perdida (como suele ocurrir) le pasó varias veces la bayeta por la barriga y lo dejó resplandeciente. Abstraída decidió:”Todo esto ¡a la basura!” Volvió a meterlo en la caja y cargó con ella hasta el contenedor más cercano. Siguió un momento poniendo orden y pensó “basta por hoy” y se dejó de limpiezas, por aquel día.
Una de las cosas que más molestaba a Marta era lo mucho que protestaba por todo su marido cuando tenía hambre. Molesto, se ponía bastante insoportable y recordaba un poco al cocodrilo Jacala (el vientre que sobre 4 patas anda) del Libro de la Selva de Kipling.
¡Vamos, que se lo comía todo! Después, ya más tranquilo, su humor mejoraba notablemente y todo iba mucho mejor.
Aquel día a la hora de comer sorprendió a Marta al decirle: “He pensado que tengo que moderarme y ahora mismo me pongo a régimen” y comió con moderación dejando en el plato parte de lo que se había servido.
A la hora de ver la TV y para sorpresa de Marta, pasó de largo sobre los infinitos partidos de football y le dijo “Pongo Viajar, que se que te gusta” Marta no salía de su asombro.
Estaba contento y de un humor excelente y esto era lo mejor.
Los detalles de este tipo se sucedieron.
Se empezó a gustar más, cuando se miraba al espejo. Le cundía muchísimo el tiempo y su salud empezó a mejorar un montón. Si sigo así, pensaba Marta, no voy a poder presumir de ser la mujer más dulce del mundo y es que su diabetes también se suavizaba.
Su vista también se hacía más aguda y a veces pensaba ¡Caramba, qué bien veo ahora!
Los múltiples achaques de Marta se iban haciendo más tolerables.
Recapacitó; repasó los movimientos que había hecho aquel día lejano en que todas aquellas maravillas habían empezado y pensó: a ver si va a resultar que limpiar es buenísimo para la salud… y tristemente se dijo: ¡Cielos Santos, qué horror!
Colorín colorado este tonto cuento se ha acabado.
ANGELA MAGAÑA
sábado, 20 de febrero de 2010
UN VERANO EN PUNTA UMBRÍA
UN VERANO EN PUNTA UMBRÍA
Transcurría el verano de 1969. Vivíamos en Huelva capital. Mi madre, deseosa de reunirnos a todos los hermanos, había alquilado un hermoso chalet en la playa, en Punta Umbría. Los niños nuestros y también los de mi amiga Paloma jugaban en la arena, entre pinos. Los mayores, que no éramos entonces “tan mayores”, alargábamos las frescas noches todo lo que podíamos. Charlábamos hasta las tantas y disfrutábamos de estar todos juntos. Nos acostábamos, después, con ganas de descansar y deseando, sobre todo, que nuestros niños no se despertasen.
Los vecinos del chalet de al lado (perfectos desconocidos para nosotros) se reunían, a su vez, en unas juergas ruidosas y mucho más tardías que las nuestras. Por el tono destemplado de sus flamencas voces y sus desgraciadas palmas, ricas en decibelios, se podía apreciar que el vino corría con generosidad.
Nos volvían a poner en solfa y nos tenían bastante hartos.
Lo aguantábamos casi todos pero uno de los miembros de la familia, el marido de mi hermana Divina, como buen francés que era, no soportaba aquellos alaridos y menos que no lo dejasen dormir.
Un día se acercó a pedirles que no armasen tanto jaleo. Borrachos estaban y como tales le contestaron. Lo pusieron a caldo y pudimos oír barbaridades e insultos de gran calibre. Lo más suave que le llamaron fue cabrón, hijo de puta, franchute… y otras cositas lindas ¡no más!
La pelea terminó de la forma más inesperada. Mi cuñado hablaba muy poco español y a sus exabruptos les contestó (enfadadísimo, eso sí) “¡Feos y además de feos cantan mal!”
Nos reímos tanto, todos, que la sangre no llegó al río… y los otros, que tampoco nos conocían, se debieron quedar asombraditos vivos. ÁNGELA MAGAÑA
Transcurría el verano de 1969. Vivíamos en Huelva capital. Mi madre, deseosa de reunirnos a todos los hermanos, había alquilado un hermoso chalet en la playa, en Punta Umbría. Los niños nuestros y también los de mi amiga Paloma jugaban en la arena, entre pinos. Los mayores, que no éramos entonces “tan mayores”, alargábamos las frescas noches todo lo que podíamos. Charlábamos hasta las tantas y disfrutábamos de estar todos juntos. Nos acostábamos, después, con ganas de descansar y deseando, sobre todo, que nuestros niños no se despertasen.
Los vecinos del chalet de al lado (perfectos desconocidos para nosotros) se reunían, a su vez, en unas juergas ruidosas y mucho más tardías que las nuestras. Por el tono destemplado de sus flamencas voces y sus desgraciadas palmas, ricas en decibelios, se podía apreciar que el vino corría con generosidad.
Nos volvían a poner en solfa y nos tenían bastante hartos.
Lo aguantábamos casi todos pero uno de los miembros de la familia, el marido de mi hermana Divina, como buen francés que era, no soportaba aquellos alaridos y menos que no lo dejasen dormir.
Un día se acercó a pedirles que no armasen tanto jaleo. Borrachos estaban y como tales le contestaron. Lo pusieron a caldo y pudimos oír barbaridades e insultos de gran calibre. Lo más suave que le llamaron fue cabrón, hijo de puta, franchute… y otras cositas lindas ¡no más!
La pelea terminó de la forma más inesperada. Mi cuñado hablaba muy poco español y a sus exabruptos les contestó (enfadadísimo, eso sí) “¡Feos y además de feos cantan mal!”
Nos reímos tanto, todos, que la sangre no llegó al río… y los otros, que tampoco nos conocían, se debieron quedar asombraditos vivos. ÁNGELA MAGAÑA
martes, 26 de enero de 2010
LA CAGAILLA
---------- Forwarded message ----------
From: angela magaña
Date: 26 ene, 22:16
Subject: LA CAGAILLA
To: LiterataMotril
Algunos de nosotros, motrileños, conocemos la anécdota.
Conversaba el Rey Balduino de Bélgica con el alcalde de entonces: D.
Juan Antonio Escribano; supongo yo que pretendía tomarle el pelo. Le
preguntó el nombre original del lugar en el que estaba situada su
finca "Villa Astrida" y al oir la contestación: "La Cagailla" indagó
sobre el significado de aquello. Muy fino el alcalde le contestó:"la
petite défécation" Y se quedó tan ancho el Señor Alcalde.
Al volver a Motril, me lo he encontrado bastante patas arriba,
todavía, por las obras. He observado que muchos pedazos de acera están
ya acabados y también que gozaban casi todos en su superficie de
alguna más o menos "petite" défécation. Resumiendo: que lo de LA
CAGAILLA, por desgracia le va como anillo al dedo.
From: angela magaña
Date: 26 ene, 22:16
Subject: LA CAGAILLA
To: LiterataMotril
Algunos de nosotros, motrileños, conocemos la anécdota.
Conversaba el Rey Balduino de Bélgica con el alcalde de entonces: D.
Juan Antonio Escribano; supongo yo que pretendía tomarle el pelo. Le
preguntó el nombre original del lugar en el que estaba situada su
finca "Villa Astrida" y al oir la contestación: "La Cagailla" indagó
sobre el significado de aquello. Muy fino el alcalde le contestó:"la
petite défécation" Y se quedó tan ancho el Señor Alcalde.
Al volver a Motril, me lo he encontrado bastante patas arriba,
todavía, por las obras. He observado que muchos pedazos de acera están
ya acabados y también que gozaban casi todos en su superficie de
alguna más o menos "petite" défécation. Resumiendo: que lo de LA
CAGAILLA, por desgracia le va como anillo al dedo.
sábado, 23 de enero de 2010
MÉJICO
Otro viajecito.
No es pesimismo, pero constato con una pereza perniciosa que: los aviones son estrechos, incómodos y que lo normal, hoy en día, es que el vuelo salga con mucho retraso. Horas mil, estuvimos esperando a la vuelta en el aeropuerto, que se sumaron a las once del viaje, propiamente dicho. Me salvó la vida el segundo libro de Milenio que, gracias al destino, no me cupo en la maleta y llenó felizmente mi espera. Cuando lo terminé casi lloro. Me gustó mucho.
Méjico inmenso me pareció, sobre todo, color. Colores por todo y artesanía laboriosa y naïf de lo más pintoresca. Un país muy religioso lleno de imágenes, crucifijos y gente llena de devoción rezando.
Las pirámides, que ellos llaman templos, muy impresionantes y más todavía los relatos de los sacrificios humanos que hacían a sus dioses sanguinarios. Cuando llegaron los otros, los conquistadores, el pueblo creyó que ellos tambien eran dioses rubiotes y peludos. Ni eran dioses, ni eran tampoco especialmente indulgentes.
El pueblo pobre y artesano ofrece sus mil obras coloridas y que despertaron mi admiración por originales y variadas. Tejidos de lana y algodón, piedras labradas, dibujos, maderas trabajadas con pericia y reproducciones de sus diosecillos y máscaras.
Visitamos unos canales recorridos por barcas decoradas en mil colores y llamadas trajineras. Alquilamos una de ellas y en otras viajaban familias como nosotros, bandas de mariachis vendiendo sus canciones bonitas o más artesanos y proveedores de todo. Cada barca con su nombre de mujer y sus adornos vistosísimos.
El folcklore es variadísimo y alegre.
Nadie nos garantizaba la seguridad en la calle. Los hijos, cuando no nos acompañaban, nos tenían medio raptados. Sólo nos dejaban salir solos por algún barrio seguro: Polanco, por ejemplo, donde viven muchos españoles y es que DF tiene 18 millones de habitantes y calles y calles abigarradas que no ofrecen ninguna tranquilidad.
La comida me pareció sabrosa, bien aderezada y preservándose un poco de los picantes muy apetitosa.
Un detalle curioso es que en el metro (me dijeron) tienen distintos vagones para hombres y mujeres, para evitar abusos.
Me encantó su graciosísima forma de hablar.
En el médico por ejemplo: “Desnúdese, déjese no más, la pantaleta” (¡Con lo fea que es la palabra braga!)
Otro ejemplo: Hubo un accidente en el que murió un señor judío, bastante relevante en esa comunidad y en la radio dijeron que D. lo que fuese: “Había muerto de un helicopterazo”. Con lo cual a pesar de lo trágico del asunto, no tiene el oyente español más remedio que sonreír.
Menos gracioso el: "Ahorita mismo" seguido de una prolongada espera.
Para ellos, los mejicanos, el taco es algo que se come y no algo que se dice cuando se está enfadado. No son nada mal hablados en su vida cotidiana y pública. En su casa, tengo entendido que, tambíén sueltan sapos y culebras, de vez en cuando. Llaman "hocicones" a los que hablan como lo hacemos, con cierta frecuencia, nosotros los españoles.
En fin, hicimos además un viajecito interior para conocer un poco más de ese país tan enorme y todo nos pareció muy bonito. Méjico inmenso y variado… Méjico lindo y querido.
Dos versiones de lo que fue el descubrimiento. Hay quien te habla con cariño de España como "Madre Patria" y otros en cambio rememoran el expolio y es entonces cuando nosotros españoles no sabemos donde meternos.
Dan ganas de decir : "Perdone, pero yo no he sido" o ¿... sí, hemos sido?
No es pesimismo, pero constato con una pereza perniciosa que: los aviones son estrechos, incómodos y que lo normal, hoy en día, es que el vuelo salga con mucho retraso. Horas mil, estuvimos esperando a la vuelta en el aeropuerto, que se sumaron a las once del viaje, propiamente dicho. Me salvó la vida el segundo libro de Milenio que, gracias al destino, no me cupo en la maleta y llenó felizmente mi espera. Cuando lo terminé casi lloro. Me gustó mucho.
Méjico inmenso me pareció, sobre todo, color. Colores por todo y artesanía laboriosa y naïf de lo más pintoresca. Un país muy religioso lleno de imágenes, crucifijos y gente llena de devoción rezando.
Las pirámides, que ellos llaman templos, muy impresionantes y más todavía los relatos de los sacrificios humanos que hacían a sus dioses sanguinarios. Cuando llegaron los otros, los conquistadores, el pueblo creyó que ellos tambien eran dioses rubiotes y peludos. Ni eran dioses, ni eran tampoco especialmente indulgentes.
El pueblo pobre y artesano ofrece sus mil obras coloridas y que despertaron mi admiración por originales y variadas. Tejidos de lana y algodón, piedras labradas, dibujos, maderas trabajadas con pericia y reproducciones de sus diosecillos y máscaras.
Visitamos unos canales recorridos por barcas decoradas en mil colores y llamadas trajineras. Alquilamos una de ellas y en otras viajaban familias como nosotros, bandas de mariachis vendiendo sus canciones bonitas o más artesanos y proveedores de todo. Cada barca con su nombre de mujer y sus adornos vistosísimos.
El folcklore es variadísimo y alegre.
Nadie nos garantizaba la seguridad en la calle. Los hijos, cuando no nos acompañaban, nos tenían medio raptados. Sólo nos dejaban salir solos por algún barrio seguro: Polanco, por ejemplo, donde viven muchos españoles y es que DF tiene 18 millones de habitantes y calles y calles abigarradas que no ofrecen ninguna tranquilidad.
La comida me pareció sabrosa, bien aderezada y preservándose un poco de los picantes muy apetitosa.
Un detalle curioso es que en el metro (me dijeron) tienen distintos vagones para hombres y mujeres, para evitar abusos.
Me encantó su graciosísima forma de hablar.
En el médico por ejemplo: “Desnúdese, déjese no más, la pantaleta” (¡Con lo fea que es la palabra braga!)
Otro ejemplo: Hubo un accidente en el que murió un señor judío, bastante relevante en esa comunidad y en la radio dijeron que D. lo que fuese: “Había muerto de un helicopterazo”. Con lo cual a pesar de lo trágico del asunto, no tiene el oyente español más remedio que sonreír.
Menos gracioso el: "Ahorita mismo" seguido de una prolongada espera.
Para ellos, los mejicanos, el taco es algo que se come y no algo que se dice cuando se está enfadado. No son nada mal hablados en su vida cotidiana y pública. En su casa, tengo entendido que, tambíén sueltan sapos y culebras, de vez en cuando. Llaman "hocicones" a los que hablan como lo hacemos, con cierta frecuencia, nosotros los españoles.
En fin, hicimos además un viajecito interior para conocer un poco más de ese país tan enorme y todo nos pareció muy bonito. Méjico inmenso y variado… Méjico lindo y querido.
Dos versiones de lo que fue el descubrimiento. Hay quien te habla con cariño de España como "Madre Patria" y otros en cambio rememoran el expolio y es entonces cuando nosotros españoles no sabemos donde meternos.
Dan ganas de decir : "Perdone, pero yo no he sido" o ¿... sí, hemos sido?
domingo, 20 de diciembre de 2009
IMPATIENS
Dicen que las flores tienen sentimientos y que, por las noches, lloran sus penas. Los humanos, en su ignorancia, llaman rocío a sus lágrimas… y, siempre tan crueles, admiran y cantan a esas gotitas que bañan los pétalos.
Una joven bella, de larga cabellera se bañaba desnuda en las aguas de un río. Pasó por allí un paje, casi niño, y al verla tan hermosa se quedó petrificado Y fue incapaz de moverse de allí. Salió la doncella del agua y se dirigió hacia él, pero lo ignoró y se limitó a pasar a su lado alejándose luego.
Clavado quedó el doncel en el prado y poco a poco fue marchitándose en su dolor, hasta que murió.
De amor fue la muerte aquella, y cuando llegó la primavera el campo floreció llenándose de pequeños brotes. Paseaba la joven por allí y encontró un gorrito de terciopelo rojo que le hizo recordar al muchacho que el verano anterior la había observado con embeleso. Comprendió lo que había ocurrido y fue ella la que derramó lágrimas sobre los brotes. Surgieron aquí y allá bonitas flores a las que ella llamó “impatiens”
El llanto de la doncella, castigo a su arrogancia, siguió brotando y se confundió con el rocío que cubría las flores. Fue la única consumación de su amor tardío con el joven doncel.
Una joven bella, de larga cabellera se bañaba desnuda en las aguas de un río. Pasó por allí un paje, casi niño, y al verla tan hermosa se quedó petrificado Y fue incapaz de moverse de allí. Salió la doncella del agua y se dirigió hacia él, pero lo ignoró y se limitó a pasar a su lado alejándose luego.
Clavado quedó el doncel en el prado y poco a poco fue marchitándose en su dolor, hasta que murió.
De amor fue la muerte aquella, y cuando llegó la primavera el campo floreció llenándose de pequeños brotes. Paseaba la joven por allí y encontró un gorrito de terciopelo rojo que le hizo recordar al muchacho que el verano anterior la había observado con embeleso. Comprendió lo que había ocurrido y fue ella la que derramó lágrimas sobre los brotes. Surgieron aquí y allá bonitas flores a las que ella llamó “impatiens”
El llanto de la doncella, castigo a su arrogancia, siguió brotando y se confundió con el rocío que cubría las flores. Fue la única consumación de su amor tardío con el joven doncel.
domingo, 13 de diciembre de 2009
ENFOQUE SOCIAL DE LA DIABETES
Me estrené en mis dulzuras a los 11 años y de eso hace “hartá años” (estoy en Andalucía ¿se nota?)
Nunca jamás he dejado de ir a ninguna reunión por no poder comer/ beber como los demás, no diabéticos, mortales. Pero el destino se pone pesadito y reiterativo conmigo. Mi marido se ha unido a nuestro inmenso grupo y hace ya años que es, también él, dulce. Uno más con los mismos problemas… Pretende que no vayamos a casi ningún jolgorio, con comida incorporada, para no salirse del régimen. Dice que no tiene fuerza de voluntad.
Y ahí surge la discrepancia. ¿Qué es más importante: relacionarse con quien te apetezca o la comida?
La verdad es que nuestro menú puede ser tan variado y estupendo como cualquier otro, con lo cual yo no sufro ni un poquito. No nos ponemos de acuerdo y finalmente hemos optado por hacer casi siempre lo que nos apetece a cada uno: él se queda y yo me voy. Nos llevamos muy bien, así es que ¡todos contentos!
Pero ¿No merecería este tema un pequeño debate?
Nunca jamás he dejado de ir a ninguna reunión por no poder comer/ beber como los demás, no diabéticos, mortales. Pero el destino se pone pesadito y reiterativo conmigo. Mi marido se ha unido a nuestro inmenso grupo y hace ya años que es, también él, dulce. Uno más con los mismos problemas… Pretende que no vayamos a casi ningún jolgorio, con comida incorporada, para no salirse del régimen. Dice que no tiene fuerza de voluntad.
Y ahí surge la discrepancia. ¿Qué es más importante: relacionarse con quien te apetezca o la comida?
La verdad es que nuestro menú puede ser tan variado y estupendo como cualquier otro, con lo cual yo no sufro ni un poquito. No nos ponemos de acuerdo y finalmente hemos optado por hacer casi siempre lo que nos apetece a cada uno: él se queda y yo me voy. Nos llevamos muy bien, así es que ¡todos contentos!
Pero ¿No merecería este tema un pequeño debate?
martes, 8 de diciembre de 2009
CRONOS ¡dios!... ¡Qué digestiones tan pesadas!
CRONOS ¡dios!... ¡Qué digestiones tan pesadas!
Ni siquiera los dioses del Olimpo podían vivir tranquilos.
CRONOS no sosegaba. Era el supremo dios de los Titanes pero estaba preocupado. Era consciente de que no podría mantener su alto estatus, para siempre.
Le habían vaticinado que uno de sus churumbeles se le subiría a las barbas algún día. Tomó una decisión drástica: se los iría comiendo conforme fueran naciendo. Así fue, los devoró a todos: Hestia, Hera, Deméter, Poseidón y Hares.
Rea, su esposa y madre de las criaturas, estaba empezando a hartarse. Vivir con un hombre resulta difícil, pero aguantar a un dios de por vida (y con tan buen apetito) era más de lo que ella podía o quería soportar. Cuando se quedó embarazada de nuevo, se quitó de en medio y cuando salió de su escondite le ofreció a Cronos una piedra envuelta en los pañales, previamente marraneados, por el cachorro del dios. Cronos, se dejó engatusar por las carantoñas de su esposa y, sin advertir la diferencia, se comió aquello que el creía que era un bebé.
Pasaron los años y Zeus creció. Decidió recuperar lo que le correspondía y un buen día dio a beber a Cronos (su padre) una pócima. Zeus frente a él que sonreía y le miraba a los ojos, no desconfió y apuró la copa hasta el final.
Cronos se puso muy malito y regurgitó todo lo que antes se había comido. Los pañales y la piedra primero, Hestia, Hera, Deméter, Poseidón y Hares, en ese orden, al final.
Después de una digestión tan prolongada y pesadísima, suponemos, se debió quedar más ancho que largo. Se le debieron quitar, para siempre, las ganas de comer tan a lo bestia, por muy dios del Olimpo que hubiese sido.
Los Titanes, derrotados, fueron enviados a los abismos y
Zeus y sus hermanos se repartieron la creación como les apeteció.
Zeus se convirtió en dios del cielo y soberano olímpico; para Poseidón fueron las profundidades y el mar y a Hades le correspondió el inframundo y… siguieron siendo dioses, lo que no les impedía enamorarse entre ellos y de los humanos cada vez que se les antojaba.
¡Muy caprichosos los dioses del Olimpo!
Ni siquiera los dioses del Olimpo podían vivir tranquilos.
CRONOS no sosegaba. Era el supremo dios de los Titanes pero estaba preocupado. Era consciente de que no podría mantener su alto estatus, para siempre.
Le habían vaticinado que uno de sus churumbeles se le subiría a las barbas algún día. Tomó una decisión drástica: se los iría comiendo conforme fueran naciendo. Así fue, los devoró a todos: Hestia, Hera, Deméter, Poseidón y Hares.
Rea, su esposa y madre de las criaturas, estaba empezando a hartarse. Vivir con un hombre resulta difícil, pero aguantar a un dios de por vida (y con tan buen apetito) era más de lo que ella podía o quería soportar. Cuando se quedó embarazada de nuevo, se quitó de en medio y cuando salió de su escondite le ofreció a Cronos una piedra envuelta en los pañales, previamente marraneados, por el cachorro del dios. Cronos, se dejó engatusar por las carantoñas de su esposa y, sin advertir la diferencia, se comió aquello que el creía que era un bebé.
Pasaron los años y Zeus creció. Decidió recuperar lo que le correspondía y un buen día dio a beber a Cronos (su padre) una pócima. Zeus frente a él que sonreía y le miraba a los ojos, no desconfió y apuró la copa hasta el final.
Cronos se puso muy malito y regurgitó todo lo que antes se había comido. Los pañales y la piedra primero, Hestia, Hera, Deméter, Poseidón y Hares, en ese orden, al final.
Después de una digestión tan prolongada y pesadísima, suponemos, se debió quedar más ancho que largo. Se le debieron quitar, para siempre, las ganas de comer tan a lo bestia, por muy dios del Olimpo que hubiese sido.
Los Titanes, derrotados, fueron enviados a los abismos y
Zeus y sus hermanos se repartieron la creación como les apeteció.
Zeus se convirtió en dios del cielo y soberano olímpico; para Poseidón fueron las profundidades y el mar y a Hades le correspondió el inframundo y… siguieron siendo dioses, lo que no les impedía enamorarse entre ellos y de los humanos cada vez que se les antojaba.
¡Muy caprichosos los dioses del Olimpo!
lunes, 30 de noviembre de 2009
NUEVAS EXPECTATIVAS
Para uno de mis cariños:
Tenía yo una amiga que decía que le horrorizaba el concepto: "mi mejor amiga". Presumía de tener varias mejores amigas. Yo, en cambio, tengo muchos "cariños".
Hoy pienso en uno de ellos muy, muy (dos veces) considerable. Releo un comentario que hizo a una de las bobaditas que escribo en el blog. Le ilusionaba, decía (aunque con otras palabras), tener ocasión de conocer gente nueva y de tener nuevos horizontes Buena ocasión: la vida es retorcidilla, pero por el sistema: "Dios escribe derecho con líneas torcidas" es capaz de obtener buenos resultados.
Lo que va disfrazado de desengaño, puede resultar un empezar con nuevas ilusiones y encima con más experiencia.
Yo ahora que mi inicio; sólo ¡me inicio! en la edad provecta, estoy contentísima de saber más que los ratones "coloraos" y es que con los años se aprende un montón y... es estupendo. La perspectiva de todo varía se disfruta más y se puede elegir mejor.
Si todo esto se suma a estar en plena flor de la vida y a tener mucho que ofrecer se puede esperar lo mejor de lo mejor, en todo.
Y si no, se aplica una táctica de mi padre: ¡Tú, hija mía (me solía decir), siempre: paso adelante y mala leche!
Tenía yo una amiga que decía que le horrorizaba el concepto: "mi mejor amiga". Presumía de tener varias mejores amigas. Yo, en cambio, tengo muchos "cariños".
Hoy pienso en uno de ellos muy, muy (dos veces) considerable. Releo un comentario que hizo a una de las bobaditas que escribo en el blog. Le ilusionaba, decía (aunque con otras palabras), tener ocasión de conocer gente nueva y de tener nuevos horizontes Buena ocasión: la vida es retorcidilla, pero por el sistema: "Dios escribe derecho con líneas torcidas" es capaz de obtener buenos resultados.
Lo que va disfrazado de desengaño, puede resultar un empezar con nuevas ilusiones y encima con más experiencia.
Yo ahora que mi inicio; sólo ¡me inicio! en la edad provecta, estoy contentísima de saber más que los ratones "coloraos" y es que con los años se aprende un montón y... es estupendo. La perspectiva de todo varía se disfruta más y se puede elegir mejor.
Si todo esto se suma a estar en plena flor de la vida y a tener mucho que ofrecer se puede esperar lo mejor de lo mejor, en todo.
Y si no, se aplica una táctica de mi padre: ¡Tú, hija mía (me solía decir), siempre: paso adelante y mala leche!
sábado, 28 de noviembre de 2009
MIOPÍA EMOCIONAL
Hay hombres/ hay mujeres especialistas en dejar pasar de largo, por su vida, lo mejor de lo mejor y a los mejores; siempre me he preguntado qué es lo que valoran algunas personas.
Alguien que nunca quiere parecer lo que no es, que valora la amistad, la colaboración en pareja (poniendo mucho en ello), alguien sincero hasta el punto de que nunca dice lo que no siente, a riesgo de parecer brusco o adusto, incluso. Esto es difícil de encontrar y debería ser apreciado.
Suelen ser personas que adoptan una postura y desprecian a los que no son de su exacta manera de pensar. Exhiben una especie de superioridad y etiquetan a los demás, sólo, su forma de vivir es la buena… pero le tienen a la vida tanto miedo como los demás, a pesar de su desenfado o quizás precisamente por ello.
Te deseo suerte y espero que, cuando se pase el marrón, veas que te has enriquecido moralmente y que no eres tú la que pierde. Tienes toda una vida, la tuya, por delante y mucha gente que te quiere y, sí, te valora.
Yo, por ejemplo.
Alguien que nunca quiere parecer lo que no es, que valora la amistad, la colaboración en pareja (poniendo mucho en ello), alguien sincero hasta el punto de que nunca dice lo que no siente, a riesgo de parecer brusco o adusto, incluso. Esto es difícil de encontrar y debería ser apreciado.
Suelen ser personas que adoptan una postura y desprecian a los que no son de su exacta manera de pensar. Exhiben una especie de superioridad y etiquetan a los demás, sólo, su forma de vivir es la buena… pero le tienen a la vida tanto miedo como los demás, a pesar de su desenfado o quizás precisamente por ello.
Te deseo suerte y espero que, cuando se pase el marrón, veas que te has enriquecido moralmente y que no eres tú la que pierde. Tienes toda una vida, la tuya, por delante y mucha gente que te quiere y, sí, te valora.
Yo, por ejemplo.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
FUMAR O AGUANTAR, ESTE ES EL DILEMA
Es muy malo para la salud dicen… Me veo en la tesitura de ocuparme con frecuencia de mi hermana mayor que se cae con frecuencia. Cuando no se está cayendo aprovecha su tiempo, sin perder un minuto, para fumar… uno y otro sin parar. No se si es perjudicial para ella o si vive en un estado de acartonamiento interior que la protege. Su corazón está bien (17 años le dijeron, que parecía, en el último electro) y de pulmones no se como va porque procura, afanosamente, que no la acompañemos al médico. Sus toses la acompañan, ellas sí.
La verdad es que su propia salud no parece preocuparle, pero y la de los demás?
De vuelta a casa después de 15 días de estrecha convivencia constaté que mi olor a tabaco era marcado y molestísimo para mí y los que se me acercaban: ropa, pelo... estaba, ya, tan metida en el ambiente que no me daba ni cuenta. Protestaba mi irritada garganta, que acusó el mucho humo respirado.
Lo que si pude observar es que la columna de humo, me pusiese donde me pusiese, me perseguía con ahínco y se metía sin freno por mi nariz. Me veía a mí misma como el indio de los dibujos de Walt Disney: “Cara Nublada” que se paseaba con su nubecita lluviosa e ininterrumpida, justo, encima de su cabeza.
No es que quiera unirme a la masa de no fumadores intransigentes, pero un poquito de consideración por parte de los "chimenea" se agradecería.
La verdad es que su propia salud no parece preocuparle, pero y la de los demás?
De vuelta a casa después de 15 días de estrecha convivencia constaté que mi olor a tabaco era marcado y molestísimo para mí y los que se me acercaban: ropa, pelo... estaba, ya, tan metida en el ambiente que no me daba ni cuenta. Protestaba mi irritada garganta, que acusó el mucho humo respirado.
Lo que si pude observar es que la columna de humo, me pusiese donde me pusiese, me perseguía con ahínco y se metía sin freno por mi nariz. Me veía a mí misma como el indio de los dibujos de Walt Disney: “Cara Nublada” que se paseaba con su nubecita lluviosa e ininterrumpida, justo, encima de su cabeza.
No es que quiera unirme a la masa de no fumadores intransigentes, pero un poquito de consideración por parte de los "chimenea" se agradecería.
sábado, 14 de noviembre de 2009
AGUERRIDA VEJEZ
Cuido estos días de mi hermana/amiga/madre; siempre la he querido más de lo normal. Ahora la veo mayor, frágil e incapaz de cuidarse a si misma. Se me parte el corazón cuando la veo andar por el pasillo torcida de dolor y encima hacia la izquierda que según dice, con sorna, nunca le ha gustado. Terrible vejez que me asusta tanto que me vuelvo una abuelita lanzadísima. Sólo la decrepitud y la dependencia me dan miedo en lo que a mi pareja y a mí concierne. También la salud de los que quiero que son muchos.
En cuanto a mí que me echen viajecitos en avión, pasando por el Triángulo de las Bermudas o peligros varios siempre que sean divertidos... Ya me pensaré algo ¿Tal vez planear una merendola no apta para diabéticos en una buena pastelería?
De momento mejor me tranquilizo, me ocupo lo mejor posible de mi hermana y hago el propósito de no decir tonterías y de no hablar con la boca pequeña.
La vida es muy bonita y nadie, ni el enfermo: mi hermana en este caso deja de disfrutar entre dolor y dolor de momentos de satisfacción y de disfrute.
Mañana mismo me la llevo al teatro. Le sentará bien. Seguro.
En cuanto a mí que me echen viajecitos en avión, pasando por el Triángulo de las Bermudas o peligros varios siempre que sean divertidos... Ya me pensaré algo ¿Tal vez planear una merendola no apta para diabéticos en una buena pastelería?
De momento mejor me tranquilizo, me ocupo lo mejor posible de mi hermana y hago el propósito de no decir tonterías y de no hablar con la boca pequeña.
La vida es muy bonita y nadie, ni el enfermo: mi hermana en este caso deja de disfrutar entre dolor y dolor de momentos de satisfacción y de disfrute.
Mañana mismo me la llevo al teatro. Le sentará bien. Seguro.
lunes, 26 de octubre de 2009
Escrito en enero 2005. MI DIABETES Y YO
DE UNA DIABETICA DE PRO A LOS DEMAS Y A ELLA MISMA
Nací el 16 del 12 de 1943 muy sanita y muy bien.
Jovencita, en el pueblo de mi padre, Cervera del Río Alhama, descubrí que me encantaban las excursiones por los montes. Me gustaba también andar en bici y el deporte en general y nadaba mucho. Pero a los doce o trece años, aunque comía como una lima, tenía una sed horrible, estaba delgada como un palillo y empecé a tener unos picores vaginales súper "insoporteibols". Medía casi 1´70 y pesaba alrededor de cuarenta y un Kg.
En Cervera durante el verano de mis 12 años, en vacaciones, vino de visita a casa de mis abuelos un amigo de mi padre que era médico; le sorprendió que yo me hubiera quedado en casa en lugar de ir de excursión con mis primos porque ¡ME CANSABA!!!... Empezó a investigar y me mandó algo que no se les había ocurrido antes a los médicos que me habían visto ya: un análisis… Quizá porque nadie, antes que yo en la familia, había padecido esa enfermedad. Diabética perdida ¡claro! y en cuanto me mandaron insulina y régimen, mano de santo, se me quitaron los picores, la sed y empecé a estar mejor
Relativamente, claro, porque hay que ver lo poco que se sabía del tema en aquella época.
Yo no me topaba, entonces, con más diabéticos que yo misma aunque debía de haberlos, en menor número que hoy en día, por supuesto.
Había que hervir las jeringas de cristal, cada vez y no se nos permitía comer pescado azul, ni huevos fritos, ni cerdo (con perdón), ni pasta, ni otras muchas cosas muy buenas que ahora tomamos. No era fácil tampoco hacerse un análisis como no fuese en un laboratorio. Todo esto a la gente joven le debe parecer antediluviano… Lo era
Resumiendo: que a partir de aquel verano mi vida se convirtió en lo que es la diabetes: Un puro cálculo. ¿Qué como?, ¿Cuánta insulina me pongo? ¿Cuánto quemo? Y eso sin contar con las influencias emocionales y hormonales (estas últimas ya no cuentan, ¿eh? Ventajillas de haber superado los veinte años)
Entré a formar parte de lo que mi hermana mayor: Divina, llamaba diabéticos alegres. Ella los distribuía en dos grupos: los tristes y los alegres.
Un día me habló de una compañera suya: diabética triste, por cierto, y me la presentó para que la animara si podía. Nos tomamos juntas una cerveza y hablamos. Efectivamente, estaba acobardada y con muy poca energía. Al día siguiente, tenía una excursión con el novio y no se atrevía a ir. Le di un empujoncillo de moral y se animó, pero… no calculé bien y se animó tanto que, a los nueve meses, tuvo un hermoso niño. A partir de entonces procuré no ser tan eficaz en mis levantamientos de moral.
Volviendo al tema de lo que era mi calidad de vida en aquel tiempo, no es extraño que al empezar con la insulina mejorase notablemente, ya que como estaba tan súper delgadita mi abuela antes de saber que era diabética, me daba merengues, riquísimos por cierto y todos me dedicaban delicadezas varias de este tipo, que como podéis imaginar no contribuían precisamente a mejorar mi salud.
Estuve sólo regular hasta que mi padre oyó hablar de un tal Dr. Jiménez que pasaba consulta en Maria de Molina esquina a Lagasca. Este hombre era genial, muy buen diabetólogo, humano y un precursor para la época. Me trató desde 1957 aunque luego seguí con su hijo, un muchacho de mi edad, que estudio medicina y siguió la escuela de su progenitor. Durante muchos años y gracias a ellos dos (padre e hijo), y a mi afición al deporte, mi salud mejoró notablemente; ahora nado, por lo menos, tres veces en semana, ando muchísimo y corro suave, a lo ancianito, varias veces a la semana.
A los quince años conocí a un compañero de mi hermana, y empezamos a salir, él tenía ocho años más que yo; terminó la carrera y se fue a trabajar a Larache en Marruecos y a los 18 me casé.
Las cosas de la vida: se “contagian” o lo parece. Ángel, mi pareja, me acompañó, un día, a mi diabetólogo en busca de un régimen de adelgazamiento y resultó que él también era del gremio de los dulces; unos años sin insulina, hoy insulinodependiente como cualquier hijo de vecino.
Día tras día, me veía levantarme temprano para ir a correr, hasta que se animó, el también; hoy es tan adicto al deporte como yo.
En mi juventud y desde la óptica de diabética independiente, (no existían las asociaciones de diabéticos, como ADE) fueron traumáticos los dos intentos de probar con otros diabetólogos. Ahora los médicos saben de diabetes, en mi tiempo, era diferente.
Me casé a los diez y ocho años, dejé Madrid para vivir en Marruecos y luego nos trasladamos a Huelva. Tardé casi once meses en quedarme embarazada, llegué a ir un médico a ver por qué (inocente y palurdo corderillo: ¡con diez y nueve años!), bueno, el caso es que tuve mi primer hijo con veinte años. Cuando estaba de cuatro meses pasé por un portal donde había un cartel que ponía: D. Luís M. B.: diabetólogo y pensé que debía tener uno cerca ya que “mi” Dr. Jiménez vivía en Madrid y pedí cita. Me pesó, me dio un librito: GUÍA DEL DIABÉTICO Y me dijo:”Con el peso que Vd. tiene y embarazada, siga la dieta de dos mil calorías y, sin más preámbulo, me mandó ponerme setenta y cinco unidades en lugar de las veinticinco que tenía prescritas.
Recordad que en aquel tiempo no teníamos analizadores, no existían.
Cada uno de vosotros, diabéticos míos, sabéis la barbaridad que esto supone, pero yo en aquel tiempo no lo sabía. Pensé que: estaba embarazada, que eso era nuevo para mí y que un diabetólogo lógicamente entendería más que yo. La segunda o tercera noche después del aumento de insulina, me desperté en otra habitación y delirando. Mi marido (asustadísimo) me había cambiado de cama porque había devuelto y porque me había dado un coma tremendo. Me preguntaba (esto lo recuerdo) “¿Dónde está lo de los médicos?” y yo le contestaba: “En el medical…”. Estaba totalmente pirada; pero éramos tan jóvenes e ignorantes y estábamos tan solos en Huelva, que esperamos y cuatro noches más tarde me volvió a ocurrir lo mismo (pensamos que sería del embarazo), otro coma. Entonces sí, fui de nuevo a ver al insigne diabetólogo que me dijo, en esta ocasión, que una diabética no tenía que ir al médico por cualquier cosa. De resultas de semejante cretinez me fui directamente a la RENFE y volví a casa con un billete de tren para Madrid.
Se derivó de esto un auténtico terror, por mi parte, a ir a otro médico que no fuese el mío con lo cual se hicieron habituales mis agradables viajes a Madrid para que me viese el Dr. Jiménez.
Era estupendo, me encantaba ir y la terapia era ver a mis padres, al médico y no perder contacto con mi Madrid que me seguirá gustando toda la vida.
Pero hay que ser bruto para triplicar la dosis de insulina de sopetón a nadie. Me podía haber mandado al otro mundo fácilmente y de paso cargarse a mi niño, en el cuarto mes de embarazo. Después de esto estuve muchos años en que mi médico, era yo misma ayudada por mis visitas a Madrid que no eran tampoco muy frecuentes.
Tampoco estoy contando que siempre he sentido deseos de hacer cosas nuevas que me han ayudado a salir adelante y a no decaer. Después, en un momento determinado, estuve también ingresada en Madrid en la Cruz Roja de Reina Victoria (enfrente de la cual yo había nacido) y también me fue fatal.
Luego estaban los demás, los no diabéticos. Una vez una persona muy querida por mi y muy allegada me dijo” A ver cuando empiezas a hacer las cosas bien” y yo le contesté: ”Esto es como si a una persona que se está ahogando y quiere salir de una piscina con bordes de hielo y no puede, le dices: “A ver si sales ya”. Me sentía de lo más incomprendida y no sabía que hacer con mi dichosa salud.
Pero en fin, esto ya ha quedado atrás y al releerlo me suena demasiado trágico.
De todas formas para no dejar a medias, mis traumáticas experiencias médicas, me traslado a unos años más tarde viviendo ya en Motril. Un buen amigo mío médico, urólogo, para más señas, estaba preocupado por mí y me aconsejó volver a recurrir a un especialista, muy afamado por cierto, un tal X.X... en Granada. Andaba yo, en la época, preocupada y tristona y fui a ver a ese señor. Fue él, el que me indujo al continuo autocontrol, que he seguido llevando siempre, después. Esto es lo normal y es bueno pero al principio era desoladora esa obligación de analizarme 6 veces al día o más, sobre todo, porque el doctor, en cuestión, de psicólogo no tenía nada y soltó las típicas amenazas de que me iba a quedar ciega, se me caerían los dientes, tendría problemas de piernas y etc. antes de morirme, claro.
Me redujo la dosis de insulina diaria a diez y seis unidades y me mandó volver a la semana justa, pero me prohibió, completamente, el deporte durante esa, semana. Querría saber como reaccionaba mi organismo en vida sedentaria, supongo. El resultado fue que estuve toda la semana por encima de trescientos de glucosa, con dolor de cabeza y muriéndome por los rincones.
Pasó la semana, fui a su consulta y le enseñé mis anotaciones de análisis. Lo cogió y me preguntó: ¿Qué cenó Vd. ayer? Sólo recuerdo, que al enumerar: un huevo pasado por agua, sin escuchar más, lanzó un: ¡Yo le dije una tortilla!... o al revés, no se. Tiró sobre la mesa la cartilla de apuntes y me dijo “Vuelva Vd. dentro de otra semana”.
Cuatro veces fui a su consulta y las cuatro salí llorando a “hipios”. La última vez mi marido, muy cariñoso, me dijo: “Chata, a lo mejor estamos haciendo las cosas mal” y yo le contesté:”Bien o mal, esto se acabó.” Y desde entonces seguí luchando, yo solita, pero empecé a controlarme mucho y ya acabé, aceptando el hecho de que había que hacerlo así.
Mi posdata a esto es que de momento no se han cumplido sus negros presagios y tengo ya 61 castañas, este inciso es sólo para que no os desaniméis si estáis leyendo. Seguro que los jóvenes que habéis recibido, desde pequeños, una educación diabética tenéis dificultad en entenderme. Los veteranos, como yo, lo comprenderán mejor.
Me remontaré ahora a la Edad Media, o sea, a cuando me casé.
Acostumbrada a vivir en Madrid con mis tres hermanos y mis padres,” just married”, en Larache, el exespañol Marruecos, me vi bastante “solateras”, la única que no me dejaba nunca era mi diabetes. Más tarde vivimos en Córdoba, Sevilla y finalmente en Huelva donde llegamos a tener muy buenos amigos y a estar muy a gusto.
Me quedé embarazada estando ya en Huelva, a los diez y nueve abriles, y allí fue donde acudí por primera vez a un diabetólogo local que casi me mata pasándome, sin más, de veinticinco unidades diarias a sesenta y cinco, estando yo, ya, de cuatro meses y medio.
A consecuencia de esto en pleno embarazo tuve dos comas hipoglucémicos, no obstante lo cual, todo fue bastante bien y mi hijo mayor: Ángel, nació con cuatro kilos y muy majillo, por cierto. Le di de mamar durante tres meses (mi leche era azucarada, claro) y luego como yo le había oído decir a mi madre que ella nos había dado leche condensada la usé, yo también, para mi hijo en los biberones. Se crió de maravilla. En cuanto dejé de darle el pecho, me volví a quedar embarazada. Ya os he advertido que éramos bastante ignorantes y como había tardado bastante a tener el primer hijo, creíamos que “embarazarse” era difícil.
Doce meses más tarde, tuve a mi hija, esta vez pesó medio kilo más; cuatro kilos y medio. Otra vez puntos de sutura y por lo demás, bien. Pero lo peor estaba por venir: su crianza. Esta vez no tenía yo leche y la tuve que criar con biberones. Fui a un médico de Huelva que me puso a parir (esta vez en sentido figurado) por haberle dado a mi primer hijo leche condensada y sacó un libro gordo para enseñarme la de leches maternizadas que había.
Ya tenía yo entonces, veintiún años y me había vuelto más formal, le hice caso al médico y fue un desastre total. La niña lloraba, lloraba y no engordaba. Nadie me dijo entonces que los bebés de madre diabética, al estar, en un medio dulce (la madre) están sobrados de insulina. Me di cuenta, yo sola, años después y además recordé que, efectivamente, en los últimos meses de embarazo casi no me tenía que poner insulina. Cuando ya la niña era un poco mayor y empezó a comer de todo se puso muy bien y las cosas se quedaron así.
Tres años más tarde tuve otro niño, Pablo, esta vez pesó cinco Kg. Cada niño medio kilo más que el anterior y vuelta a empezar: el crío necesitaba azúcar porque nacía hipoglucémico , yo no lo sabía y nadie me lo dijo, a los seis meses sólo pesaba seiscientos gramos más que al nacer y tuvo principio de raquitismo. También allí me dijo un médico de Huelva (a pesar de lo desesperada que yo estaba al no saber que darle a mi hijo) que había que tener más gracia para criar a los hijos y otras lindezas por el estilo. Se que, ahora, esto se soluciona en el mismo hospital donde a los recién nacidos, hijos de diabética, les dan suero glucosado, azúcar o lo que sea. Pero yo: ¿qué sabía? Resumiendo, que con veinticuatro años tenía ya a mis tres hijos en el mundo que después, afortunadamente, fueron como todos los demás, sin problemas posteriores de diabetes.
Por suerte a los veinticinco años empecé a trabajar de nuevo como
“profe” primero de francés y luego también de inglés, para lo que tuve que estudiar como una loca y hacer un montón de exámenes yendo a examinarme a Madrid, (lo de pasarme unos días en Madrid, me encantaba) hasta que conseguí por libre el título de la Escuela Oficial de Idiomas.
Más cosas os podría contar pero, por no ponerme pelma, solo os diré y además vosotros lo sabéis, que todo ha ido evolucionando y que ahora con la insulina Lantus estoy mejor que nunca y pasando una buena época de mi vida. ¡Ah! Y lo más importante que: ya he perdido el miedo y ahora tengo un médico súper bueno, que utiliza sus conocimientos y experiencia sin menospreciar lo que yo he ido adquiriendo a lo largo de mis dulces años de vida.
Espero que lo que os he contado, si lo leéis, os sirva para algo.
Ángela Magaña
P.D. Sólo me falta dar las gracias a mi familia, que me ha ayudado, a mis amigos y a los médicos que me han hecho mucho bien, que como os he contado, ha habido algunos.
5 years later... Como en las películas.
Día 29 octubre 2009
Mi diabetes y Yo.—Hipoglucemias—
Hace casi 5 años hice un pequeño relato de mis anteriores experiencias.
Mis hopoglucemias, seguidas casi siempre de hiperglucemias, me resultan molestas y preocupantes. El ver lucecitas me hace pensar, con cierto terror, que mi nervio óptico sufre. Cuando son nocturnas, encima, mientras me despierto o no, lo paso fatal y cualquier pequeña molestia que tenga (muscular o de cualquier tipo) se acrecienta, con lo que me levanto fatal.
Las “hipo” pueden ser de distinto tipo: Las hay de lucidez mental, en las que se puede enfocar cualquier cosa con claridad meridiana; hay otras que vienen con falta de riego y consiguen que se parezca completamente tonto; otras hacen sudar y vienen acompañadas de un hambre voraz, que te lleva a la hiperglucemia garantizada; en otras ocasiones hay que cebarse como si de una oca, para hacer foie –gras, se tratase. Esto es odioso, empachoso y hasta humillante.
No se asunten: esta experiencia ha sido ,no en dos días, sino a lo largo de 53 años de vida diabética.
Hace tres años el emprendedor D. Luís Azcue Gamallo, organizó con la: ADE (asociación diabéticos española) de Madrid un precioso viaje. Un montón de diabéticos de esta ciudad, tuvimos la suerte de hacer “El Camino de Santiago”, fue muy divertido y positivo. De día andábamos, hablábamos y conocíamos gentes interesantes y lugares pintorescos y por la noche nos daban instructivas conferencias sobre el tema que nos interesaba: la diabetes. Recuerdo, yo, que nos dijeron que antes de acostarnos nos hiciesemos un análisis, que si estábamos por encima de 200 nos pusiésemos un par de unidades de rápida. Estuve así bastante tiempo y cogí, a raíz de aquello, la costumbre de corregirme a posteriori, las dosis de insulina.
Ahora vivo en Jerez, donde he tenido la suerte de dar con un médico: Dr. Mercedes Lasterra, que está “muy puesta” en el tema.
Le comenté lo de mis, molestas/peligrosas,“hipos” y me convenció de que volviese a apuntar en una libreta los resultados. Y, lo más importante, me aconsejó que me pusiese algo, aunque fuese muy poca (1 o 2 unidades), antes de comer.
Os preguntareis por qué no lo hacía desde antes pero es que, al ser deportista como soy, mis necesidades de insulina son mínimas y dos simples unidades pueden ser dosis abusivas, para mí. Había llegado a tenerle miedo a la rápida y me había acostumbrado a corregir, en lugar de prevenir.
Desde que lo estoy haciendo así, estoy teniendo menos problemas, aunque afinar en los diabéticos tipo I, resulta bastante complicado.
Nací el 16 del 12 de 1943 muy sanita y muy bien.
Jovencita, en el pueblo de mi padre, Cervera del Río Alhama, descubrí que me encantaban las excursiones por los montes. Me gustaba también andar en bici y el deporte en general y nadaba mucho. Pero a los doce o trece años, aunque comía como una lima, tenía una sed horrible, estaba delgada como un palillo y empecé a tener unos picores vaginales súper "insoporteibols". Medía casi 1´70 y pesaba alrededor de cuarenta y un Kg.
En Cervera durante el verano de mis 12 años, en vacaciones, vino de visita a casa de mis abuelos un amigo de mi padre que era médico; le sorprendió que yo me hubiera quedado en casa en lugar de ir de excursión con mis primos porque ¡ME CANSABA!!!... Empezó a investigar y me mandó algo que no se les había ocurrido antes a los médicos que me habían visto ya: un análisis… Quizá porque nadie, antes que yo en la familia, había padecido esa enfermedad. Diabética perdida ¡claro! y en cuanto me mandaron insulina y régimen, mano de santo, se me quitaron los picores, la sed y empecé a estar mejor
Relativamente, claro, porque hay que ver lo poco que se sabía del tema en aquella época.
Yo no me topaba, entonces, con más diabéticos que yo misma aunque debía de haberlos, en menor número que hoy en día, por supuesto.
Había que hervir las jeringas de cristal, cada vez y no se nos permitía comer pescado azul, ni huevos fritos, ni cerdo (con perdón), ni pasta, ni otras muchas cosas muy buenas que ahora tomamos. No era fácil tampoco hacerse un análisis como no fuese en un laboratorio. Todo esto a la gente joven le debe parecer antediluviano… Lo era
Resumiendo: que a partir de aquel verano mi vida se convirtió en lo que es la diabetes: Un puro cálculo. ¿Qué como?, ¿Cuánta insulina me pongo? ¿Cuánto quemo? Y eso sin contar con las influencias emocionales y hormonales (estas últimas ya no cuentan, ¿eh? Ventajillas de haber superado los veinte años)
Entré a formar parte de lo que mi hermana mayor: Divina, llamaba diabéticos alegres. Ella los distribuía en dos grupos: los tristes y los alegres.
Un día me habló de una compañera suya: diabética triste, por cierto, y me la presentó para que la animara si podía. Nos tomamos juntas una cerveza y hablamos. Efectivamente, estaba acobardada y con muy poca energía. Al día siguiente, tenía una excursión con el novio y no se atrevía a ir. Le di un empujoncillo de moral y se animó, pero… no calculé bien y se animó tanto que, a los nueve meses, tuvo un hermoso niño. A partir de entonces procuré no ser tan eficaz en mis levantamientos de moral.
Volviendo al tema de lo que era mi calidad de vida en aquel tiempo, no es extraño que al empezar con la insulina mejorase notablemente, ya que como estaba tan súper delgadita mi abuela antes de saber que era diabética, me daba merengues, riquísimos por cierto y todos me dedicaban delicadezas varias de este tipo, que como podéis imaginar no contribuían precisamente a mejorar mi salud.
Estuve sólo regular hasta que mi padre oyó hablar de un tal Dr. Jiménez que pasaba consulta en Maria de Molina esquina a Lagasca. Este hombre era genial, muy buen diabetólogo, humano y un precursor para la época. Me trató desde 1957 aunque luego seguí con su hijo, un muchacho de mi edad, que estudio medicina y siguió la escuela de su progenitor. Durante muchos años y gracias a ellos dos (padre e hijo), y a mi afición al deporte, mi salud mejoró notablemente; ahora nado, por lo menos, tres veces en semana, ando muchísimo y corro suave, a lo ancianito, varias veces a la semana.
A los quince años conocí a un compañero de mi hermana, y empezamos a salir, él tenía ocho años más que yo; terminó la carrera y se fue a trabajar a Larache en Marruecos y a los 18 me casé.
Las cosas de la vida: se “contagian” o lo parece. Ángel, mi pareja, me acompañó, un día, a mi diabetólogo en busca de un régimen de adelgazamiento y resultó que él también era del gremio de los dulces; unos años sin insulina, hoy insulinodependiente como cualquier hijo de vecino.
Día tras día, me veía levantarme temprano para ir a correr, hasta que se animó, el también; hoy es tan adicto al deporte como yo.
En mi juventud y desde la óptica de diabética independiente, (no existían las asociaciones de diabéticos, como ADE) fueron traumáticos los dos intentos de probar con otros diabetólogos. Ahora los médicos saben de diabetes, en mi tiempo, era diferente.
Me casé a los diez y ocho años, dejé Madrid para vivir en Marruecos y luego nos trasladamos a Huelva. Tardé casi once meses en quedarme embarazada, llegué a ir un médico a ver por qué (inocente y palurdo corderillo: ¡con diez y nueve años!), bueno, el caso es que tuve mi primer hijo con veinte años. Cuando estaba de cuatro meses pasé por un portal donde había un cartel que ponía: D. Luís M. B.: diabetólogo y pensé que debía tener uno cerca ya que “mi” Dr. Jiménez vivía en Madrid y pedí cita. Me pesó, me dio un librito: GUÍA DEL DIABÉTICO Y me dijo:”Con el peso que Vd. tiene y embarazada, siga la dieta de dos mil calorías y, sin más preámbulo, me mandó ponerme setenta y cinco unidades en lugar de las veinticinco que tenía prescritas.
Recordad que en aquel tiempo no teníamos analizadores, no existían.
Cada uno de vosotros, diabéticos míos, sabéis la barbaridad que esto supone, pero yo en aquel tiempo no lo sabía. Pensé que: estaba embarazada, que eso era nuevo para mí y que un diabetólogo lógicamente entendería más que yo. La segunda o tercera noche después del aumento de insulina, me desperté en otra habitación y delirando. Mi marido (asustadísimo) me había cambiado de cama porque había devuelto y porque me había dado un coma tremendo. Me preguntaba (esto lo recuerdo) “¿Dónde está lo de los médicos?” y yo le contestaba: “En el medical…”. Estaba totalmente pirada; pero éramos tan jóvenes e ignorantes y estábamos tan solos en Huelva, que esperamos y cuatro noches más tarde me volvió a ocurrir lo mismo (pensamos que sería del embarazo), otro coma. Entonces sí, fui de nuevo a ver al insigne diabetólogo que me dijo, en esta ocasión, que una diabética no tenía que ir al médico por cualquier cosa. De resultas de semejante cretinez me fui directamente a la RENFE y volví a casa con un billete de tren para Madrid.
Se derivó de esto un auténtico terror, por mi parte, a ir a otro médico que no fuese el mío con lo cual se hicieron habituales mis agradables viajes a Madrid para que me viese el Dr. Jiménez.
Era estupendo, me encantaba ir y la terapia era ver a mis padres, al médico y no perder contacto con mi Madrid que me seguirá gustando toda la vida.
Pero hay que ser bruto para triplicar la dosis de insulina de sopetón a nadie. Me podía haber mandado al otro mundo fácilmente y de paso cargarse a mi niño, en el cuarto mes de embarazo. Después de esto estuve muchos años en que mi médico, era yo misma ayudada por mis visitas a Madrid que no eran tampoco muy frecuentes.
Tampoco estoy contando que siempre he sentido deseos de hacer cosas nuevas que me han ayudado a salir adelante y a no decaer. Después, en un momento determinado, estuve también ingresada en Madrid en la Cruz Roja de Reina Victoria (enfrente de la cual yo había nacido) y también me fue fatal.
Luego estaban los demás, los no diabéticos. Una vez una persona muy querida por mi y muy allegada me dijo” A ver cuando empiezas a hacer las cosas bien” y yo le contesté: ”Esto es como si a una persona que se está ahogando y quiere salir de una piscina con bordes de hielo y no puede, le dices: “A ver si sales ya”. Me sentía de lo más incomprendida y no sabía que hacer con mi dichosa salud.
Pero en fin, esto ya ha quedado atrás y al releerlo me suena demasiado trágico.
De todas formas para no dejar a medias, mis traumáticas experiencias médicas, me traslado a unos años más tarde viviendo ya en Motril. Un buen amigo mío médico, urólogo, para más señas, estaba preocupado por mí y me aconsejó volver a recurrir a un especialista, muy afamado por cierto, un tal X.X... en Granada. Andaba yo, en la época, preocupada y tristona y fui a ver a ese señor. Fue él, el que me indujo al continuo autocontrol, que he seguido llevando siempre, después. Esto es lo normal y es bueno pero al principio era desoladora esa obligación de analizarme 6 veces al día o más, sobre todo, porque el doctor, en cuestión, de psicólogo no tenía nada y soltó las típicas amenazas de que me iba a quedar ciega, se me caerían los dientes, tendría problemas de piernas y etc. antes de morirme, claro.
Me redujo la dosis de insulina diaria a diez y seis unidades y me mandó volver a la semana justa, pero me prohibió, completamente, el deporte durante esa, semana. Querría saber como reaccionaba mi organismo en vida sedentaria, supongo. El resultado fue que estuve toda la semana por encima de trescientos de glucosa, con dolor de cabeza y muriéndome por los rincones.
Pasó la semana, fui a su consulta y le enseñé mis anotaciones de análisis. Lo cogió y me preguntó: ¿Qué cenó Vd. ayer? Sólo recuerdo, que al enumerar: un huevo pasado por agua, sin escuchar más, lanzó un: ¡Yo le dije una tortilla!... o al revés, no se. Tiró sobre la mesa la cartilla de apuntes y me dijo “Vuelva Vd. dentro de otra semana”.
Cuatro veces fui a su consulta y las cuatro salí llorando a “hipios”. La última vez mi marido, muy cariñoso, me dijo: “Chata, a lo mejor estamos haciendo las cosas mal” y yo le contesté:”Bien o mal, esto se acabó.” Y desde entonces seguí luchando, yo solita, pero empecé a controlarme mucho y ya acabé, aceptando el hecho de que había que hacerlo así.
Mi posdata a esto es que de momento no se han cumplido sus negros presagios y tengo ya 61 castañas, este inciso es sólo para que no os desaniméis si estáis leyendo. Seguro que los jóvenes que habéis recibido, desde pequeños, una educación diabética tenéis dificultad en entenderme. Los veteranos, como yo, lo comprenderán mejor.
Me remontaré ahora a la Edad Media, o sea, a cuando me casé.
Acostumbrada a vivir en Madrid con mis tres hermanos y mis padres,” just married”, en Larache, el exespañol Marruecos, me vi bastante “solateras”, la única que no me dejaba nunca era mi diabetes. Más tarde vivimos en Córdoba, Sevilla y finalmente en Huelva donde llegamos a tener muy buenos amigos y a estar muy a gusto.
Me quedé embarazada estando ya en Huelva, a los diez y nueve abriles, y allí fue donde acudí por primera vez a un diabetólogo local que casi me mata pasándome, sin más, de veinticinco unidades diarias a sesenta y cinco, estando yo, ya, de cuatro meses y medio.
A consecuencia de esto en pleno embarazo tuve dos comas hipoglucémicos, no obstante lo cual, todo fue bastante bien y mi hijo mayor: Ángel, nació con cuatro kilos y muy majillo, por cierto. Le di de mamar durante tres meses (mi leche era azucarada, claro) y luego como yo le había oído decir a mi madre que ella nos había dado leche condensada la usé, yo también, para mi hijo en los biberones. Se crió de maravilla. En cuanto dejé de darle el pecho, me volví a quedar embarazada. Ya os he advertido que éramos bastante ignorantes y como había tardado bastante a tener el primer hijo, creíamos que “embarazarse” era difícil.
Doce meses más tarde, tuve a mi hija, esta vez pesó medio kilo más; cuatro kilos y medio. Otra vez puntos de sutura y por lo demás, bien. Pero lo peor estaba por venir: su crianza. Esta vez no tenía yo leche y la tuve que criar con biberones. Fui a un médico de Huelva que me puso a parir (esta vez en sentido figurado) por haberle dado a mi primer hijo leche condensada y sacó un libro gordo para enseñarme la de leches maternizadas que había.
Ya tenía yo entonces, veintiún años y me había vuelto más formal, le hice caso al médico y fue un desastre total. La niña lloraba, lloraba y no engordaba. Nadie me dijo entonces que los bebés de madre diabética, al estar, en un medio dulce (la madre) están sobrados de insulina. Me di cuenta, yo sola, años después y además recordé que, efectivamente, en los últimos meses de embarazo casi no me tenía que poner insulina. Cuando ya la niña era un poco mayor y empezó a comer de todo se puso muy bien y las cosas se quedaron así.
Tres años más tarde tuve otro niño, Pablo, esta vez pesó cinco Kg. Cada niño medio kilo más que el anterior y vuelta a empezar: el crío necesitaba azúcar porque nacía hipoglucémico , yo no lo sabía y nadie me lo dijo, a los seis meses sólo pesaba seiscientos gramos más que al nacer y tuvo principio de raquitismo. También allí me dijo un médico de Huelva (a pesar de lo desesperada que yo estaba al no saber que darle a mi hijo) que había que tener más gracia para criar a los hijos y otras lindezas por el estilo. Se que, ahora, esto se soluciona en el mismo hospital donde a los recién nacidos, hijos de diabética, les dan suero glucosado, azúcar o lo que sea. Pero yo: ¿qué sabía? Resumiendo, que con veinticuatro años tenía ya a mis tres hijos en el mundo que después, afortunadamente, fueron como todos los demás, sin problemas posteriores de diabetes.
Por suerte a los veinticinco años empecé a trabajar de nuevo como
“profe” primero de francés y luego también de inglés, para lo que tuve que estudiar como una loca y hacer un montón de exámenes yendo a examinarme a Madrid, (lo de pasarme unos días en Madrid, me encantaba) hasta que conseguí por libre el título de la Escuela Oficial de Idiomas.
Más cosas os podría contar pero, por no ponerme pelma, solo os diré y además vosotros lo sabéis, que todo ha ido evolucionando y que ahora con la insulina Lantus estoy mejor que nunca y pasando una buena época de mi vida. ¡Ah! Y lo más importante que: ya he perdido el miedo y ahora tengo un médico súper bueno, que utiliza sus conocimientos y experiencia sin menospreciar lo que yo he ido adquiriendo a lo largo de mis dulces años de vida.
Espero que lo que os he contado, si lo leéis, os sirva para algo.
Ángela Magaña
P.D. Sólo me falta dar las gracias a mi familia, que me ha ayudado, a mis amigos y a los médicos que me han hecho mucho bien, que como os he contado, ha habido algunos.
5 years later... Como en las películas.
Día 29 octubre 2009
Mi diabetes y Yo.—Hipoglucemias—
Hace casi 5 años hice un pequeño relato de mis anteriores experiencias.
Mis hopoglucemias, seguidas casi siempre de hiperglucemias, me resultan molestas y preocupantes. El ver lucecitas me hace pensar, con cierto terror, que mi nervio óptico sufre. Cuando son nocturnas, encima, mientras me despierto o no, lo paso fatal y cualquier pequeña molestia que tenga (muscular o de cualquier tipo) se acrecienta, con lo que me levanto fatal.
Las “hipo” pueden ser de distinto tipo: Las hay de lucidez mental, en las que se puede enfocar cualquier cosa con claridad meridiana; hay otras que vienen con falta de riego y consiguen que se parezca completamente tonto; otras hacen sudar y vienen acompañadas de un hambre voraz, que te lleva a la hiperglucemia garantizada; en otras ocasiones hay que cebarse como si de una oca, para hacer foie –gras, se tratase. Esto es odioso, empachoso y hasta humillante.
No se asunten: esta experiencia ha sido ,no en dos días, sino a lo largo de 53 años de vida diabética.
Hace tres años el emprendedor D. Luís Azcue Gamallo, organizó con la: ADE (asociación diabéticos española) de Madrid un precioso viaje. Un montón de diabéticos de esta ciudad, tuvimos la suerte de hacer “El Camino de Santiago”, fue muy divertido y positivo. De día andábamos, hablábamos y conocíamos gentes interesantes y lugares pintorescos y por la noche nos daban instructivas conferencias sobre el tema que nos interesaba: la diabetes. Recuerdo, yo, que nos dijeron que antes de acostarnos nos hiciesemos un análisis, que si estábamos por encima de 200 nos pusiésemos un par de unidades de rápida. Estuve así bastante tiempo y cogí, a raíz de aquello, la costumbre de corregirme a posteriori, las dosis de insulina.
Ahora vivo en Jerez, donde he tenido la suerte de dar con un médico: Dr. Mercedes Lasterra, que está “muy puesta” en el tema.
Le comenté lo de mis, molestas/peligrosas,“hipos” y me convenció de que volviese a apuntar en una libreta los resultados. Y, lo más importante, me aconsejó que me pusiese algo, aunque fuese muy poca (1 o 2 unidades), antes de comer.
Os preguntareis por qué no lo hacía desde antes pero es que, al ser deportista como soy, mis necesidades de insulina son mínimas y dos simples unidades pueden ser dosis abusivas, para mí. Había llegado a tenerle miedo a la rápida y me había acostumbrado a corregir, en lugar de prevenir.
Desde que lo estoy haciendo así, estoy teniendo menos problemas, aunque afinar en los diabéticos tipo I, resulta bastante complicado.
viernes, 9 de octubre de 2009
QUEJAS
— “Me paso las noches en blanco, no pego ojo; imposible dormir” —
Así despertaba él cada mañana. Cada mañana desde hacía 47 años, que llevaban juntos. Ella, a su vez, lo había probado todo: tapones para los oídos, pastillitas “dopantes”, apoyar la cabeza por el lado de audición menos fina, irritantes codazos ¡Todo… ¡ Lo peor, sin embargo, era cuando se ponía la radio con los auriculares e intentaba escuchar algo; auténticos aullidos huracanados de potencia insuperable dominaban la noche.
A veces creía que la razón empezaba a fallarle. De las noticias y con horripilante frecuencia le llegaban ecos de maltrato. Muerte y luego suicidio del agresor. La idea empezó a rondar su cabeza.
La duda la asaltaba a veces ¿Sería ella capaz?
Invertiría el orden:
Se suicidaría primero y después una gran mandarina que metería en la boca emisora de tanto ruido, lo silenciaría para siempre.
Fue demasiado lenta, demasiado reflexiva.
Pasó otros 47 años elaborando su plan… y entonces, sorda como una tapia, se le olvidó lo que había urdido.
Así despertaba él cada mañana. Cada mañana desde hacía 47 años, que llevaban juntos. Ella, a su vez, lo había probado todo: tapones para los oídos, pastillitas “dopantes”, apoyar la cabeza por el lado de audición menos fina, irritantes codazos ¡Todo… ¡ Lo peor, sin embargo, era cuando se ponía la radio con los auriculares e intentaba escuchar algo; auténticos aullidos huracanados de potencia insuperable dominaban la noche.
A veces creía que la razón empezaba a fallarle. De las noticias y con horripilante frecuencia le llegaban ecos de maltrato. Muerte y luego suicidio del agresor. La idea empezó a rondar su cabeza.
La duda la asaltaba a veces ¿Sería ella capaz?
Invertiría el orden:
Se suicidaría primero y después una gran mandarina que metería en la boca emisora de tanto ruido, lo silenciaría para siempre.
Fue demasiado lenta, demasiado reflexiva.
Pasó otros 47 años elaborando su plan… y entonces, sorda como una tapia, se le olvidó lo que había urdido.
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